sábado, 15 de mayo de 2010

II
Primer día de viaje




Estaba amaneciendo. Había llegado el día esperado. Una vez más, la noche anterior había repasado los detalles. La moto funcionaba correctamente. El equipaje estaba ordenado. Por un lado la mochila con la ropa, la carpa, la parrillita, el asiento plegable. Por otro, la alforja con las herramientas, comestibles y utensilios, el sobre de dormir, la radio, los mapas, la ubicación de las estaciones de servicio, las carreteras y las direcciones y teléfonos. Además, el bolsito con el tanque de combustible extra. Los documentos y el botiquín de primeros auxilios. Vivir la experiencia a partir de todos los sentidos requería de un orden, de un guión, como la producción de un corto cinematográfico.
Al fin y al cabo –me dije- necesitaba vivir, y “VIVIR” -con mayúscula- para poder seguir creando. Mi trabajo con la creación literaria requiere elementos reales, creíbles, muy creíbles… de lo contrario pierde sustancia todo el trabajo.
A las 7 de la mañana estuve en pie. Después de las 2: 30 horas de la madrugada pude descansar bien. Lo hice como no lo hacía en mucho tiempo. Algo tenía que ver la cama. Se hundía el colchón o la parrilla. Lo cierto es que, al cambiar de lugar en la cama pude descansar.
A las 8 horas en punto salí a la vereda. Coloqué la alforja, la mochila y después de desayunar partí con el cuentakilómetros en 16380 -era el Km. 0.
Me despedí de mi esposa, de mi hija y les prometí comunicarme durante todo el viaje. Tenía dos líneas telefónicas para hacerlo. Mi viaje estaría marcado por esas dos líneas y las dos albas del camino.
Me detuve varias veces, hasta que al medio día me quedé para comer. Sobre las 13 horas y en medio de la naturaleza. Buscaba estar en contacto con el suelo, las plantas,… Y la reserva natural fue el lugar ideal. Desconocía la existencia de dicho lugar. Cuando pregunté, en la estación de servicio del pueblo, a donde llegué sobre el medio día, me comentaron que a 3 Km. de allí había un lugar para descansar y recrear la vista. Otro había más cercano, una plaza. Cuando llegué al lugar me pareció increíble. Me encantó, descubrí más de lo que pretendía.
Me tiré un rato sobre el pasto, caminé y visité las jaulas e incluso tomé imágenes de animales que deambulaban libres por el parque, la pena es que, como me indicó la encargada del parador: “la seca estaba haciendo estragos”. El pasto estaba seco, el lago no tenía agua y los patos se refugiaban bajo la sombra del puente, donde aún permanecía fresco el barro. Por lo demás, la tierra se agrietaba donde antes hubo un lago hecho por el hombre.
En las jaulas sobreviven los animales gracias a los cuidados del personal, pero la seca se nota por doquier.
Tras descansar un rato proseguí el viaje, me encontré a orillas el río Negro. Allí, en las duchas del parador tomé un baño, también algo de agua, sentado a la sombra de un frondoso árbol, galletitas y descansé la vista mirando la belleza simple del lugar. Agua, sol, campo, pequeños árboles y poca gente.
De repente una imagen me sorprendió un poco. Había un perro atado junto a su choza… Era tan parecido a un perro al que llamaban Tigre… allá en la tierra de las largas siestas e interminables tererés.
Pedí una silla y me dejé estar, descansé oyendo a los pájaros, a los autos que cruzaban a 15 metros de mi silla y al ladrido del perro.
Había llegado la hora de descansar. Pero sería breve, pues aún faltaba la mitad del camino. Ese era un punto señalado en mi proyecto sobre los mapas. Esta era la realidad, tanto en el espacio como en el tiempo. Y aunque el calor apremiaba, debía seguir. Tras cruzar el río, empecé a recorrer la otra mitad propuesta para la jornada. Aún estaba lejos el fin del camino.
A partir de allí el colorido de los pastos fue, poco a poco, variando a tonos más oscuros, más verdes; más alimentados por el agua las plantaciones que se veían a los costados de la cinta negra del asfalto. Estaba dejando atrás la tristeza de los siempre amarillos ralos pastos. Los animales parecían cansados, con todo el costillar notándoseles, como desnutridos… El forraje estaba en distintas partes acumulado, pronto para ser entregado. Lo cual era uno de los reclamos de los pequeños productores al gobierno.
La sombra de la moto -y la de su conductor- se proyectaban bajo ella, sobre la oscura piedra. Pero en el correr de la tarde, según la zona, se dibujaba la sombra sobre el costado del camino, sobre las plantaciones de trigo u otras y era una suerte de compañía que aparecía en medio de la soledad de aquellos caminos, donde alguno que otro, cada tanto se cruzaba en sentido contrario. Esa sombra, esa figura era la única compañía que navegaba sobre esos pastizales -y aún más allá. Se extendía solitaria sobre las plantaciones, era como ir acompañado por un gigante… Y el sol del otro lado brillando cada vez más rojizo, cada vez más imponente dando luz a todo cuanto se interponía a su paso, provocando “sombras caprichosas”, divertidas. El paisaje dejaba de ser sólo el conjunto de formas vegetales y animales que iban apareciendo, a cada momento, a un costado del cambiante sendero o sobre él. Algunas salamandras -las que fueron más notables al segundo día- pero también la inmensa variedad de aves, de apereas, de zorritos, de aves de rapiña -que devoraban los restos de animales atropellados por los vehículos- se veían como testigos del paso. Sus formas resultaban raras por el efecto de la luz solar, que iba apagándose. Se notaba, cada vez más, sus ojos, que adquirían una importancia casi irreal, brillantes focos rojizos al costado del camino.
