lunes, 17 de mayo de 2010

Imagenes del Viaje de Regreso - Final de travesía


Imágenes del Viaje de Regreso - Parte II

Todas las imágenes fueron registradas por  mí con una pequeña  cámara. 



Imágenes del Viaje de Regreso





imágenes del tercer día de viaje - Parte III





Imágenes del tercer día de viaje - Parte II






Todas las imágenes fueron registradas por Walter Rotela

Imágenes del tercer día de viaje - Parte I


Imágenes del segundo día de viaje - Parte II




Imágenes del segundo día de viaje - parte I





Imágenes del primer día de viaje





sábado, 15 de mayo de 2010

VII
Agradecimientos

A mi hija por creer en mí y por el apoyo en el emprendimiento.
A mi esposa, por alentarme en los desafíos, aunque solicite siempre rever cada decisión, cuidarse al máximo. Me dijo así: “No avances si estás cansado”. Una madre es madre aún cuando no se lo proponga, y de todos los que están a su alcance.
A mis familiares los Soto, por el aliento y por facilitarme los mapas tan necesarios y útiles para organizar cada tramo del viaje. Por comunicarme con la buena gente de Salto, quienes me brindaron un apoyo incondicional tanto a la ida como a al vuelta. Gracias Julio, gracias Rosario. Gracias a los amigos de ellos que me hicieron sentir como uno más y me aceptaron en su mesa.
A mi familia de la Vuelta Fermosa que comprendió que la vida se hace en el camino, en el viaje y que, no soy más que un producto de una familia de aventureros, que a su manera, como Silvio Pablo –mi abuelo materno- recorrieron caminos antes que yo.
A la gente que encontré en el camino y que fui nombrando en el transcurso de este relato y que compartió conmigo sus historias, sus anécdotas, su sentir respecto a tantas cosas que no he podido dejar impreso en estas otras huellas de mis pensamientos, en estas “Líneas paralelas”.
Walter Rotela
VI
De regreso

