sábado, 15 de mayo de 2010

III

Segundo día

Amanecía y el sol estaba subiendo vertiginoso. La alarma del celular había sonado hacía un par de minutos. El cuerpo había descansado, los ojos estaban en forma. La mente ordenó las ideas, las prioridades y así el motociclista iniciaba la nueva jornada con una sonrisa en los labios. Había cumplido con la primera etapa y todo marchaba bien. No había inconvenientes, el sol estaba pronto para acompañarme en el segundo día.
Y si algo faltaba era tan sólo un poco de buen rock and roll. El pedregullo dio paso al asfalto y con ello el día me recibió. El agua brillaba allá abajo y las ruedas giraban como movidas por el ritmo de un heavy metal de AC DC. El gran murallón con sus turbinas escondidas permitían el paso del Black Horse, que tranquilo se movía entre los adoquines y las vías. El dios Ra brillaba y se mostraba radiante al este, mientras se reflejaba en las aguas del gran lago, aguas arriba del Salto Grande.
Empezaba otro día y se registraba, minutos antes, otra imagen en el fotograma. Tras cruzar la mitad del río llegaría a tierras argentinas. Un bosquecillo de coníferas se veía sobre la costa, desparramaba su sombra y un fuerte aroma a coníferas y eucaliptos. Atrás quedaba la ciudad de Salto, las tierras charrúas.
Aún dormía la ciudad cuando la dejé, sin desayunar aún, sin beber ni agua. Me había impuesto el desayunar en el camino, luego de iniciar la jornada, en alguna estación de servicio.
Algún gallo logró emitir un sonido, pero todo estaba tranquilo en el camino. Las pasadas fiestas de fin de año aún hacían efecto en los pobladores de la magna tierra. Era perceptible aún, la humedad, le rocío sobre el pasto,
La ciudad quedó atrás, se imponía la majestuosidad del río, la vista de las costas…
Todo parecía andar bien en el bi-rodado. Al cabo de unos minutos, una vez cruzado el murallón sobre el río rojo, llegué al control de gendarmería, de aduanas, ….Me presenté, mostré la documentación y contesté a dos preguntas realizadas por el agente, de este modo: “Voy a Formosa y en esa moto…” –dije, señalando la Yumbo C110 estacionada afuera.
-¿Y piensa llegar...? Fue otra pregunta hecha con rostro risueño.
Ya recorrí 500 kilómetros… Creo que sí. A la vuelta le cuento…
-Entonces… buen viaje.
El hombre sonreía y quizás pensaba, he visto de todo, pero la gente insiste en viajes de cualquier forma. Con esos calores ¿quién sabe qué más pensaba…?
El conductor de Black Horse, es decir yo, volví a ponerme en movimiento. Mi próxima parada estaba cerca, unos 15 Km., más o menos.
Durante el primer día de viaje paré a los 60 Km. En una estación de servicio. Luego paré en una ciudad con nombre santo: San José de Mayo. Volví a parar en otra estación, casi a otros 60 Kilómetros de la última. Finalmente, a medio día en la ciudad de Trinidad, en una reserva de animales.
Ahora, tras cruzar el Río de los Pájaros, entraba a la Mesopotamia, a la tierra entre ríos y luego pasaría a Corrientes, donde veneran a la Virgen de Itatí.
En pocos minutos llegué a la estación. Antes de mí, habían llegado dos motos tripuladas por dos brasileros que iban con sus respectivas parejas. Iban, apropiadamente, equipados para dicha travesía, desde la indumentaria que permitía el fácil deslizamiento del viento hasta la disposición del equipaje. Que marchaba en un par de valijas apostadas a los lados de las motos y detrás, de modo que esta últimas hacía de respaldo de las acompañantes. Esas parejas de brasileros iban en dirección contraria a la mía. Estaban recorriendo la Mesopotamia de Norte a Sur. Ellos río abajo y yo río arriba. Compartimos una breve charla y una sonrisa afable. Nos reconocimos como una suerte de colegas, de personas con una misma pasión: conocer, vivir, sentir la tierra bajo las ruedas en ese movimiento sobre dos ruedas, en líneas paralelas. Esa tierra de todos y de nadie. Tierras con dueños conocidos y sin dueños conocidos. Tierras alambradas, que suben o bajan en forma de colinas, que se extienden en forma de llanuras o se pierden entre el zigzagueo de la ruta asfaltada en medio de la visión del motociclista. A todo lo largo del camino se ven las tranqueras, los portones de madera, los postes que demarcan, las marcas en los cueros de los animales, los carteles indicadores de posesiones… y posiciones. Sin embargo, el paisaje es un regalo. Los atardeceres y sus colores, los árboles y sus fragancias esparcidas por el viento, brindan esa paz no encontrada, no hallada en las grandes ciudades. Ese mismo viento que esparce las semillas para que, lejos, en algún otro camino, nazcan otros tantos árboles que ofrezcan sombras al viajero.
Avanzaba la mañana y era irrepetible el paisaje. Cuando más al norte, más colores, más ondulaciones, otros frutos y árboles surgen ante la vista del andante de los caminos. Tanto alegra al que por primera vez cruza estas tierras como al que las conoció tiempo atrás, pues los colores son alegres, vivos… En cambio para aquellos camioneros y choferes de ómnibus que cruzan, día tras día, las mismas porciones de ruta, el paisaje les resulta tan conocido que olvidan la belleza que una vez los deslumbró.