Al fin apareció un pueblo, y llegaba la tardecita. Era momento de cargar combustible, de cotejar mapas y calcular distancias y horarios. Parecía que hasta esa altura había tan sólo un atraso de una hora; pero quizás no pudiera compensarse. Era necesario parar, descansar, caminar, permitir que el motor se enfriara, revisar las cubiertas, el equipaje, preguntar a la gente de la estación de servicio sobre próximas estaciones y corroborar las distancias nuevamente.
En cada lugar se impuso la charla sobre distancias por recorrer y las recorridas en función del combustible, y en muchas – y eso se repitió a lo largo del viaje- surgía la pregunta: “¿Y con esa motito pensás recorrer esas distancias…?”. Algunos parecían dudar, otros conocían de la capacidad de la moton pues habían experimentado la sensación de atravesar los campos, el ir de un pueblo a otro en motos de cilindradas semejantes. Pero la pregunta se repetía y eso me hacía pensar. No me haría desistir, pero sí pensar, calcular, disfrutar lo ya recorrido.
La tarde comenzó a mutar a noche. Y aún faltaban varios kilómetros. Eran las 20 horas y se hacía necesario contactar a la persona dueña de la casa a donde pensaba llegar para pernoctar. El primer intento fue fallido y no habría otro. No lo habría porque el hombre en cuestión registró la llamada perdida y se contactó él. Nos presentamos y surgió una voz amable que me invitaba a llegar. Quise casi asegurar que para las 21, 30 o 22 horas llegaría.
Subí nuevamente a la motocicleta a la que, algunos kilómetros atrás, bauticé como “Black Horse”. Eso fue a orillas del río Negro, en la zona de Andresito. Era el nombre que surgía en los largos monólogos que improvisaba para romper la monotonía del ruido del motor.
La noche se hizo cerrada y todo fue ensombreciéndose. Desaparecieron los colores, poco a poco, y surgió cada vez, con más intensidad, la ruta; el camino; el asfalto con sus líneas paralelas albas y la otra línea amarilla cortando al medio a la vía. La luz alta era necesaria, sólo hasta ver aproximarse un vehículo en sentido contrario. Se bajaban las luces y ello era un signo de cordialidad, de camaradería entre conductores. Surgió así, de ese modo, paulatinamente, el asombroso paisaje nocturno. Tan bello como el diurno, pero con toda su magia propia. Llegar a una zona de puente fue como aproximarse a una pista de aterrizaje por la ubicación de más indicadores, tanto en el asfalto como sobre las barandas laterales.
Una estación más encontré, allí llené el tanque de reserva y seguí. Avancé unos kilómetros concentrado, pensativo, y de tanto en tanto, canturreaba para no aburrirme. Cada cierto tiempo un pequeño conjunto de luces indicaba la entrada a un pueblo, o un conjunto mayor, a un pueblo en sí. En una de esas entradas iluminadas, casi al terminar de un sector de ruta con columnas de iluminación, me detuve. Creí conveniente aprovechar la iluminación para no tener que cargar combustible a la luz de la linterna. No me demoré mucho. A esa altura, desarmar y armar el equipaje que llevaba sobre el asiento era una rutina cumplida con celeridad.
Siguió aumentando la negrura de la noche, pero el paisaje se pobló de los famosos bichitos de luz, conocidos como los tucu-tucu en Argentina.
Sobre las 22,30 al fin llegué a la primera parada para pernoctar. Habría dos en el transcurso del viaje.
Llegar fue una alegría. Por un lado descansaría -al fin de una larga jornada-; por otro lado, sabía que había cumplido con la primera etapa del viaje, y eso era, en sí mismo, una meta cumplida. La vida –me dije, nuevamente- es un camino, y el camino está marcado por hitos, por etapas, por metas que cumplir. Y ésta era una, finalmente, cumplida.
Los dueños de casa se mostraron tan amables como había sonado la voz en el teléfono. Habrían su casa a un extraño y lo invitaban como a un viejo conocido. Eso era la hospitalidad, eso era lo que había leído en la Biblia, sobre cómo ver al prójimo y, quién era el próximo. Y, además, en la comunicación observé la actitud, de buena gente, de los dueños de casa. Pues era cierto que conocían a mis familiares, pero no a mí, sin embargo, la amabilidad fue el común denominador.
La cerveza y la cena fueron la excusa perfecta para brindar, y al cabo de un rato pude acostarse a dormir. No sin antes compartir, por más de dos horas, un rato ameno de charla con mis anfitriones.
Cansado, apenas apoyé la cabeza sobre la almohada, me dormí.
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