Nuevamente alas 8 de la mañana, volví a subir a Black Horse. Me acerqué al cordón de la vereda, me puse el casco mientras mi hermana sacó una foto mientras dejaba escapar algunas lágrimas, como ocurre cada vez que nos despedimos. Era tiempo de regreso a Montevideo. La noche anterior había llovido. La temperatura a las 8 era ideal para iniciar el viaje. Sin embargo, esa misma noche, a 400 kilómetros de allí, me enteré mirando el informativo que en mi ciudad natal, habíase registrado la mayor temperatura del país, lo que fue 50 grados centígrados, y la sensación térmica llegó a 53 y más. Suerte que no lo sentí por haber salido de mañana temprano y tras una noche de lluvia.
Las despedidas son siempre muy emotivas, por ello intenté acelerar apenas pisé el asfalto. Tendría todo el tiempo sobre la ruta para repasar la estadía, los afectos, las conversaciones, las charlas, los momentos compartidos. Pero cada kilómetro que recorría me insumía concentración. Igualmente, pude disfrutar el viaje. Ver el paisaje nuevamente era como repasar colores. Percibí en esa soledad la presencia de mi hermana, de mi madre, de mi padre, de esa tía cómplice con quien compartí, como otras veces, el pan dulce y el champagne o vino espumante, para ser más preciso.
A media mañana descubrí un frondoso árbol y cargué combustible bajo su sombra. A pocos kilómetros de allí, estaba el otro árbol bajo el cual descansé en el viaje de ida.
A mediodía llegue a la entrada a la ciudad de Resistencia y almorcé en un snack bar de una estación de servicio ubicada sobre la ruta perimetral de la ciudad por el lado norte. El parador cuenta con aire acondicionado lo que significa una importante ventaja. Allí escuche una canción que me recordó el asado compartido con los amigos de mi hermana, con el sonidista y su esposa, el otro integrante de la banda “Carlitos”, al popular “Checha”, al médico de la guardia y la joven que lo acompañó, a otros que estuvieron allí. Fue un momento importante porque pude conocer de cerca lo que ellos pensaban sobre su ciudad, su música, sobre lo que querían para ellos mismos… Pensé que son jóvenes que trabajan y estudian, lo que logran con su laburo invierten en equipos, en mejoras para su banda y son artífices de sus logros, sin esperar que todo venga de arriba, del poderoso sistema…
Vi en esos jóvenes, esa noche, la esencia de otros que aprecié en videos que están en You Tube, que buscan mostrar su arte, su música, suman trayectoria y experiencia. Vi sus ganas, su capacidad de escucha, de asimilación de lo que hay en el mundo. Están al tanto de lo que pasa n el mundo, por amigos que se han ido, por la Internet, por lo que se ve en TV, no existe más el aislamiento, están conectados, están, cada día más integrados, pero no es fácil,, igual, salir adelante con proyectos. Lo cierto es que sueñan, juegan y concretan nuevas realidades, incluso, aunque tímidamente, van dando voz a otros, que por medio del artista, hacen oír sus voces.
La siesta me encontró nuevamente en Empedrado. Busqué otro lugar para descansar, otra sombra y tras refrescarme continué la marcha. Los descansos fueron de mayores en cantidad pero más breves en duración. Kilómetro a kilómetro fui trazando un rumbo y rescatando otras huellas. Incitando a otros viajeros a compartir sus historias de caminos. Así llegué de tarde ala estación de Saladas. Antes hice un descanso bajo unos frondosos árboles bien altos y con abundante sombra. A ambos lados de la ruta, habían casas a esa altura de la ruta. Unas tres casas de muy humilde construcción, que enmarcaban el paisaje. A cada lado del sitio de descanso, unos hombres y unos niños cantaban o chillaban corriendo, como parte de un juego. Unos hombres mayores, ancianos, estaban sentados a la sombra de un árbol jugando naipes y contando algunas anécdotas. Se les podía oír claramente desde donde yo estaba. Sus voces retumbaban en la espesura de los árboles, de pequeñas elevaciones de tierra al costado del camino.
En la estación de servicio a la entrada de Saladas, dos grandes motocicletas con chapas del Brasil llegaron conducidas por dos hombres vestidos totalmente con ropas de cuero negro. Uno de ellos de unos 50 años y el otro de unos treinta y pocos. Todo el que estaba en la estación se acercó para ver las motocicletas, para sacarles fotografías, y yo también. No eran más que dos aventureros como yo pero en unas motos más grandes. El sueño del pibe. Eran dos maravillas, grandes, vistosas y de aspecto muy cómodo. Los conductores se refrescaron en el parador, bebieron un par de bebidas al fresco del aire acondicionado, como cada uno de los otros visitantes llegados de distantes lugares. La voz del conductor de la televisión que sonaba dentro del bar parecía tan monótona que invitaba a descansar, a relajarse.
El regreso no parecía tan interesante como la ida. Pero cada vuelta, cada curva, cada árbol nuevamente visto tenía un matiz diferente. Lo que noté cuando crucé la ciuda de Corrientes en la que viví por varios años. Quise comunicarme con una antigua amiga, pero no logré. Supe por el esposo que estaba de viaje y por ende no pude verla. Era como una especie de puñal, una herida que empezaba a sangrar. Me sentí un tanto triste en ese recorrido, hasta llega a la ciudad de Empedrado, donde volví a disfrutar, otra vez, del camino. Pero las huellas son las huellas.
En el camino volví a ver a los empleados de estaciones de servicio que me reconocieron. Y fue bueno decirles adiós.
La belleza de los campos verdes en esa zona era muy reconfortante. La meta del día era la ciudad de Mercedes, a donde llegué a esos de las 20 horas. Antes hice un aparada en la zona del camping y lugar de devoción del gaucho Gil.
Era de tarde, el sol bajaba presuroso. La zona de camping estaba casi desierta. Pocas personas armaban sus carpas. Algunas mujeres vendían en los puestos sobre la ruta. Era ese el lugar más concurrido. En tanto que en el predio del camping poca gente quedaba. Gran cantidad de basura, botellas, vasos y bolsas eran la prueba suficiente de la inmensa cantidad de gente que había estado participando de la festividad en el día del santo y la semana entera.
Una estación de Policía estaba a pocos metros del tinglado donde está la imagen del Gaucho, a cuyo costado está la cruz. Dos uniformados llegaron en una camioneta, minutos después que yo e hicieron una recorrida por la zona.
Saqué mi máquina de fotos y recorrí el lugar también. Entretanto pensé sobre la posibilidad de armar o no la carpa que traía conmigo. Cabía también la posibilidad de hospedarme en el mismo hotel que durante el viaje de ida.