Sobre los costados del camino surgen los naranjales, los limoneros, protegidos, igual que en Salto, por coníferas y eucaliptos que cortan el viento. Como hermanos mayores que protegen, estos gigantes aguantan el viento para que florezcan los pequeños y den su fruto en abundancia. Gigantes seres verdes protegen a otros multicolores y cargados de frutos.
La luz del sol es vida y si se acompaña de lluvias todo está bien. Pero no siempre se da a sí. En este verano, cada mañana se dio cita el sol, pero no la lluvia. Pasaba otro día, otro y otro y nada. La tierra comenzó a agrietarse en algunas zonas. El pasto antes verde, fuerte, aparecía ahora amarillento y seco, quebradizo.
Una mujer mostraba, emocionada, imágenes de otros tiempos, de verdes campos con aguadas, rebosantes de aves en sus orillas y atestadas de peces en su interior. En tanto ahora se veía la tierra desnuda, gris y agrietada, como el rostro añoso de una centenaria mujer. El silencio, casi, casi monótono, suplía al trinar ensordecedor de las aves de otrora. Pero no todo estaba mal. En algunos sitios resurgía el verde, y del amarillento pastizal viraba a un verde limón, y luego más y más oscuro en la zona de los esterales. Pero para ello, aún faltaban muchos kilómetros y otro día de viaje.
El medio día, con el sol en el punto exacto del cenit, me encontró en un lugar llamado Mocoretá, que quiere decir para algunos “pueblo donde el río hace la vuelta”, y para otros “dos tierras”. Lo cierto es que este nombre hace alusión a los pobladores autóctonos de estas tierras que aún tienen descendientes, y forman, no siempre, parte de las estadísticas poblacionales, por no hallarse en puntos donde se realizan los censos y ser nómades, aún en estos tiempos. Muchos están documentados, asisten a las escuelas sus hijos y hasta reciben asignaciones del gobierno, pero no todos. Muchos son los que no quieren recibir esa ayuda o esas mentiras de asistencias, sin el debido reconocimiento de su cultura y una porción de tierra adecuada para ellos.
La ruta estaba en construcción, a todo lo largo iban y venían camiones con tierra. En algunos sitios había obreros trabajando al rayo del sol, todos moviéndose como hormigas, con gorros, con remeras o paños en los cuellos, sobre la nuca y espalda para protegerse. Además usaban anteojos por el intenso brillo de la ruta, que como un espejo o un mar incandescente brilla gran parte de la jornada laboral.
Las estaciones de servicio, los paradores y los restaurantes se llenas desde las once de la mañana y hasta las 13 horas. Los descansos en el camino, pequeñas zonas arboladas al costado de las rutas, ofrecen refugio a los camioneros en particular, que son los que más usan esos sitios. La siesta es tiempo para detenerse, para conversar o ver televisión. Detenerse para quizás negociar o hablar tranquilo con algún viejo compañero del camino, y a quién se citó por la radio al escucharlo en cierta frecuencia.
¡Y qué bien! El parador cuenta con un baño adecuado y zona de duchas. El agua, siempre el agua. Reconforta y devuelve la vida, como la lluvia a la tierra. Tras el tiempo de ducha, se puede pasar al salón de la cantina que está refrigerado, en general es así. Es un verdadero oasis en medio de la nada. Es así, ni más ni menos, estas estaciones de servicio y paradores están a la mitad de la nada. Rutas, caminos que se extienden en uno y otro sentido cardinal, los piquetes están por aquí y por allá, pero lejos, lejos de estas asoleadas tierras. Pero la civilización está allí, justo allí aparece, quizás por medio de las imágenes en el televisor. El informativo transmite, en vivo, momentos de la aventura y desventura de otros andantes del camino. Motos autos y camiones que corren por llegar primeros a la meta, obtener un trofeo en la competencia del Rally Dakar de Sudamérica. Pero una cosa es común a esos competidores y estos seres que conducen en la misma ruta que yo, el formoseño, la pasión por el camino, por andar, libre y sintiendo el viento correr en medio. El camino mismo es la aventura, el trofeo, el regalo, lo posible de compartir, de vivir, se sentir. La gente que se encuentra, el interlocutor que te sigue con la mirada cuando entras a una estación, y tras dejarte acomodar en una silla, sin timidez te saluda y te pregunta. ¿De lejos viene? Y así, te hace sentir que si bien llegaste, eres parte de una comunidad. Todos están en la misma situación. La excepción son los que atienden el bar, la cantina o la estación expendedora de combustible, pero seguramente no siempre ha sido así, pues muchos de ellos son viejos conductores que en un momento han dejado de recorrer el camino para asentarse, pero siguen vinculados al camino.
Esas estaciones, de casi obligada detención, son un punto a donde convergen otros seres con roles distintos. Ellos son los mendigos, los locos de pueblos cercanos que saben que a esos lugares llega gente todo el tiempo. Así se ve a estos niños que dejan que el viajero compre, y después se le acercan, paso a paso, se van arrimando y piden algo. No son insolentes, son mansos, pero pedir… deben pedir. Siempre alguien les da algo. En los autos o en los camiones se notan las cintas rojas, imágenes de santos o de la Virgen María u otras imágenes todas llamativas, rosarios. Es gente que, creyente o no, le acerca una fruta o una galletita al desposeído que recurre al oasis como estrategia. Y para devolver el favor, estos niños o personas adultas que deambulan por allí, indican al viajero dónde se encuentran los baños, o dónde está el tanque del agua caliente o se ofrecen para limpiar los vidrios.
