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sábado, 28 de mayo de 2022

Malevo


Malevo es un cuento que escribí hace tiempo y creé una versión en audio que ahora lo comparto en iVoox. Días atrás compartí un video, a partir del mismo audio, para un evento que generó gente de otro país, al que fui invitado por una escritora uruguaya. Y aprovecho, entonces, ese audio para subir al Pódcast Audiolibros, de mi canal Radio de Huellas de Pedro Buda II


viernes, 17 de abril de 2020

Mis audiolibros ¿Qué, por qué, cómo, cuándo, dónde?

Canal en ivoox: 

Captura de pantalla del blog Huellas de Pedro Buda - el formoseño


En esta entrada de mi blog principal hoy comentaré sobre por qué empecé a realizar los audiolibros y algunas cosas más. 

   El primer audiolibro de uno de mis cuentos fue creado por la gente de creahistorias.com, sitio al que hoy no se puede acceder. Se denominó trailer sonoro del cuento Comunicaciones. Duraba tres minutos y estaba muy bien armado. La voz era de una mujer quien leía e interpretaba el texto. Los sonidos que usaron en ese archivo daban una dimensión increíble al pasaje del texto leído. Y entonces pensé y me planteé: ¿Por qué no lo haces tú? Y así surgió el primer archivo de audio de un cuento completo, creado íntegramente por mí, es decir, el texto y el audio. Ese audio fue el del cuento: El  Café de Gurbindo. Pueden escucharlo aquí abajo.


   Navegando en la red de redes, noté que existía todo un mundo de materiales en archivos de audio, incluso la editorial donde publico mis libros, en autoedición, me lo propuso. Pero preferí realizarlos yo, puesto que tenía las herramientas. ¿Qué herramientas? Pues durante el cursado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, de la Universidad de la República (Udelar), cursé el taller de radio y allí aprendí lo necesario. Tenía el programa de edición y los cuentos. Por eso decidí hacerlos yo mismo. 

   Son, en general, lecturas de los cuentos con ambientación sonora, es decir busco crear el ambiente sonoro, el paisaje sonoro que permita acompañar la lectura con elementos que remarquen algún aspecto del cuento, o que permitan pensar en algo que no se dice en principio pero que quizás se sugiere. Es decir, hay un proceso creativo también allí. Como ejemplo me gustaría compartir el audiolibro del cuento Cacería en enero, que se puede escuchar abajo. 


Así fui creando otros audios y si bien propuse a varias personas para que leyeran los cuentos para tener otras voces, no logré interesados, por lo que seguí adelante. Usé mi voz y todas las herramientas a disposición para crear más audiolibros. Los hago con mi notebook, ó, computadora portátil y en la tranquilidad de la noche. 

Insisto en aclarar que mis audiolibros son 'lecturas' de mis cuentos, sin interpretación, más allá de lo que mi conocimiento particular me permita modular la voz, pero sin tener herramientas de actuación. Y no sé si quiero hacerlo de ese modo. Eso lo hace quien tiene el estudio para ello, la capacitación adecuada, pero no es mi caso. El objetivo sigue siendo llegar a quienes no pueden leer, a quienes desean escucharlos aunque puedan leer, y para darme el gusto personal de crear una versión más de mis cuentos. 

Mis audiolibros tienen en común con mis cuentos o cualquiera de mis otras expresiones comunicacionales la marca de ser el producto de trabajo, trabajo y más trabajo personal. De ser lo que son por el aprendizaje que logré en el transcurso de hacerlo, de poner en práctica lo que me enseñaron el la licenciatura y de buscar siempre lo mismo: aprender a aprender. 

Espero se animen a escuchar los audiolibros en mi canal de ivoox. Encontrarán, además de los audiolibros, entrevistas y algún par de cosas más que se me ocurrieron incluir. 

Hasta la próxima estimados lectores y escuchas, seguidores u ocasionales navegantes que lleguen hasta estas huellas. 
   
  

viernes, 27 de marzo de 2020

El portal bajo el puente - audiolibro

Les dejo el audiolibro del cuento: El portal bajo el puente.