Pasados unos 15 minutos comprendí que estaba muy cansado, que los baños estaban cerrados y no había un lugar donde comprar algo para comer. Era mejor, decidí, llegara la ciudad de Mercedes, Sin embargo, aproveche para visitar el estudio de la radio de FM del gauchito Gil, la 96.1. Pude registrar con la cámara fotográfica la cantidad de placas de agradecimiento, las chapas de automóviles, los banderines y cintas rojas con inscripciones de agradecimiento, las velas que se derretían y los vestigios de la multitud reunida.
En el acceso al santuario la cantidad de locales de venta -es decir puestos ambulantes, de venta, techitos hechos con toldos y armazones de caños- era importante, abundante. En ellos había desde cintas para solicitar ayuda hasta otras de agradecimiento, estatuillas, recuerdos de visita, refrescos, comida, ropa y más. Estos locales de venta hacen que la entrada al sitio de veneración esté bien visible al venir por la ruta, pero hace difícil la circulación, el acceso y egreso, en un día de la semana festiva.
El cansancio se hizo sentir, cada vez más. No lo pensé dos veces y me dirigí a Mercedes. Pude ver en el camino que había dos lugares más para acampar, pero la carencia de árboles los hacía poco favorables para dicha actividad, sin embargo, la cantidad de basura acumulada en sectores indicaba que hubo buena afluencia de personas. Cerca de Mercedes, es decir, cerca de la entrada pude ver carteles de pequeños hoteles, hospedajes, cantinas y almacenes, que de no ser por la actividades entorno a la imagen de Gil no tendrían sentido que estuviesen allí, uno piensa en un momento, pero no. No es así.
En el acceso a Mercedes todo estaba tranquilo. Eran casi las 20 horas, había personas caminando, otras trotando o haciendo gimnasia como lo que vi la vez anterior. Me quedó claro que la gente aprovecha las inmediaciones de la ruta de acceso a la ciudad para esparcirse, practicar algo de deporte en horas de la tarde, cuando el sol lo permite. Grandes silos que se ven pocos kilómetros antes de la ciudad y después del Gauchito dan idea de la actividad agropecuaria de la zona, también contribuye a ello al exposición y venta de maquinarias en la calle principal de acceso a Mercedes. Sin embargo, el turismo es otra de las actividades, dado el buen número de autos de distintas partes de la Argentina que se ven circular por al ciudad, dentro de los cuales se ven personas de distintas provincias, a juzgar por su aspecto y formas de hablar.
Hay en la zona distintas actividades que convocan al turista en distintas épocas del año a la región, como son la Fiesta Nacional del Chamamé en Corrientes, la Fiesta del Carnaval en Esquina, la Fiesta del Carnaval de Frontera en Paso de los Libres; la Fiesta Nacional del Pacú en Esquina; la Fiesta Nacional del Surubí en Goya en Abril- Mayo y un largo etc. donde se suman las fiestas religiosas, todas ellas posibles de conocer por medio de por ejemplo la pagina Web: www.turismocorrientes.com.ar/fiestas-eventos.htm
La noche avanzaba, el sol se ocultaba lentamente. El regalo era un sol cayendo sobre los pastizales, lo que daba al paisaje un tinte amarillento casi rojizo con un techo de azul claro, no libre de nubes, pero esparcidas.
Al llegar al hotel, el saludo con los presentes allí fue cordial, una clara bienvenida. La habitación que me tocó era la misma que la vez anterior. Enseguida me reconocieron y el trámite fue mucho más ágil que la otra vez. La cena fue diferente, pues concurrí a una pizzería que estaba sobre la calle principal frente a la Terminal. Desde una mesa en el patio pude disfrutar no sólo de lo que ocurría en la terminal sino de lo que hacían los jóvenes al pasear por la calle principal.
Al regresar al hotel vi en el escaparate de uno de los locales de venta -aún abierto en la terminal- un conjunto de imágenes del gaucho Gil y un librito con la historia o leyendas del mismo. Dicho texto narra la leyenda del gaucho Antonio Gil y de otros que conforman la mitología de la región. Munido con este texto y otro que me regalaron en Formosa, intenté acercarme al pensamiento, a las costumbres y al quehacer de las gentes de la región tan asociada a Artigas, al prócer uruguayo que tan bien recordado es en Entre Ríos y Corrientes.
Black Horse quedaría en la vereda como antes. El mismo joven que antes, se ofreció para cuidar el vehículo. Agradecí nuevamente y pude darle una propina al día siguiente. La noche afuera estaba calurosa, pero dentro de la habitación el aire acondicionado permitía descansar tranquilo. Hasta los mosquitos parecían dormirse, pero de apoco.
La noche pasó sin novedad. El amanecer tenía algunas nubes oscuras esparcidas, a un lado y otro, del gran techo azul. El aire estaba límpido, tranquilo y apenas una suave brisa movía los pastos. Pronto llegué a la zona de veneración de san la Muerte y continué sin detenerme. Rato después llegué a un puente donde la banquina era más extensa, un camino partía desde allí hacia un lugar llamado Baibiene. En ese punto cargué combustible y disfruté de la belleza de la vista, del aire y el sol, del pasto apenas mojado por el rocío de la noche anterior. Un poco más de andar y llegué a una estación de servicio. El colorido era de un marrón pedregoso, amarillo rojizo y verdes claros que se extendían desde arroyos pequeños hacia los lados. El pasto seguía amarillento, corto, la lluvia llegaría pronto, pues las nubes estaban danzando en derredor. Cada tanto se veían cortinas de lluvia, perplejos, aún muy lejos.
En la estación de servicio, me detuve a desayunar. Cargué combustible en el bidón de reserva. Fui a buscar al gomero para que revisara las ruedas que estaban bajas, pero aún parecía dormir. Sin embargo se levantó, en realidad ya se había despertado –comentó. Sentí que la moto tenía cierto movimiento lateral, quizás el viento incidía. Incluso el gomero confirmó que las ruedas tenían aire demás. Tuvo que desinflarlas un poco.
Creí conveniente compartir con el hombre el desayuno, en gratitud por su colaboración. El cual consistía en unas cuantas chipas de fécula de mandioca, elaboradas por mi madre para que tuviese para el viaje. Fue una buena idea.
El lugar de trabajo del gomero era también su vivienda, muy humilde por cierto, pero en kilómetros a la redonda no había otra y quizás es un medio de vida que le permite subsistir. Su vivienda tiene un alero de chapas de cartón que hace las veces de taller, de techo para las herramientas, hace las veces de área de descanso. Este hombre, era la encarnación de esa idea de que, en derredor de una estación de servicio puede nacer un poblado.