Los camiones y sus conductores son las estrellas del camino. Ése es su lugar, su habitad, su terreno. Los camiones son los vehículos de esos hombres, son también su hogar durante el viaje, su dormitorio, cocina, refugio de esos seres al volante. Llevan mercadería de un lugar a otro de un país, o, de un país a otro. A veces, llevan a sus esposas e hijos, para compartir esas aventuras del camino; en ocasiones, el camino es el punto de encuentro con otras personas que son parte de la vida del camionero, quizás una amante, una amiga, una aventura dentro de la aventura cotidiana de andar sobre el asfalto.
Vi en el camino camiones con características muy particulares. Algunos llevaban sobre el parabrisas, una banda horizontal, en el sector superior, unas impresiones a veces transparentes y otras no, con el nombre de la empresa de transporte; pero las más llamativas eran las que tienen el apodo del conductor o como quiere que lo reconozcan, por ejemplo: “El Yacaré”, “El Rufián”, “Don Mateo”, “El Abuelo”. En la parte posterior del camión, todos hemos visto alguna vez, también colocan leyendas graciosas tales como: “Cambio suegra por yacaré”; “No te apures… todos queremos llegar”. Algunos carteles de los parabrisas salen de lo común, y se observa un gran arte en la confección de los mismos, y tienen un doble propósito: identificar al conductor y brindar protección a los ojos de la luz solar.
El camión es el medio de trabajo del chofer, pero también su hogar. Algunos cocinan por gusto, otros por ahorrar; pero lo cierto es que muchos están muy bien equipados para la práctica del arte culinario. Al costado del camión suele haber una caja que cumple con la doble función, sirven para cocinar y para apoyar el plato de comida. Al lado tienen un tanque con agua, y suelen usar un toldo para protegerse del sol. Por ende la simple caja bajo el camión se transforma en un práctico comedor. Suele verse al camionero sentado en una silla plegable, y adormilarse tras el almuerzo, en estas zonas de altas temperaturas en el verano. Sí, temperaturas que llegan a los 42 o 45 grados centígrados, que sobre ruta alcanzan a los 50 grados.
Así, desde la mañana había cruzado el río Uruguay, la represa de Salto Grande, había pasado por la entrada de la ciudad de Chajarí y sobre el medio día, llegaba con mi Black Horse a Mocoretá. Unos grandes zanjones aparecían en la entrada y una gran superficie de tierra removida a los costados formaba unas pequeñas montañas. Tenía el aspecto de una cantera, pero no era posible tal cosa. Sería ridículo, pero tantas veces donde impera el dinero falta la razón. Lo más lógico parecía ser que estuviesen construyendo una nueva entrada donde, seguramente, estuviese proyectado realizar un puente sobre la ruta principal y por eso esa gran zanja se extendía en el mismo sentido que la ruta por donde venía. La verdad es que no me quedé a preguntar sobre el tema. Seguí un poco más. Me detuve cerca de unos paisanos jóvenes que caminaban bajo el rayo del sol, para preguntarles cómo llegara a algún lugar para almorzar (una milanesa y un refresco) que estuviese sobre la ruta. Me miraron con un aspecto risueño y me dijeron que a 5 kilómetros de allí había un parador. Esa sonrisa me produjo cierta duda, podrían estar tomándome el pelo y por ello decidí repreguntar a otras personas, unos adultos a unos 300 metros más adelante. El dato fue confirmado, entonces, salí de esa entrada y tomé rumbo a la estación. Era importante el dato, pues también en las estaciones recargaba el tanque de combustible. Cada parada era estratégica. Tenía calculado cierta cantidad de combustible por cada tanta distancia. El calor apremiaba.
Llegué a la estación, coloqué la moto a la sombra. Fui al baño y noté que contaban con duchas. Estaba todo impecable. El parador estaba equipado con aire acondicionado. Era realmente un oasis en medio del camino, en esas horas donde se ve brillar la ruta asfaltada. En el parador habían unas personas que bajaron de un auto mediano, cuatro puertas. Era una familia que se acomodó a ver la televisión. Un par de hombres almorzaban a un costado del salón. Eran los mismos que había visto en la ruta, algunos kilómetros atrás.
Una mujer, la dueña del parador, atiende la cantina y observa que todo salga a tiempo en la cocina. Da conversación a los recién llegados, es diligente y agradable con los comensales, posee conocimiento del público que atiende. Se nota en la calidad y calidez de su hablar. Sirve los platos o los retira y se encarga de cobrar. Toma aliento y conversa lo justo y necesario. Hace un comentario, ofrece un postre o sugiere una bebida y sigue con la rutina. Entre una cosa y otra pasó una hora. Sobre una de las paredes se puede ver un par de carteles hechos de tela, unos banderines en realidad, que pertenecen a una compañía de viajes uruguayo. Eso da idea de que al parador llegan delegaciones de países vecinos. Y no es de dudar, pues el servicio es bueno, y el lugar acogedor.
En esa hora de descanso, de charlar con la gente también cargué el tanque con combustible. Me aseguré que las ruedas estuviesen bien de aire y revisé todo el sistema de cuerdas que sujetaban la mochila y la alforja. Cada vez que cargaba combustible, era inevitable, el desarmar el equipaje. Y esta siesta calurosa no era la excepción. Pero contaba con la sombra del gran techo de la estación de servicio, la cual también cuenta con su kiosco, zona de snack bar y despensa que incluye, entre sus mercancías, productos regionales como mermeladas, vinos, artesanías y mapas de rutas. Era el segundo día de viaje y como experiencia se hace al andar, mi habilidad como conductor de ruta se vio en la rapidez en desarmar el equipaje, desatar los nudos, los pulpos y volverlos a armar. En realidad, armar era más fácil.