Este cuento está publicado también en Opulix:

martes, 24 de marzo de 2020

Mis audiolibros

Estimados seguidores del blog y visitantes ocasionales del mismo, hoy les cuento que agregué tres archivos de audio más al Programa Audiolibros, de mi canal de radio: Radio Huellas de Pedro Buda II.   

Captura de pantalla

  El canal de radio es otra vía de comunicación para compartir mis cuentos, notas o entrevistas. En esta oportunidad los invito a escuchar tres cuentos en formato audiolibro. 
  El cuento "El sonido del tren en movimiento" está precedido por una introducción donde pongo en conocimiento sobre los cuentos que conforman el libro: Cosas curiosas en los caminos de las cumbres. Luego continúa sí, con el cuento, el cual trata, justamente, de lo que escucharon un grupo de personas, el sonido de un tren en movimiento, al pasear por un cementerio de trenes. 
  
El sonido del tren en movimiento -
CC by -
Walter Hugo Rotela González

El cuento "La señal" trata sobre lo que ven unos turistas, unas luces. Las que, aparentemente, partiendo desde una nube se proyectan sobre una zona de altas cumbres.



La señal -
CC by -
Walter Hugo Rotela González


  Por último, el cuento, en versión audiolibro, "Almas danzantes en las cumbres bolivianas", expone sobre unos turistas que registran fotos como cualquiera, pero al verlas luego de un tiempo consideran extrañas dichas nubes fotografiadas, pues tienen formas similares, en distintos puntos de su viaje, por no decir... iguales.

Almas danzantes en las cumbres bolivianas - CC by - Walter Hugo Rotela González

Captura de pantalla
Los cuentos mencionados aquí forman parte del libro "Cosas curiosas en los caminos de las cumbres", el cual puede descargarse desde la plataforma de la Editorial Bubok.