Un rato después de verificar que todo estaba en orden volví a subir a Black Horse y proseguí. Volví a cruzar por la zona algo lúgubre y de caminos en mal estado que días atrás había cruzado en sentido contrario. Era de día y no tuve mayor dificultad. Había lugares con arbustos de apariencia seca, con un pasto amarillento muy ralo que hace pensar en los paisajes africanos.
Sobre las 10:15 horas llegué a la zona del cruce de ruta de la 119 con la 14, o sea la zona de acceso a la ciudad de Curuzú Cuatía. Allí descansé y vi mucha gente tomando refrescos, litros y más litros de agua. El sol, las piedras sueltas por la construcción de la nueva ruta 14, es decir, el trazado paralelo, hizo de ese tiempo y espacio, un momento agitado. A eso se le sumó el importantísimo tráfico que había, camiones, autos, tractores tirando zorras cargadas de naranjas y limones. Muchos, muchos camiones circulando en un sentido y otro.
Los operarios que trabajaban en la construcción del tramo paralelo de la Ruta 14 lucen anteojos oscuros en su mayoría, además de ropas claras para contrarrestar el sol. Los conductores que manejan las moto niveladoras que esparcen la cal usan tapaboca como los operarios que están sobre el piso, todo esto incrementa, seguramente, la temperatura corporal y se deshidratan con mayor velocidad.
Esta ruta será como una duplicación de la actual, permitiendo más espacio y menos peligrosidad, los que vienen en sentido contrario lo harán por una vía paralela separada por un cantero central; similar a lo que ocurre con un tramo de la ruta 1 en Uruguay.
Sobre la motocicleta, si bien el calor se siente, quizás parece menos por el viento, a menos que la zona de ruta sea más al norte, donde el aire parece fuego en los días de verano.
Pasando le medio día, un poco después del medio día me detuve en una estación de servicio. Tenía una disyuntiva en ese momento, almorzar allí o llegar al parador cercano a Mocoretá. Como todo parecía tranquilo, venía bien y el motor respondía más que bien, la temperatura parecía estar bien, proseguí hasta Mocoretá. El lugar, además ya lo había conocido a la ida a Mercedes –meta del segundo día de viaje a la ida a la Vuelta Fermosa. Llegué a ese lugar un rato después y en vez de ir al parador, opté por conocer el snack-bar de la estación. Había milanesa en dos panes y era suficiente para mí. Utilicé los buenos baños del lugar, refresqué mi alma, además de mi cuerpo. El calor era imponente.
¿Por qué eso de refrescar el alma?... pues porque en el refrigerado sitio había un hombre que tras iniciar una charla relacionada con la carrera que se llevaba a cabo al sur del país, nos metimos de lleno a hablar de mi viaje y de las motos que había tenido esa persona, un tipo joven, que había realizado viajes como los míos, con motos similares. Pero me aclaró, que sus viajes fueron de menor distancia, pero con las mismas ganas que le parecía tener yo.
Compartimos nuestras anécdotas. Él había viajado por la Mesopotamia Argentina, junto con un amigo. Había salido en busca de unas cataratas que cortan el río de forma longitudinalmente, no las más conocidas que lo hacen de modo perpendicular. Años atrás había oído hablar de que existían esas cataratas y ahora, esta persona me contaba más sobre el sitio. Las cataratas sobre el río Uruguay se ubican paralelas al cauce del río; pero –según relató- no pudieron acceder a las mismas. Lo irónico es que estuvieron a escasos 100 metros de la costa, pero no pudieron llegar debido a la maleza, a los pastizales muy altos que hay en la costa, el sotobosque alto era impenetrable para ellos en las condiciones de anegamiento, además, en que estaba todo. Le tocó días de abundantes lluvia pero querían llegar, mas no pudieron y tuvieron que regresar sin llegar a la meta.
Lo bueno de la conversación fue compartir el gusto por recorrer los caminos montados en motocicleta. Ambos estábamos en la mediana edad, él tomaba una cerveza y yo una gaseosa, porque tenía que seguir conduciendo, en tanto que él, volvía a Mocoretá, a 5 kilómetros de allí.
Mi motocicleta estaba, como la vez anterior, bajo la sombra del gran techo de la estación de servicio. Un ómnibus esperaba en la puerta del parador a un grupo de personas que terminaba de almorzar. Pasaban del local refrigerado al cálido aire del ambiente, y de allí al ómnibus, también con aire refrigerado.
La siesta invitaba a descansar; pero debía seguir, me faltaban unos 100 kilómetros para la meta del día, la ciudad de Salto, en la República Oriental del Uruguay. Sentía que llegaría temprano a la ciudad, esta vez. Había descansado al almorzar en ese lugar refrigerado. El camino, la tierra, el paisaje era todo y más de lo que esperaba; pero faltaba poco por llegar a tierras charrúas. Sentía que debía empezar a despedirme de las tierras argentinas. Claro que no me parecía tan emotivo como cuando, en horas de la siesta también, cruce por tierras de la ciudad de Corrientes. Esa ciudad donde viví durante un poco más que un lustro, donde hice amigos nuevos, trabajé, donde tuve mi primer emprendimiento laboral. También desde allí partí a mi primera aventura de viaje, cuando fui a Jujuy en el ’87. Allí se gestó la idea de crear ficciones, escribí mi primer cuento y colaboré con un programa radial de una emisora alternativa. Corrientes fue mi segunda patria chica, mi segundo nacimiento se dio allí. Porque uno nace cuando se redescubre a sí mismo, y lo hacemos siempre. Nació mi vocación literaria y el gusto por la comunicación de medios, y cuyo estudio tomó forma después en Montevideo, aunque las primeras averiguaciones las hice en Corrientes. Era el principio de lo que luego di forma en tierras charrúas. Quizás es cierto eso de que Corrientes tiene payé. Uno no la olvida, así por que sí. Corrientes es hogar de amigos y amigas que supieron compartir momentos buenos y malos, duros, tristes, amargos y también llenos de alegría y ricos de esperanza. Algunos los he vuelto a encontrar en la red de redes. En Corrientes se comparte el mate, se conversa por horas, se estudia, se disfruta la música y se tejen sueños que no se rompen por el paso del tiempo, maduran quizás, pero se conservan. Esa es la magia del Taragüí. En eso iba pensando mientras recorría los últimos 50 kilómetros de camino, antes de la represa de Salto Grande, de la frontera, del río.