Una vez terminada la tarea y chequear todo tomé un gran sorbo de aire y me coloqué el casco, me despedí del lugar y prometí volver en pocos días, en el viaje de regreso. Sabía que me esperaba la ruta, el mar en movimiento, pues eso parecía el camino por efecto de las altas temperaturas. La próxima parada o punto por llegar distaba a unos 40 kilómetros. Pero no había allí, según indicaba el mapa, ningún parador, ni estación de servicio. Pero era el punto de referencia próximo hacia donde dirigía mis pasos. Palmee a Black Horse, como si se tratase de un caballo realmente, y seguí adelante.
El aire caliente se sentía cada vez que un camión u ómnibus me cruzaba. Ese cruce vehicular genera una corriente de aire que dura unos segundos, más o menos, según sea el vehículo. Al ir en la moto y ser superado por un camión se siente que la moto se mueve un poco lateralmente y, a continuación, se siente como que se es chupado por el vehículo que a uno lo rebasó. Ello genera, momentáneamente, el aumento de la velocidad de quien es rebasado. Después todo vuelve a la normalidad.
El viento de superficie incide según sople en un mismo sentido o en sentido contrario al que vayamos o sople lateralmente. En un caso, cuando lo hace lateralmente, implica un mayor esfuerzo para mantener equilibrada la máquina y el cuerpo. Pero es una experiencia más, algo que modifica la rutina y hace que el conductor esté más atento. El conductor verá que, tras andar algunos kilómetros, la ruta cambia de dirección y ello incide en como le afecta el viento. Es decir, si vas con rumbo nor-noreste y pasás a norte varía apenas, pero varía. Y así cambia todo el tiempo. Quizás en otros vehículos esto no tiene gran importancia, pero cuando andas en un birodado, eso sí importa, pues se siente, y más, si es un motor de baja cilindrada. De hecho los primeros 150 kilómetros de viaje, durante el primer día, dentro del Uruguay, el viento fue un factor tan importante que hizo que la marcha fuera lenta. En tanto, en sectores de la provincia de Corrientes, con viento a favor, la marcha fue notablemente más rápida.
Un factor importante que incide en la ruta son las pequeñas colinas o montículos de no más de un metro y medio casi paralelos al camino. El viento varía al pasar sobre ellos e incide directamente sobre la marcha del tránsito.
Rato después de salir, llegué al primer lugar que figuraba en el mapa. Efectivamente allí no había nada.
En el recorrido, en tramos de pocos kilómetros, aparecían camiones, obreros, máquinas niveladoras. En todo ese sector, si hubiese contabilizado la cantidad de personas hubiese llegado al centenar. La nueva ruta, al ensancharse, en algunos casos llega hasta la puerta de negocios que están al costado. Y uno de ellos llama la atención. Está casi sobre la ruta, que aún no fue terminada a esa altura. Lo que se ve es una gran pared con dibujos, caricaturas de mujeres a medio vestir o totalmente desnudas. Lo único que lo identifica es un cartel pintado en la misma pared que reza: “MERCOSUR”. Todo indica que es el lugar de trabajo de otras personas, que no son obreros que construyen caminos; pero sí es el lugar a donde acuden los obreros, tras su horario laboral. Los obreros, dicho sea de paso, tienen por su apariencia fisonómica, orígenes diversos. En muchos kilómetros no hay ningún pueblo. Lo que lleva a pensar, que los principales concurrentes al lugar son los constructores del camino. Esto nos da idea de que sobre el asfalto se desarrolla una forma de vivir que tiene características propias.
Otras cosas que me llamó la atención fue la forma de publicidad usada por un negocio que vende productos regionales… con acento extranjero. Sí, es una granja que cultiva citrus, y otras clases de frutos. A partir de ellos y seguramente usando insumos producidos por otros granjeros locales, elaboran productos que son anunciados en los carteles, con letras amarillas sobre un fondo negro. Dichos carteles son tan numerosos y llamativos que no sólo informan de los productos de la granja sino que además, adornan por algunos kilómetros la zona oriental de la ruta en construcción.
Después de unos kilómetros se empiezan a ver los carteles que indican la distancia que falta para llegar a la entrada del local de venta, así como banderas de Alemania y de Argentina, lo que se repite en carteles de tamaño pequeño a los largo de toda la extensión de ruta por donde se publicitan los productos.
Cuando se está en la entrada se aprecia un conjunto de banderas de ambos países, viejas herramientas o maquinarias de campo y todo con los colores rojo, amarillo y negro, lo que hace que se destaque en medio del paisaje de llanura con leves ondulaciones.
Descubriendo una a cosa y otra, es imposible que el conductor se aburra en esta zona. Tal variación limita la monotonía del camino con sus líneas blancas o amarillas. Es un contraste permanente, la monotonía del camino y la variación del paisaje. Es decir, el camino también varía, pero menos.