lunes, 15 de mayo de 2017

El portal bajo el puente

Audiolibro 


El portal bajo el puente audio - CC by - Walter Hugo Rotela González










Recuerdo, perfectamente, cómo llamó mi atención una portera que vi, una mañana que recorría un camino en mal estado. Era una ruta provincial que, por cierto, necesitaba ser reparada. De hecho, unos 150 kilómetros al norte de la zona, estaban repavimentando, a un ritmo muy lento.
Aquella vista fue impactante, por ello disminuí la velocidad y regresé sobre lo andado, hasta parar a pocos metros de la entrada. Al costado del camino corre, en paralelo, la vía del tren. En un sector se eleva siguiendo la roca oscura y, debajo, se forma una suerte de cueva, que no es tal. No lo es porque, si bien hay una entrada, del otro lado se ve un extenso campo. Es más bien como un túnel corto.
Saqué mi máquina de fotos y registré aquella entrada. Como estaba en una curva, no quise detenerme demasiado tiempo, pues bien podría venir un camión y no tendría espacio y tiempo para evadirme. Estaba en parte sobre la calzada pues la banquina era escasa y se continuaba con un barranco poco profundo. De la ruta salía un sendero hacia esa entrada, pero parecía muy poco usado. La portera tenía una larga cadena y un oxidado candado muy antiguo.
Continué la marcha y conversé largo rato con mi acompañante en esa instancia sobre a dónde conduciría dicha entrada. Era un lugar inapropiado para tener un acceso a un campo, pues un camión no podría entrar, la visibilidad es mala desde el camino, por lo sinuoso de la zona.
Un tiempo después volví a pasar por el lugar y busqué, denodadamente, aquella entrada, aquél puente. Lo más parecido era una franja elevada por donde cruzaba la vía del ferrocarril, pero no había un túnel o entrada debajo. Las fotos no pude revelarlas sino hasta que pasó medio año casi, cuando lo hice. Cuando al fin tuve ante mí las fotos no era lo que yo había visto, o lo que recordaba. Me sentí muy frustrado ante aquella evidencia.
Por razones laborales, un par de años después, tuve que pasar por el mismo lugar. Me dirigía hacia unos campos al norte de aquella región y el camino seguía en construcción, aunque el tiempo transcurrido era importante. Supuse que la obra vial de la región atravesaba las mismas condiciones que otras del país.
Andaba muy atento y estaba acompañado por una persona que encontré haciendo dedo en una rotonda, en la entrada a un pueblo. Se dirigía, como yo, hacia el norte del país, por lo que le ofrecí llevarlo. Había perdido el ómnibus por media hora y no quería quedar varado en esa zona. Él era un arquitecto que en sus ratos libres gustaba adquirir conocimientos sobre fenómenos extraños, entre los que incluía el avistamiento de ovnis. La conversación fue derivando hacia esos temas, pues el hombre era un apasionado, con amplio conocimiento, a juzgar por su atinada plática, llena de datos concretos, referencias accesibles y precisión de la información. Lo sé porque en mi profesión –soy ingeniero- la precisión es indispensable. De hecho iba hacia el norte para ver un proyecto vinculado al aprovechamiento del agua en una zona donde eso es vital.
Estaba anocheciendo y el sol se perdía por el oeste muy rápidamente. La noche tomó por completo la ruta y la visibilidad era escasa, aunque se veían las estrellas en ciertas zonas. Nubes gruesas se extendían por doquier.
De repente vi la entrada. La curva estaba cerca, como aquella vez y tuve que andar un tramo para dar vuelta y acercarme por el otro lado de la ruta.
Recorrimos un buen tramo y no vimos nada. Seguimos unos 5 o 10 kilómetros y dimos la vuelta nuevamente. Y en un punto vimos la entrada. Un campo estrellado, totalmente luminoso se abría detrás de una abertura a un costado del camino. La curva, apenas estaba señalada por unas bandas que brillaban con las luces del coche. Me obstiné y paré, en seco, el auto. Desde esa posición se veía la entrada. Tomé la cámara y nos acercamos. Registré un buen número de fotos, ajusté la velocidad y la sensibilidad y disparé un número considerable de veces. Avanzamos a pié en la dirección que íbamos y fuimos perdiendo de vista la entrada. Al regresar sobre nuestros pasos volvíamos a ver la entrada.
̶ ¡No lo entiendo, no lo entiendo! –dije casi gritando.
̶ De esto es que te hablaba algunos kilómetros atrás –comentó, calmadamente, mi interlocutor. Muchas cosas, como ésta, no son fáciles de ver, menos de aceptar. Pero existen.
Pedro Buda

Walter Hugo Rotela González






jueves, 5 de noviembre de 2015

Cuento: cacería en enero





I
Una siesta, a fines de diciembre, tres hombres mayores, ahora jubilados, están sentados a la sombra de un viejo árbol de mango. Usan pantalones muy cortos y camisas amplias, de mangas cortas, o, pantalones de tela muy delgada y enrollados hasta las rodillas. Disfrutan de la refrescante bebida que llaman tereré.
El sol, más que calentar, quema los cerebros de cualquier curepí sin sombrero que se atreva a caminar por las tórridas tierras de lodo seco de la gran llanura. Al menos, ese es el comentario que deslizan los tres adultos mayores que, como cada año, están reunidos para compartir viejas historias: lo único en común en estos días de su madurez.
Uno a uno, sacan de algún bolsillo un objeto -quizás lo mismo- es decir, muy similar. Cuatro objetos en total, oscuros, unos más que otros. Redondos casi. A simple vista son trozos de cuero curtido. Pero basta mirar con atención para adivinar de qué se trata.
̶ Pensar que cuando nos invitaste a cazar aquella vez, no nos dijiste nada del animal que perseguiríamos. Y aunque me costó un poco al principio, enseguida, me prendí –dijo el "Gringo", el más veterano del grupo.
̶ ¡Claro que lo recuerdo!  Tus ojos quedaron como desorbitados. En cambio vos, vos "Carpincho", lo tomaste de otro modo. Vos creíste que sería la mejor salida de todas.
̶ Y lo fue, lo fue. No cabe la menor duda "Chochán". Porque nunca volvimos a tener una cacería con esas características.