A cada lado del camino se veían plantaciones de árboles frutales, cítricos, arándanos –todos protegidos por una doble fila de eucaliptos o coníferas. Su inconfundible fragancia hacía del recorrido un paseo, un exquisito paseo más que un simple andar por un camino. Esa es la sensación que produce andar esos caminos entrerrianos. Una copia, casi, de lo que se da a la misma altura, del otro lado del río. Son lugares privilegiados por la naturaleza, no me cabe la menor duda. Es claro que toda la zona tiene mucho para dar y hay personas con capacidad y ganas de emprendimiento para trabajar dichas tierras. Aunque, también hay oportunistas, como algunos que explotan la tierra y a los trabajadores, pagándoles sueldos miserables, teniéndolos como esclavos, según tuve la oportunidad de escuchar de boca de trabajadores gaviotas en zonas de Corrientes y Entre Ríos, durante el transcurso del mismo año 2009. Pero esa es otra historia, aunque no menos importante. Además de plantaciones de citrus hay apiarios, actividades ganaderas, se produce gran cantidad de productos artesanales comestibles y de adornos. Una muestras hay en cada estación de servicio que hallé en el camino, pero hay un lugar que destaca en el entronque de la 14 y donde se exhiben cueros curtidos, miel, dulces, y quien sabe qué mas.
En plena tarde llegué a la primera estación de servicio del lado Argentino de la represa. Tomé la última merienda, compré el último vino y me dejé deslizar en la moto, en bajada, hasta la represa, hasta el control aduanero.
El calor aún estaba presente. Eran las 5 de la tarde, cuando llegué al control. Lentamente me acomodé en el estacionamiento. Había gendarmes apostados por el camino, entre la estación de servicio y la represa. Mientras me sacaba el casco, dos personas se aproximaron a mí. Uno era un periodista con micrófono en mano y el otro un camarógrafo de un medio local. Me requerían para una breve nota. Accedí. Me preguntaron que pensaba sobre los cortes de ruta que se disponían a hacer unos piqueteros, ciudadanos entrerrianos. La respuesta fue concisa. Dije que los piqueteros tienen el derecho a hacer su manifestación; pero también el resto de las personas tenemos el derecho de por circular libremente por los caminos.
Tras recorrer el mostrador de la gendarmería, seguí con la parte de Aduana, la revisación de bolsos y del vehículo. El agente era orieundo de Formosa, era como una despedida hecha a medida. Me hicieron bromas los jóvenes agentes por la distancia recorrida en mi motocicleta, lo que provocó sonrisas en los pocos presentes ahí. Minutos después, Black Horse cruzaba la represa, el aire estaba impregnado de aromas a eucaliptos, a coníferas.
Desde la represa vi cómo el río se extiende a uno y otro lado, las dos riberas, los dos países, los dos pueblos que un día decidieron trabajar juntos y lograron esta maravilla de ingeniería hidráulica. Cuanto más –se me ocurrió pensar- podrían lograr si emprendieran juntos, en vez de pelear, proyectos comunes, que sirvan a todos, más allá de los vecinos. El gasoducto es un caso, pero hay mucho, mucho más para hacer juntos, en común. La actividad turística es muy importante, puede se más efectiva aún, por ejemplo.
La ciudad de salto surgió entre las colinas, agradable, tranquila, mansa. Como conozco la ciudad, simplemente me dirigí a la casa de mis anfitriones salteños: Julio y Rosario.
Era una tarde calurosa, muy calurosa. Mis anfitriones habían organizado un asado junto a sus amigos y estaba yo invitado. La sed se calmaría con cerveza, como debe ser. Y quise de algún modo compartir algo con los comensales. Traía harina de maíz para preparar una sopa paraguaya, así que cuando trajimos las cervezas también conseguimos cebollas y queso, además de leche. Quise convidarlos con una comida típica paraguaya que se consume en su zona de influencia. Es una torta salada cuyo principal ingrediente es la harina de maíz, a lo que se le agrega cebolla, queso, leche, sal y aceite. Una especie de fainá –dirían los comensales esa noche, en Daymán, ciudad de Salto.
Durante la cena algunos probaron de primera, otros sugirieron que habrñia que agregarle pimienta y otros condimentos. Todos, sin embargo, esa noche disfrutamos de una agradable cena, asado con ensalada, chorizos… La comida fue la excusa ideal para reunirse y compartir. Una sana costumbre. Pensando sobre eso, esa noche, antes de dormir, me dije a mí mismo, que era la frutilla de la torta en la aventura que había empezado el 2 de enero de 2009. Eran unas verdaderas vacaciones, con reuniones de amigos, paseo por lugares maravillosos dentro del Uruguay y de Argentina, descanso del ruido habitual y de la rutina diaria.
Se terminaba otra etapa del viaje. La noche estaba cubierta por una gruesa capa de nubes, pero las esperadas lluvias se seguían haciendo esperar. Era el comentario de la jornada. Entre chorizos y asados, se discutió sobre el tema, pues esta gente recorre los campos y comentó que veían animales muertos por doquier, que la gente debía perforar más profundo para hallar el vital elemento. Contaron de las aguadas secas, de la tristeza en los campos, de la gente que esperaba lluvias en la primera quincena de enero. Al día siguiente, recorrería mis últimos 500 kilómetros de viaje. Estaba agotado, pero muy feliz.
A las 7:45 de la mañana volvió a sonar el despertador del celular. La línea argentina se interrumpiría en instantes más y sólo quedaría la línea uruguaya. Una despedida más. Empezaba la última jornada de regreso. El aire estaba templado a esa hora de la mañana, los colores que no pude ver la noche que llegué a Salto -en el viaje de ida a la ciudad de la Vuelta Fermosa- ahora sí. Pude disfrutar de todo lo que la oscuridad de la noche impidió. Tanta maravilla de colores que me propuse volver y recorrer con calma cada sitio, cada lugar en las costas orientales del Uruguay a la altura de Salto a Paysandú. Un viaje imperdible, inevitable, seguramente muy conocido por muchos. Quise conocer la meseta de Artigas, pero distaba a unos 15 kilómetros de la ruta, y era un camino de balastro. Pensé que me demoraría y no fui. Fue, desde ese instante, algo pendiente por conocer. También la Gruta del Palacio en cercanías de Trinidad.
El Uruguay, siempre lo digo a los amigos y conocidos, tiene tanto para ver y disfrutar en tan pocos kilómetros, es un país con tanto para ver dentro de cortas distancias. Tan es así que hay un hombre, que lo recorre a pie, lleva en una carretilla todos los elementos indispensables y empuja, cada día algunos kilómetros más, su carretilla. Muchos son los que lo han visto, lo han ayudado o le han acercado algo para comer. Muchos comentan a una emisora de alcance nacional sobre su paradero cuando lo ven, en alguna de las rutas uruguayas.
Cuando pasé por Andresito, mucha gente esperaba al Pepe Guerra en su última presentación como solista, ante la posible reunión con Braulio López, tras muchos años de no actuar juntos.
V
La Vuelta Fermosa