Kilómetro a kilómetro me fui acercando a las metas propuestas y así llegué a una zona conocida como “Cuatro Bocas”. La vista es casi totalmente desoladora, sólo interrumpida por algunos vestigios de aves, pero cada vez más espaciadas. Parece que todo se va muriendo, paso a paso. En la intersección de tres rutas, y sobre una de ellas específicamente, se ve desde cierta distancia, un conjunto de improvisados puestos de venta. Están confeccionados con madera y chapas de cartón impregnadas en alquitrán, lo que le da el color negro a techos y paredes, resaltando en medio del amarillento paisaje que los rodea. Da la impresión de que un golpe de viento las derribará con tal facilidad… que parecen estar ladeadas por el viento. Tan derrumbados parecen los puestos como desvanecidos los vendedores, a los que se los ve adormilados o con la mirada perdida en la distancia, con la voz arrastrada como por un cansancio milenario. Llama poderosamente la atención ver estas chozas, estas precarias construcciones en medio de la desolada ruta, en medio de la nada. Pero hay más, en realidad, hay a poca distancia de allí, a unos 400 metros al este, una estación de servicio. La cual cuenta con un parador, baños, gomería, estación de expendio de combustibles. Es otro, auténtico oasis. El calor que hacía cuando llegue era de unos 45 grados, aproximadamente. En ruta, probablemente más. Pero como medirlo.
Tras pasar unos pocos cientos de metros de la ubicación de los puestos de venta, decidí parar y dar la vuelta. Era necesario, por un motivo inexplicable, ver qué tenían a la venta en dichos puestos de venta. Había que verlos. Y una vez visto los puestos me di cuenta de la estación de servicio, la cual no la noté hasta dar la vuelta. Hasta allí también llevé las ruedas de Black Horse.
Esas improvisadas tiendas de venta tenían aspecto de casas mono-ambiente, pero sin paredes posteriores, ni anteriores. En realidad, parte de las chapas de cartón hacen las veces de paredes a la hora del cierre de ventas; se transforman en prolongaciones de los techos durante su apertura, a fin de ayudar a formar una mayor superpie de sombras en las horas de luz solar. Sobre mesas o cajones, se exhiben los productos, en general de madera. Platos, ensaladeras, morteros, mates, bombillas, potes de diversos tamaños de los que se usan para servir postres o sopas. Piezas de cerámica también, dulces regionales. Por otra parte había trabajos en arcilla, imágenes del gauchito Gil, y otro que desconozco. Ese gauchito, sería la imagen que más aparece en el resto del camino, de allí en más. Pero, eso es parte de otra sección de este relato, donde cuento lo que vi más adelante en la Provincia de Corrientes.
La verdad es que no quise perder la oportunidad de tener un producto regional y compré un plato grande playo de madera, del tamaño de una pizzera. Era una deuda personal conmigo mismo, de un viaje anterior a “las tierras de las largas siestas e interminables tererés”.

La estación de servicio estaba llena de gente. Como un pequeño hormiguero. Varios ómnibus y muchos camiones estaban allí estacionados. Se nutría de combustible a los sedientos vehículos y de refrescos a sus conductores. El calor, a esa altura de la tarde, era casi insoportable. Muy alta la temperatura. Todo el mundo buscando sombra, algo de líquido. Algunos tomaban tereré, la refrescante bebida de origen guaraní, perfeccionada por los religiosos conquistadores, con sus bombillas de metal. Sí, estaban algunos, provistos de termos de 5 litros, con agua muy helada. Algunos de estos andantes del camino bajaban de vehículos con matrícula de Paraguay y compraban hielo. Otros, simplemente, disfrutaban de un helado, pero todos, absolutamente todos, buscaban una bebida.
Observando el mapa me percaté que estaba a escasos 7 kilómetros de la ciudad de Curuzú Cuatiá y entre 20 y 30 kilómetros de otros poblados más pequeños. Éste era, indudablemente, un punto de encuentro. Tres rutas se cruzaban en la zona. Dos aquí en este punto y otra a pocos kilómetros de aquí se conectaba con esta red. Era pues, un punto estratégico. Una de ellas lleva a la ciudad de Pasos de los Libres, punto de contacto con la República Federativa de Brasil. Otra que contacta con el sur de la Argentina; y en dirección noroeste, otra que lleva a las provincias centrales del país rioplatense. El punto, el cruce de rutas, no puede ser más estratégico. De allí la importancia del porqué del arreglo de las rutas por donde venía transitando. Seguramente, tantos camiones llevan y traen toda la producción de la zona o la sacan a los países vecinos. Es seguramente, lugar propicio para todo tipo de negocios, no sólo los que se ven o se muestran al público. Seguramente, algo parecido a lo que se relata Pedro Buda en “Buscando las llaves… las rutas” una de sus novelas aún inconclusas.
Algo que da idea del intenso calor en la zona son los pastos amarillentos. La sequedad se percibe por doquier. Es cierto, es pleno verano cuando transcurre este viaje, primeros días de enero, primeros días del año.
Todo el mundo pasa por los baños a mojarse el rostro, la cabeza o se acerca al parador y se queda a disfrutar del aire acondicionado. Pero si bien era bueno ver tanta gente allí reunida, que charlaban unos con otros sobre mil cuestiones, pero sobre todo sobre el calor y los sucesos del día en la competencia automovilística que se estaba llevando a cabo al sur del país. El cual unía las ciudades de Buenos Aires con Santiago de Chile. Aquí, en esta ruta por donde estaba yo transitando, no había camiones u autos y motos de competición, pero todos estábamos en ruta con una meta, la propia de cada cual. Algo igualmente integrado a esta otra aventura. Quizás recorriendo paisajes a menor velocidad pero igualmente cubriendo kilómetros.