El sol es casi el mismo que aquellos días de enero cuando emprendieron la cacería por las costas del río, al norte de la provincia. Quizás, un poco más fuerte que en pasados
tiempos. Pues los meteorólogos así lo dicen, metiendo la culpa a eso del agujero de ozono, cuando no al niño o la niña, según. Lo cierto es que las chicharras chillan tanto como entonces, y el monte se vuelve, por momentos, ensordecedor.
  Los cazadores conocen su territorio y se equipan con buenos sombreros de cuero, y hasta usan protectores solares. Algo, antes, inimaginable para un baquiano. Hay quienes van con tantos elementos cual Rambo. Son, en apariencia, tipos muy rudos pero basta charlar un par de horas −con cervezas de por medio− y uno llega a conocerlos. Dejan ver lo que tienen bajo la piel de perdigueros. Algo muy diferente a los tres veteranos que salieron a buscar sus presas y no dieron vuelta atrás.
Hoy por hoy, muchos que salen de caza lo hacen igual que entonces, como en tiempos de los veteranos. Pero no van a caballo como ellos, sino que usan un jeep −de esos de la segunda guerra−; una camioneta 4 X 4; o salen en motos. La motivación, quién sabe, es la misma; pero... cuál fue la verdadera motivación, de los hoy veteranos, cuando salieron a cazar aquella especie, casi en extinción entonces, y hoy más. Una especie tan similar pero... tan diferente.




II
Mientras el sol baja para ocultarse tras la inasible línea horizontal, como cada tarde, los veteranos pasan del tereré a la cerveza. Lo acompañan con empanadas de pollo, que un sobrino trajo de lo de la vieja Elvira. Una veterana, como estos tres ex-policías rurales, que cocina como los dioses pero que tiene un humor de mil demonios. Mientras atiende te mira casi de costado y luego te indica que, por la demanda del día, el pedido se va a demorar, pero nadie se va. Todos prefieren esperar pues, parece que, tras su cara de pocos amigos, hay una gran cocinera que conoce su oficio.   
Es el aniversario 35 de aquella cacería. Demasiado tiempo ha pasado desde entonces, pero algunos recuerdos están tan presentes, como los días de aquella aventura. Si de ese modo puede nombrarse a lo ocurrido entonces. Pues fue una cacería, donde hubo un grupo de perseguidores y, por otro lado, un grupo de seres acosados. Lo que queda de los primeros son estos veteranos, que no son tan añosos, pero que aparentan más por una serie de enfermedades que los tiene disminuidos en sus capacidades físicas.
 Cuando la luna asomó por el este, Chochán se quedó con la mirada perdida en la perfecta esfera blanquecina, más plateada que alba. "Es la misma luna ¿no? ¿Se acuerdan de la primera noche de la expedición?" –comentó con la voz más firme que pudo.
̶  Creo que sí. Fue la misma luna –contestó el Gringo.
̶  Sin duda, la misma –corroboró Carpincho. Pero quizás se notaba más la luz, su fuerza, en medio de los pastizales a orillas del río. Fue la primera noche junto al fuego, a orillas del río cuando, finalmente, nos dijiste sobre la presa –aclaró Carpincho, mirando a Chochán.
En aquella oportunidad, Chochán explicó a sus compañeros que sería una salida de caza diferente; el animal que rastrearían andaba en manada, en grupo de cuatro o cinco. Iban río arriba cazando sus alimentos.
Las huellas aparecían y al rato se disipaban. Esto llevó a preguntar al Gringo cuál sería la presa que rastreaban, pues las huellas eran claras, sin embargo, algo no cerraba.
̶ Mi abuelo los cazó por cientos y así logró sus tierras; las conservó y se volvió, a su modo, rico – dijo Chochán.
̶ No sabía esa parte de la historia de tu abuelo..." –Contó el Gringo, que tomó otra cerveza de la enfriadora de botellas.
̶ Claro, por eso justamente, me pareció que era posible intentarlo. Teníamos las herramientas necesarias, las armas, el adiestramiento y la fuerza para enfrentar las circunstancias que fueran, durante y después de la cacería.  
De hecho, en esos tiempos, ellos  ̶ los policías rurales ̶   eran la ley, y más en medio de esos bosques ribereños. Su pensamiento había sido entrenado para sentir que eran "la ley". Y, como tal, no debían entender que lo que hicieran estuviese mal o fuera de la ley; pues, ellos: eran la ley.  
Chochán siempre había sido un tipo grande, pero nunca había tenido una actitud agresiva o altanera. Era un tipo grandote pero de buen talante. Eso cambió un tiempo después de entrar a la Fuerza... Podía decir con total soltura que, si antes de ingresar no mataba ni una hormiga, ahora, podía bajar a dos o tres sin mosquearse, sin casi transpirar.
El Gringo, en los tiempos en que fueron uniformados activos, era de porte más pequeño que Chochán, igualmente mantenía un buen estado físico. Era  retacón. Antes de entrar a la Fuerza había trabajado toda una vida como peón rural. Conocía el campo, el trabajo duro. Podía pasar varios días a caballo sin sentir la menor incomodidad. En realidad, en las actividades diarias de la función policial estaba el recorrer amplias zonas montado a caballo. Por ello, ninguno tenía problemas para cabalgar durante largos tramos del día. Y tal cual, en los tiempos como peón, una orden era una orden, y la acataba sin cuestionar. Estaba acostumbrado a ello. Al enterarse del objetivo a perseguir recordó que algo había leído sobre esas prácticas, en los tiempos de la colonización, y al sur del territorio americano –en esa zona que llaman Tierra del Fuego. "Y qué va..." –se dijo. "Quizás todo quede en una simple cabalgata y nada más". No era seguro que, finalmente, decidieran consumar la cacería. Pero se equivocó.