La ciudad atardecía lentamente, el calor no se apagó sino hasta la media noche. Del equipo de sonido brotaban las notas de viejos blues de Ray Charles. Raro… pues tanta gente pasa el día escuchando chamamé o cumbias en estas zonas. Pero en la casa de mis padres, vive también mi hermana que gusta escuchar y tocar blues y rock. Y tiene, además su banda, con quien interpreta lo que llaman “puro rock formoseño”. Su grupo se llama Deeperblack y suena en radios locales, según me contó. Parece que hace un tiempo los jóvenes formoseños tienen una importante movida. Y en You Tube cuelgan videos que van experimentado… Pude ver videos de chicos que hacen fusiones de folklore y rock, chamamé instrumental, coplas y rock, y un largo etc.
La tranquila vida de la Villa fue rotando a lento, pero continuo movimiento de ciudad fronteriza. Las FM pululan hoy en día. Hay sistemas de televisión por cable y satelital, estos inundan con nuevas propuestas y eso estimula el crecimiento, además las propuestas jóvenes son, cada vez mejor recibidas por programas realizados en al misma ciudad.
Los jóvenes que viajaron a otras ciudades o provincias, se enriquecieron viendo otras posibilidades y al volver intentan darle un giro al modo de vida local. Muchos lo hacen, algunos inciden más que otros; pero la ciudad crece en habitantes, con personas que vienen de todos lados y eso también ayuda ampliar los gustos. Los que vienen traen sus costumbres, sus modos de hacer y eso también incide, es una ida y vuelta permanente.
Más allá de los lineamientos políticos, la ciudad –cualquier ciudad- crece por efecto de distintas variables. No todo es explicable por políticas del gobierno de turno, por el modus operandi de sus ejecutivos, aunque tienen su peso. Y toda vez que se promueve el intercambio, la apertura, la convivencia con otras formas de pensar extra-regionales conlleva, seguramente, a una mayor amplitud de criterios, de visiones del mundo que, permiten el desarrollo.
Así se ve la ciudad en dos ruedas… Algunas cosas parecen cambiar, pero no todas. Lo que pasa que muchas veces los cambios son lentos. Hay sectores de la ciuda donde parece que el tiempo se detuvo, no pasó, salvo algunas calles pavimentadas más. En otras zonas, justamente, las calles pavimentadas permitieron un desarrollo económico de porciones de barrios. Algunas veces es el paso deuna línea de transporte colectivo urbano lo que facilita eso, pues dicha calle es más vista por más gente, elo lleva al establecimiento de más comercios sobre dichas calles. Así es posible ver supermercados, talleres de bicicletas y motos, carnicerías, panaderías y otras cosas donde antes nada había.
Girando por las avenidas se ve por ejemplo un enorme hospital que lo llaman, Hospital de Alta Complejidad, un nuevo estadio cerrado, usado para eventos varios. Atrás quedan también el estadio de fútbol y las plazas temáticas por donde mucha gente transita en horas de la tarde, cuando el sol cae, cuando el aire se pone menos caluroso. Algunas personas salen a trotar y otras, simplemente toman un helado o el clásico tereré para lo cual no parece haber hora de finalización, pues aún muy tarde en la noche se ve a algunas personas tomar el tereré.
En dos ruedas puede verse también, por un lado y otro, a jóvenes reunidos, tomando cerveza o algún refresco, en la zona de la costanera. Esta zona es la preferida por muchos que tiene vehículos, tanto a la hora de la tardecita como de noche, pues es la parte de la ciudad más fresca. Puede verse una interminable fila de autos circulando unos detrás de otros, motos de distintas cilindradas, gente de a pie, todos muy distendidos.
Algunas personas suben al mirador de la ciudad y desde allí aprovechan para ver la ciudad con la caída del sol. Es un antiguo silo convertido en mirador. El aire fresco sube desde el río y gira en la misma Vuelta Fermosa. El paisaje adquiere, desde el sitio, una dimensión diferente. El alma se llena de gozo, pues las aguas, aparentemente mansas, bajan por el río Paraguay, se ven barcazas, movidas por algún remolcador, lanchas transportando personas entre la ciudad de Formosa y la ciudad de Alberdi, pueblo del Paraguay que está justo en frente.
Del otro lado del río se ve la ciudad de Alberdi, cuyas costas, según la época alberga barrancos o costas arenosas, pero también según la zona de la costa. Después de dar la vuelta el río, generalmente se forma una zona de playa, que en ocasiones ha sido muy visitada por los formoseños cuando se han quedado sin playa. Insólita situación al vivir sobre este gran río y con las altas temperaturas reinantes en el verano, que llegan a 45 o 49 grados centígrados. En las costas se alternan barrancos y playas, pero regularmente están tapizadas por camalotes. Lo cierto es que las subidas y bajadas del río inciden en la vida de los habitantes, de un modo u otro. Por ello, la construcción de costaneras es tan importante para la vida de la ciudad de la Vuelta Fermosa, fundada con el nombre de Villa de la Vuelta Fermosa, por el comandante Fontana en 1879.
En la ciudad de Alberdi dieron también importancia a la construcción de una costanera, sostenida por tejidos y piedras, porque año tras año, la corriente se lleva porciones importante de tierra, que en general es bastante arenosa. Y en general, estas construcciones son elementos para dar cuenta de que, estas ciudades fronterizas, están creciendo, nótese o no.
En 2 o 3 giros de ruedas se puede apreciar la importancia que tienen la enorme cantidad de árboles de mangos para los habitantes, pues se ven por doquier personas sentadas bajo su sombra. Aunque algunos no recogen la fruta, otros sí lo hacen y es un producto comestible y al alcance de la mano. También hay abundancia de citrus diseminados por las veredas y dentro de las casas. Todas, eso sí, con el tinte particular que le da el polvo a toda la ciudad. El viento norte es quien impone su fuerza, su ritmo a la región. Pues en ocasiones la temperatura llega a los 50 grados centígrados y la sensación alcanza los 56. ¿Quién puede andar tan campante en medio de ese horno en que se convierte la ciudad? Y eso parece peor cuando sopla el viento norte. Todo se llena de tierra, del gris polvo que llega a los más recónditos lugares de las casas, donde no hay franela que limpie, o aspiradora que lo saque de una. Aunque se me ocurre pensar que es el mejor lugar para vender aspiradoras y aparatos de aire acondicionado.
La ciudad crece, a su ritmo, pero crece. En parte muy vertiginosamente, pero las obras de saneamiento no van al mismo ritmo y ello provoca, tras la caída de pequeños tormentas de lluvia de pocos milímetros, el estancamiento provisorio de las aguas en las calles. Además, hay problemas con el agua corriente, que lleva a un lucrativo negocio con la venta de agua en cisternas de 3000 o 5000 litros o en bidones de 10 litros.
Tal vez, por estas temperaturas elevadas, algunos viajeros consideran a la zona como un pequeño infierno, pero todo es cuestión de costumbre. Lo cierto es que la ciudad en las noches, iluminadas por sus luces anaranjadas, simula bien un rojo infierno, que parece arder, desde la distancia. Contra todo mal protegen la ciudad de un lado la santa cruz y del otro la imagen de la Virgen Del Carmen, protectora de la ciudad. Son dos íconos, dos presencias que enmarcan la ciudad, denotan una forma de pensar y ver el mundo de los formoseños.
Tras nueve días y noches pude disfrutar las calles y barrios de la ciudad, vi gente que conozco desde mi infancia. A algunos pase a saludar y a otros no quise importunar, pues con el paso del tiempo se impone una suerte de vacío, o quizás no, pero no sierre quise averiguar. Sin embargo, noté que algunas miradas se encendían, como diciendo, a éste lo conozco. El tema era ver si valía la pena interactuar después de tanto tiempo. Y me pasó algo curioso. En una salida en ómnibus local vi a una persona, pero me pareció demasiado joven… comparado conmigo. Creí a primera vista que era un antiguo compañero de la escuela secundaria, tan es así que le pregunté si era él, a lo que el poco sorprendido joven me respondió que no, era un hermano menor y que mucha gente lo confundía, que estaba acostumbrado. Le agradecí la respuesta y le envié saludos a mi ex compañero.
Lo cierto es que el pasado se coló por doquier en mis idas y venidas por la ciudad, recuerdos varios y me pregunté sobre el presente, el pasado y decidí que el pasado debía quedar en el pasado, y que de él quedaba el calor, el viento y la tierra compartida por las distintas etnias que conviven, aún hoy en estas tierras. Guaraníes, tobas, matacos, españoles, italianos, polacos y criollos en cualquiera de sus manifestaciones. Se ve la cruza de etnias en los cabellos lacios, la tez oscura, los ojos negros o claros, el hablar cansino, las costumbres tan arraigadas. Volvía a mi mente al pensar en esta gente el problema de la distribución de la tierra, de la vivienda, del trabajo, del empleo público o privado, del tema del desempleo y las distintas formas de pensiones. Las largas colas de personas a la hora de la siesta esperando la distribución de alimentos como forma de pago de dichas partidas del estado. Y también pensé en las expresiones verbales despreciativas más usadas como: “sos un indio”, “ese tiene aspecto aindiado”, y un largo etc. que en nada ayudan a una mayor integración, de las personas. Pero todo esto es parte de la visión totalizante de eso que llamamos “lo formoseño”. Hay distintos aspectos, pero no este el lugar para tratarlos, pero sí para crear un punto de inflexión y detenerse. Pensar para seguir. Pensar para construir.