Una vez pasados unos veinte minutos de descanso era tiempo de seguir la marcha. Era lo que en general descansaban los conductores.
Tomé la ruta por donde estaban los improvisados negocios y noté, rápidamente, que cambiaba la calidad del pavimento. Estaba muy deteriorado. Desaparecieron los carteles indicadores de los kilómetros faltantes para la próxima ciudad o pueblo. Ello era parte del deterioro general que presenta la zona de ruta que venía más adelante. Es una ruta provincial, en muy mal estado en gran parte de su extensión. Huellones aparecen en amplias zonas. Además, se levantan sobre los costados de la ruta, cada tanto, porciones de roca. La ruta corta la roca, y en su interior transcurre el camino. En otras partes, las colinas están próximas. Todo ello incide en la forma en que se comporta el viento. El movimiento del aire te lleva o te trae, te mece hacia un lado u otro cuando vas en una motocicleta de baja cilindrada. Con los guantes puestos, el casco con visera y campera a pesar del calor, trataba de aguantar el golpe del viento que se sucedía en una dirección y en otra.
Había revisado el mapa. Para mi meta del día faltaban unos 70 kilómetros. No era mucho y, probablemente, llegaría temprano a destino –no como el primer día. Pero para eso aún faltaba un poco. Todo puede suceder en medio del camino. Los huellones no representaron una mayor dificultad para la motocicleta, aunque sí para un automóvil de cuatro o más ruedas. La velocidad de los autos que pasaban era bastante menor a la que desarrollaban en secciones anteriores en el camino. Lo cierto es que Black Horse desarrollaba una buena velocidad e iba entre medio de los huellones sin peligro, pero implicaba tener la vista siempre al frente para ir entre medio de las dos huellas o desviar unas superficies muy erosionadas por alguna máquina que usaron para luego impregnar la ruta de alquitrán y piedras pequeñas.
Sobre el deteriorado trayecto pavimentado aparecían, cada tanto, zorrinos atropellados, lo que daba al aire un sui generis olor que impregnaba todo. Caranchos y pájaros, a los lados, vigilaban el paso de los transeúntes. Una escena tan parecida a las de Hitchcock que fue contagiando mi ánimo, preparándome, aunque no supiera, para lo que me esperaba algunos kilómetros más adelante. Varias aves de rapiña, fueron apareciendo, más y más, apostados a los lados del camino o comiendo carroña sobre el pavimento desgastado. Todo el paisaje habíase tornado de ese color particular, tonos de marrones oscuros, amarillos como quemados, tonos similares a la vestimenta de los padres capuchinos.
El claro cielo azul celeste, con pocas nubes esparcidas daba la impresión de que en la mañana hubiera lloviznado en la zona. En algunos sectores de ruta, vi tierra mojada. Pero era claro que la sequía se extendía a uno y otro lado, grandes zonas quemadas era la videncia de la importancia de la sequía.

En un claro, en una zona llana entre las serranías bajas, noté algo. Un templo… se me ocurrió. Reduje la velocidad y paré, poco a poco. Me introduje hacia el terreno de pasto muy corto, sin otra vegetación arbórea más que un espinillo. La construcción principal era un tinglado, más dos casas -o eso parecían- y dos enormes imágenes, dentro de unos cofres o vitrinas verticales. Había que verlo de cerca. Pero primero la foto de lejos, por si acaso. En un cartel se leía: “San La Muerte”.
Guardé la máquina de fotos nuevamente en la alforja, en la bolsa de nylon, dentro de la cual venía por si las lluvias. Estacioné cerca de una de las imágenes. Me quité el casco, dudé… pero tras pensarlo una vez más, volvía tomar la cámara fotográfica y sentí que debía registrar lo que estaba viendo. No era común ver en Montevideo, ni en otras zonas, lo que pude ver allí.
Una familia descendió de un auto que venía del norte. Bajaron a recorrer el lugar, como yo. Traían una cámara filmadora y parecía que hacían un paseo de fin de semana. Extraño paseo –pensé después de ver el lugar más detenidamente.
Lo que había llamado mi atención en primera instancia eran las imágenes que estaban a los lados de lo que pensé era un templo, una capilla… En fin cómo denominar a este lugar de culto.
Unas construcciones de ladrillo y cemento soportaban y contenían, a cada lado del “templo”, sendas imágenes protegidas con vidrio por los lados. En una de ellas estaba la imagen de San la Muerte, y en la otra la del Gauchito Gil. De inmediato me pregunté: ¿Serán dos cosas distintas o la misma? A un costado, del lado izquierdo del templo, había un negocio, una suerte de santería. Sí, vendían velas -de varios colores- imágenes del Gauchito Gil, de San La Muerte y de otros santos. Además, recuerdos de todo tipo con frases como: “Gracias por los favores concedidos”; “Recuerdo de mi visita al santuario de San La Muerte”…Quienes atendían el lugar estaban cómodamente sentados en unas reposeras. Prácticamente no había árboles en los alrededores, los techos eran los únicos proveedores de sombra.
Noté, al darme vuelta y mirar hacia la entrada del tinglado, que sus paredes, en sus partes exteriores, eran usadas como murales. Merecían ser registradas por mi cámara. Al fotografiar nuevamente una de las imágenes erguidas al costado del templo noté que había un cementerio cerca. Pero no había reparado en ello, sino hasta registrar la foto.