III
La primera noche de campamento, encendieron fuego a orillas del río. Tomaron unos vinos y asaron un carpincho que cazaron.
̶ ¡Qué suerte la tuya Gringo! Lo viste, y el primer tiro en el punto exacto –dijo entre risas el Carpincho.
̶ ¡ Bien decís che! Pura suerte. Pero lo importante es que tenemos para cenar esta noche y para el desayuno de mañana ¿no? Y justo un carpincho ¿no?
̶ El próximo será el mío. Ya lo verás.  O, aunque más no sea  un carpinchito –le espetó Carpincho.
̶ Esto es para ir afinando la puntería –comentó el Chochán. Ya tendremos presas más importantes.
̶ ¿Y qué presas tenés pensado che gordo? –preguntó el gringo.
̶  Unos bípedos... ̶  respondió Chochán.
̶  ¿Algún ñandú? Mirá que si esa era tu idea de salir a cazar estás jodido  ̶ refunfuñó Carpincho.
̶  No, no. ¿Cómo les queda cazar algún Pilagá? 
̶  ¿Qué...? Vos estás bien jodido gordo. No podés... Sos un pelotudo. ¿Cómo que cazar a un aborigen? ¿Te volviste loco?  ̶ dijo Gringo. Vi huellas que aparecen y después se pierden. Creo que vos también los viste. Pero...
̶  No, nada de eso. Mi abuelo cazó cientos... ̶ explicó Chochán.
̶  ¿Cómo que cazó cientos? ¿Qué decís?  ̶  preguntó Carpincho.
̶  Mirá... el viejo recibió, del gobierno de entonces, unas cuantas leguas de tierra. Pero, el resto se las fue ganando al indio. Los malones, cada tanto −según contaba− lo jodían y, entonces, él los combatió. Salía a perseguirlos con algunos de los peones; se internaba en los montes a recorrer y los cazaba. Les decía a los peones que eso era la forma de defender sus tierras. Y así fue como el viejo logró amasar esas leguas y leguas de tierra, que hoy... Hoy, ni se sabe su valor  ̶ detalló Chochán.
Entre vino y vino, se fue la noche. El fuego ardía lento, sin brisa que la hiciera crecer. El silencio era total, sólo un búho cortaba esa quietud, de tanto en tanto. La primera guardia para vigilar le tocaba al Gringo, pero apenas se dieron vuelta los otros, cayó dormido también. "Estamos de licencia"  ̶ se dijo y cayó rendido, bajo la inmensa luna redonda.  
A la mañana siguiente, Chochán fue el primero en despertar. Aún no salía el sol pero su luz alumbraba un poco, lo suficiente, para ver unas huellas. Las huellas de su presa. Eran cuatro pares de pisadas. Puso su pie derecho sobre uno de ellas y comparó las dimensiones. "Te tengo" –dijo para sí. Y fue el inicio de la cacería, al menos para él. Miró para arriba buscando su estrella, a la que habitualmente se recomendaba, y no la encontró. Pocos minutos después se descalzó para darse un baño en las aguas del río. Tanteó entre unos follajes y sintió como algo punzante le atravesaba la piel del pie izquierdo. Sacó del agua el miembro y todo su cuerpo. No sangraba, pero el dolor era intenso. Esa punta de madera quedó incrustada en su pie y le molestó por años, sin curar nunca.
Gringo y Carpincho también despertaron e iniciaron las tareas para levantar el campamento. Carpincho arrimó un par de ramas para calentar agua para el mate.
Al terminar el desayuno revisaron sus reservas de agua, el estado de los caballos, las provisiones, el estado de las armas y las municiones. Contaban con una escopeta doble caño paralela 14 mm, una escopeta 16 mm superpuesta, una Remington 870 calibre 12, un revolver 38 y otro 45.   
Los aborígenes remontaban el curso de agua río arriba. Llevaban arcos, flechas y unas lanzas con los que atrapaban  peces. Cada tanto se cruzaban a la otra orilla, pues la profundidad en esa zona no era importante. Así se perdía el rastro por algunos kilómetros pero volvía a verse en la misma orilla más indicios de que estaban en la zona. Restos de pescado asado a las brazas. Unas ramas amontonadas con abundante follaje también a un costado del río, como para cubrirse, era un claro indicio que habían parado en la noche, tal cual ellos.
Poco a poco, estos hombres estuvieron cada vez, más cerca de sus objetivos.