El calor también tiene su lado agradable. Pues con la excusa de apaciguar el fuego las personas se reúnen a tomar cerveza. Y ello es más gratificante cuando quienes se reúnen son familia o amigos. Y eso es fácil de comprobar. Sin embargo, puede verse muchas veces a extraños que comparten una botella de cerveza mientras uno de ellos trabaja en la reparación de una rueda o en otra cosa, cliente y trabajador comparten para apaciguar el calor y surge una conversación animosa. Por mi parte pude compartir con amigos y familiares, al caer el sol, en casa de mis padres o a orillas del río, de varias reuniones. Congregados para compartir anécdotas del pasado o del presente, sueños y proyectos para el futuro inmediato. Enero es tiempote ese tipo de planteos.
Entre quienes volví a ver estuvo Eduardo y su esposa con quienes compartí la alegría de recibir a un nuevo miembro en la familia. Entre empanadas y cerveza compartimos trozos de vida. La niñez vino de la mano de una antigua amiga de mi madre, y con ella, recuerdos de la escuela y los recreos. El viaje a la Vuelta Fermosa era un viaje en el espacio, pero también en el tiempo. Siempre es un poco así, creo.

A orillas del río, en lo que era un antiguo galpón, construyeron un conjunto de restaurantes y bares que permite a los transeúntes de la costanera, disfrutar de un trago con vista al río. Allí, me di cita con un antiguo compañero de vida, un primo. Entretejimos historias, anécdotas, visiones de nuestras vidas y sueños. Fue una suerte de comunión, de pax, de reconstrucción de vidas a partir del relato. Pero fue también el punto de inflexión, para la toma de conciencia del aquí y ahora.
Anduve las siestas y las tardes en el bi-rodado buscando huellas, sombras, raíces y los pedazos de historias para poblar las páginas en blanco de un futuro texto o hipertexto.
Así, mientras descansé, también fui preparando el regreso. El combustible y el cambio de aceite se hizo necesario. No vendían, en ese enero de 2009, en todas las estaciones de servicio, combustible a quienes querían comprar provistos de un bidón.
Estaba feliz pues estaba cumpliendo mis metas, y quizás hasta un poco más. Pero, de apoco, le fui dando forma al viaje de regreso. Mientras tanto compartí con mis padres y hermana, los sabores de la cocina materna, los buqué de vinos de la tierra patria, los gustos de las comidas tradicionales como la sopa paraguaya, el chipá, el chipá guazú, la mandioca simplemente hervida, la empanada de surubí y la de cola de yacaré, probada a orillas del río en uno de los restaurantes de la costanera. No faltó el dulce de mamón ni la champagna compartida con la tía “diabética” –Pety. (Lo que no sabía era que, esa, era una de las últimas veces que podría compartir con ella aquellas experiencias.) lo cierto es que toda excusa era buena para poder saborear cervezas de distintas marcas.
Finalmente llegué al noveno día de estadía. Era la última noche. Era tiempo de despedirse, de intercambios de regalos, de buenos deseos, de retomar cada uno su camino. Fin y principio de nuevas experiencias, caminos entre líneas paralelas.
IV