Rodee el templo e ingresé al mismo. El contraste entre la potente luz solar exterior y la penumbra interna fue impactante. Mis ojos tardaron en acomodarse a la escasa presencia de luz. En el extremo opuesto a la entrada, había velas encendidas y una suerte de altar con las imágenes del santo. Desde allí y hacia la puerta de entrada y salida, las paredes estaban recubiertas de carteles y banderines de agradecimientos. No quedaba espacio para casi nada más. Totalmente cubiertas las paredes con expresiones de agradecimientos, de familias de muy lejanos lugares y de otras cercanas.
Todo indicaba que, aún estando lejos de cualquier parte, casi perdido entre colinas o extensas llanuras, el sitio era visitado. De lo contrario no se explica que los vendedores en la santería tuviesen tanto material en exposición y haya tantos banderines en el interior del “templo”.
No cabía esperar más, era tiempo de proseguir el viaje. La curiosidad había sido saciada en parte, sólo en parte. Faltaba averiguar más sobre quién o qué había sido el Gaucho Gil, Gauchito Gil, o Curuzú (cruz) Gil. Este hombre era oriundo de la zona de Mercedes, lugar a donde me encaminaba y que era conocido antiguamente como Pay- Ubre.
Lo que anteriormente sabía sobre el gauchito Gil era que es muy venerado por la gente de la zona. En ésta época la zona se llena de peregrinos venidos desde muy lejos. Cientos de miles de personas se congregan cada año, y particularmente en una semana de enero.
Una pregunta se escurría entre mis sinapsis: ¿Llegaría a ver las festividades en honor al gauchito? La gente, después de llegar a Mercedes, lo comentaría era el 18 de enero, la fecha del Curuzú Gil.
La tarde empezaba a caer sobre la ruta. El recorrido debía empezar a terminar. Aún faltaban algunos kilómetros. Los colores del campo, poco a poco, se iban tornando más alegres, más verdes. Pero quedaba el recuerdo de los amarillentos pastizales, de los arbustos resecos de los kilómetros pasados. El color grisáceo de las ramas de los espinillos parecía quedar atrás.
En cierto punto de la ruta, apareció, de repente, un gran arco que anunciaba la entrada a la Ciudad de Mercedes. La ruta de ingreso termina en ángulo recto allí. Supe después, que había dos entradas más. En la finalización o comienzo de ese camino está una imagen de la Virgen –patrona del pueblo. A sólo 8 kilómetros de allí, hacia el noroeste, está erguido el monumento al gaucho Gil.
La tarde dejaba atrás el intenso calor y daba paso a una temperatura más agradable. Corría una suave brisa y a los lados de la ruta de acceso vi a una importante cantidad de gente caminando o trotando, andando en bicicleta, conversando unos con otros. Las edades eran variadas.
El sol caía lentamente, al fin estaba cumpliéndose la segunda etapa del viaje. Era el camino de regreso a la “Vuelta Fermosa”. Es decir, que había recorrido hasta allí unos 760 kilómetros desde la ocho de la mañana del primer día.

La Ciudad de Mercedes apareció en medio del atardecer, como un lugar tranquilo. Algunos jóvenes daban vueltas en derredor de una rotonda, donde se iniciaba el lugar de caminata hacia la entrada del pueblo, sobre la ruta de acceso. Un poco más adelante daba comienzo una calle que tenía el aspecto de ser la principal. Así aparecían carteles de negocios que iban encendiendo sus luces. Llegué así a la estación terminal de ómnibus.
Di unas vueltas entorno a la ciudad en busca de un lugar adonde dormir. Pues en la entrada, a escasos metros de la ruta principal, en una oficina de turismo, una mujer me informó que no existían lugares para acampar cerca. Lo cual supe que no era cierto recién al otro día, cuando salí de la ciudad, rumbo a la zona de culto del gaucho Gil. Además, me sentía cansado para preparar un campamento, y la sola idea de armar y desarmar la carpa me dio pereza. Busque un albergue, un hostal, pero no me conformaba que la motocicleta quedara en la calle. Terminé alquilando una habitación en un hotel al lado de la terminal, donde un joven trabajaba toda la noche, supuestamente, cuidando los vehículos. Pero a pesar de estar o no, sí era cierto que una persona estaba despierta en la entrada al hotel y eso era suficiente.
Convencido que era lo más acertado, dejé hecha la reserva a los encargados del lugar. Debía ingresar a partir de las 20 horas. Por ello fui en busca de algo refrescante para calmar la sed, aunque allí había gaseosas. Llegue a un supermercado, que tiene un snack bar y me senté a tomar una merecida cerveza. El lugar contaba con aire acondicionado, lo que lo convertía en el lugar indicado. Era lo que necesitaba en ese momento. Una cerveza para recuperar fuerzas, descanso en un ambiente agradable. Me estiré en la silla y leí el diario local que compré después de pedir la cerveza. Se oía música en el local comercial. Un televisor encendido, con el volumen bajo, proyectaba imágenes de una película que nadie miraba.
La cerveza bien helada se sentía muy bien. El ámbar líquido bajaba por el esófago y producía una sensación de placer inigualable, tras los cientos de kilómetros recorridos durante el día. Poco a poco dejé caer las revoluciones, me concentré en la lectura del diario. Es simplemente importante conocer el acontecer de la zona que uno visita. Los medios agendan los temas que la gente conversa o charla en los encuentros en la calle. En una de las notas se mencionaba los preparativos que se estaban haciendo en torno a las festividades del gauchito Gil. Esperaban recibir a un importante número de personas. Era la oportunidad de obtener un ingreso extra para mucha gente. Producto de lo vendido, pues había que albergar a esas personas que se quedaban por uno, dos, tres días. Incluso algunos se quedan una semana completa.