IV
Cuando llegó la hora de la siesta del tercer día, el calor y los bichos estaban haciendo estragos en el grupo de cazadores, aunque estaban acostumbrados. El sol estaba quemando y eso los llevó a detenerse bajo la sombra de unos arbustos. Del otro lado del río, a unos quinientos metros, sus presas también detuvieron su marcha, sin saber que eran rastreados.
   Se tiraron los hombres de blanca piel, tostada por el sol, bajo la sombra y meditaron cuál sería el momento más oportuno para dar el golpe. El Chochán explicó así: "Durante la noche sería de lo más interesante, pues eso le agregaría un plus de emoción".
̶ No cabe duda de eso, pero los emboscados podríamos ser nosotros... ̶ sentenció Gringo.
No estuvieron de acuerdo enseguida, pasaría un rato hasta que llegó, al fin, la planeación concreta, para concluir con la cacería. Estaban a tiro, pero querían tiros limpios, perfectos, ni fáciles, ni ciento por ciento mortales, sino un punto medio.
Esa deliberación mantuvo a uno de ellos callado, pues entendía en esa discusión, la dimensión del asunto. Una cosa era matar a un delincuente que te apunta con un arma y actuar en consecuencia. Muy otra era provocar la muerte de un ser humano, como a esa hora se planteaba, sin una justificación.
Era cierto que en un primer momento del planteo la cosa fue aceptada sin dificultad; pero ante la inminencia de asunto, algo cambió. Sin embargo, nadie se echó para atrás. Nadie. "Cuando en el baile estás... – susurró chochán− bailás".
La tarde fue llegando a su fin, y con ella, el tiempo de estos bípedos seres. Irónicamente todo finalizó en medio de una atardecer rojo sangriento, tan bello, de nubes que adquirían ese color rojizo fueguino que se tornó, casi vertiginosamente, en un gris plúmbico, acerado, tan frío como el que se siente en estado de shock.
No hubo casi gritos, ni quejidos de aquellos bípedos seres, cuyas orejas fueron arrancadas de sus cabezas, como trofeos que, varias décadas después, siguen en manos de los cazadores.
Pedro Buda
                                                                                                                                      Walter H. Rotela  


Cacería en enero (Audiolibro) - 
CC by - 
Walter Hugo Rotela González 


   Escucha el audiolibro abajo
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