En el supermercado había personas comprando juguetes para el próximo día de reyes.
Había juguetes por todas partes. En la zona céntrica, en la calle principal, también había vidrieras con juguetes y todo tipo de objetos para regalar. Pero el ambiente del lugar era tranquilo. Había personas caminando, pero no muchas. La noche empezaba lentamente. El grupo más numeroso de personas, a esas horas, estaba en los accesos a la ciudad caminando o haciendo ejercicios.
Ociosamente, pasó la hora de descanso. Llegó el momento de ingresar al hotel. La hora pautada, las 20, había llegado. Me dirigí a la entrada del hotel, me estacioné y desarmé el equipaje. Una vez más.
Delante del hotel la vereda era angosta. La calle pavimentada estaba aún caliente por el sol de la tarde. Un joven se había ofrecido para cuidarla. Y al verme llegar volvió a ofrecerse. Accedí y le di las gracias.
La habitación contaba con aire acondicionado y TV. A los 15 minutos la habitación estaba fresca. Después de la ducha, era tiempo de caminar un poco, de estirar las piernas y recorrer el pueblo.
La noche, afuera, estaba calurosa, pero agradable. Por la calle principal y en la zona de la plaza se veía mucha gente, más que rato antes. Era claro que tras bajar el sol, las personas se animaban a salir a disfrutar del lugar. El aire estaba cargado del olor, del perfume de los árboles, de las flores de las casas circundantes.
La oscuridad nocturna permitía ver y sentir la ciudad de otro modo. Un par de restaurantes elegantes recibía a las familias, cuyos rostros demostraba esa tranquilidad del tiempo de vacaciones, de licencias, y no el duro semblante del tiempo de trabajo.
Las mujeres vestían ropas holgadas, de telas livianas, claras, transparentes. Los hombres vestían camisas amplias, bermudas, remeras de mangas cortas, sandalias o mocasines sin medias. Otros preferían alpargatas y pantalones largos de tela liviana.
Unas motos estaban estacionadas y otras circulaban por las calles en derredor de la plaza principal. Girando una y otra vez. La mayoría se dirigía a la zona de ingreso de la ciudad.
El campo dejaba escapar su perfume bajo el cielo estrellado. Algunas parejas se cortejaban en las penumbras que encontraban y los protegían de las miradas de los transeúntes, muchos eran los que disfrutaban la temperatura a esa hora. Los tucu-tucu iniciaban su aparición y daban un tinte alegre a toda la zona de campo. Bajo los faroles de las esquinas giraban, sin cesar, los bichos cascarudos hasta morir. El ciclo de la vida. La ciudad de Mercedes, una zona cargada de historias, estaba así, tranquila, mansa, soportando el verano. Era tiempo de volver a descansar al hotel.
Según pasaba el rato, me iba venciendo el cansancio, pero no podía conciliar el sueño. Salí, entonces, a dar una vuelta hasta la terminal que estaba al lado. Había un par de negocios permanentemente abiertos. Aún no era media noche. La gente aprovechaba para tomar un helado, estaba un poco más fresco que el día, bastante más, sin estar frío, sino más templado. Las personas se demoraban en las esquinas conversando, charlando, riendo.
Pensé que si leía algo lograría dormirme con mayor rapidez. Busqué entre los negocios abiertos de la terminal un librito de relatos de la historia del pueblo, o sobre el gauchito Gil.
Volví a la habitación, al aire acondicionado. Allí me enfrasqué en la lectura de un pequeño ejemplar. En el televisor había un programa periodístico que daba cuenta del calor, de las zonas afectadas por el fuego. Lo dejé encendido pero con el volumen en cero. Preferí la lectura.
El texto mencionaba que la vida, hacía la mitad del siglo XIX, era diferente, la vida humana se despreciaba de un modo que quizás hoy no. Textualmente decía: “La muerte era cosa de todos los días. Los hombres y mujeres que vivieron en aquella época, sabían que hoy vivían y mañana no se sabía, tenían asimilada la realidad, [de la muerte] no solamente por causas naturales o enfermedades…”
En el siglo XIX los retos, los duelos eran a muerte, entre el “gauchaje” una ofensa se pagaba con la vida, y cualquier motivo podía ser razón justificada para ser considerada como una ofensa, agravio o encono personal, familiar o partidario, afirmaba el texto.
La bailanta, fiesta que comenzaba con la caída del sol, se hacía en conmemoración de la fiesta de un santo, un casamiento, bautismo, etc., etc. Era el lugar de reunión de toda la paisanada lugareña. Allí concurrían los gauchos y paisanos armados con cuchillos y armas de fuego los más “bienudos” –afirma el texto de autor anónimo, cuyo título es: “El culto al milagro, Antonio Gil, El Gauchito Gil, ARCADO”. No figuran más datos, sólo un texto final que dice: Mercedes-República argentina.
Según cuentan los viejos lugareños del litoral no había bailanta donde no hubiera pelea, y si había una pelea era fácil que hubiera, en la mayoría de los casos, uno o dos muertos. Así, con la lectura se manifestó el cansancio en forma de ojos rojizos y molestia en las piernas. Era tiempo de descansar, de dormir. Tomé el último trago de agua fresca y apagué las luces. Me esperaba el tercer día de viaje.
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