Tercer día de viaje


A las 7:45 sonó el despertador del celular. A las 7:50 volvió a sonar. Había que levantarse. No reconocí el lugar que veía ante mí, era extraño. Lo que tocaba no eran cosas que debían estar sobre una cama. Un casco, una mochila… ¿qué hacían allí? Me puse de pie y bajo la puerta asomaba un poco de luz. Me dirigí hacia allí y encendí la luz del cuarto. Las cosas volvían a tener sentido. La mochila y el casco estaban sobre la cama, así también el pantalón, la camisa que había dejado la noche antes de acostarme. La silla estaba ocupada por la alforja. Nada estaba sobre el suelo. Estaba todo ordenado y dispuesto para que la partida fuera rápida. Bastaba guardar un par de cosas y salir.
A las 8 horas, alguien golpeó la puerta, un par de veces. La voz era de la joven que atiende el lugar durante el día. Ella dijo: “Son las 8 de la mañana, buen día”. Simplemente contesté con un “gracias”. Mi voz aún sonaba adormecida. En tanto la voz de la joven sonó clara, llena de vitalidad. Estaba bien despierta.
Me dirigí a la entrada y acerqué la alforja y la mochila, las cuerdas y los pulpos que usé para atar las cosas a Black Horse durante el viaje. Acomodé las cosas y lentamente salí hacia el acceso que había recorrido la tarde anterior. Desconocía los otros accesos desde otras rutas.
Avancé hacia el punto donde estaba la Virgen, hacia el gran arco de entrada que había visto el día anterior. Consulté el mapa y sabía que debía tomar a la derecha. Había llegado por la izquierda. La imagen de la Virgen miraba al sol que salía por el este, lentamente. Miré en dirección al sol y a la ciudad de Mercedes y me despedí de ella. Unos jóvenes trotaban más allá del acceso, llegaban a la intersección con la ruta 123, o sea, recorrían unos 4 kilómetros más de los que había desde el centro de la ciudad a la virgen que eran unos 3 kilómetros.
Llegué a la intersección de las rutas y volví a consultar el mapa. Revisé, cuidadosamente, las cuerdas y comí unas galletitas dulces. Eran mi desayuno sólido esa mañana. Debía tomar a la izquierda en esa intersección.
El aire estaba fresco a esa hora. Era agradable el comienzo de jornada. Había que aprovechar todo lo posible la mañana. Cuando más al norte me dirigiera, sabía que sería más y más caluroso. A poca distancia de haber dejado la intersección de rutas vi un conjunto de casillas improvisadas, hechas de madera y cartón -negras por el alquitrán. Eran improvisados puestos de venta de productos artesanales y recuerdos del gauchito Gil. Era esa la entrada al lugar de veneración al popular santo. Había mucha gente en esos puestos de venta. Algunas personas que cruzaban por la ruta se detenían e ingresaban a comprar. Minutos después retomaban su camino. Era temprano todavía, la mañana se estaba acomodando, las personas tomaban su desayuno.
Me plantee si debía recorrer el lugar en esta oportunidad o dejarlo para el viaje de regreso. Quería hacerlo, me resultaba más que interesante conocer las historias de las personas sobre su devoción al gaucho, sobre la costumbre de peregrinar en estas fechas hasta aquí. Muchos prometeros hacen largas caminatas o recorren mucha distancia para legar. Vienen en busca de milagros, realizan pedidos y sacrificios en post de ellos. Esa congregación de personas permite que se realice una verdadera fiesta popular. Banderines extendidos de un lado al otro de la ruta, transversalmente, dan la clara impresión de que se realiza una fiesta. Pensé en el calor, y en que tendría que pasar por allí al regreso, entonces, opté por recorrer el lugar durante la vuelta. No fue fácil la decisión, quería material sobre lo ocurre allí en esa época del año. Lo obtendría después, por medio de la lectura de notas periodísticas de medios locales y por lo leído en Internet, por ejemplo en la página: http://www.pluscom.com.ar/index.php/cultura-subbellavista-83/7389-pasion-y-muerte-de-gauchito-gil-llega-al-teatro-de-mar-del-plata.
Continué la marcha hacia la próxima estación de servicio, hacia le próximo pueblo. Pero cuando llegué a la entrada me pareció que aún había recorrido pocos kilómetros. En el mapa figuraba un pueblo a 30 kilómetros hacia delante. Proseguí tranquilo. El camino estaba en reparación. A los lados se veía el verde pasto, cada vez más verde, más oscuro. Los esteros a los costados de la ruta eran evidentes. Más adelante encontré un curso de agua y un puente sobre él. Al sur del mismo, sobre una de las márgenes, aguas abajo, al este de la corriente, un grupo de carpas rodeaban una construcción de ladrillos. Seguramente es una suerte de parador, de cantina. Un camino llevaba hasta el lugar desde la ruta, en una suave pendiente. Unas lanchas con motor fuera de borda estaban allí amarradas. Un cartel más adelante indica que se trata del río Corriente.
Tomé un pequeño descanso y registré unas imágenes del lugar, desde el mismo puente. Minutos después, continué la marcha. El paisaje tenía un tinte mucho más esperanzador. Verdes oscuros se alternaban con verdes claros de plantaciones, marrones claros de aves pequeñas, algunas blancas garzas y otras más abundantes picudas aves de los esterales. Los pájaros más pequeños eran de un color muy vistoso, extraordinaria vista me pareció en ese momento. Era un regalo de la vida, tanta belleza, tanta abundancia después de los territorios muy secos que había visto kilómetros atrás. Me sentía muy feliz, este paisaje era como la otra cara de la moneda. Al sur, allá atrás, quedaban los ralos campos, las rocas aflorando y los arbustos espinosos. En esta zona la vida se presentaba en una fiesta de la abundancia, de la variedad. Igualmente los árboles se veían conformando islas en medio del campo inmenso.
Cerca de la pavimentada ruta, pocos árboles se dejan, pero donde hay alguno, seguramente, encontraremos una cruz, unas cintas rojas o ambas cosas y es porque allí se recuerda al gauchito Gil. También puede ser el lugar donde falleció alguna persona. Pero el árbol justo allí está. Y surge, entonces, me pregunté, porque la naturaleza así lo quiso o fue plantado por los visitantes del lugar, quizás familiares de un fallecido o devotos de Gil. Esto parece la opción más creíble, acertada. Pues es claro que quien deba acudir a estos lugares debe protegerse de las inclemencias climáticas, temperaturas de 45 o más grados en enero. Entonces, qué mejor que plantar un árbol, que seguramente brindará sombra con los años a esa familia o a otro viajero, pues no hay otro árbol en muchos kilómetros sobre la ruta.
A esa altura comencé a ver autos detenidos a la vera del camino. Seguramente, pensé, el calor surtía efecto sobre los radiadores. Pero otros, sin problemas a la vista, parecen querer estira las piernas, caminar, pues estar sentados tantas horas durante un viaje en auto cansa, tanto igual en una moto, lo estaba comprobando en mi propia experiencia. Por ello cada tantos kilómetros paraba a caminar o recrear la vista. Sólo esperaba que mi moto no tuviese algún desperfecto, porque no se veía a nadie en kilómetros. Pasaban y pasaban minutos y nadie me pasaba en mi recorrido.
Al cabo de un buen rato llegue a la entrada de un pueblo que no figuraba en mi mapa. No quise entrar al poblado, pero sí me quedé en la estación de servicio que estaba en la entrada. En realidad, apenas si cumplía con la idea de local de venta de combustible. Todo es muy precario. La entrada al sitio está arreglada con piedras sueltas. Era claro que un tractor había provocado una gran huella, la cual era necesario evitar para llegar a la “estación”.
Black Horse estaba en buenas condiciones. Una mujer, de túnica blanca, una médico pues así se identificó, se aproximó a donde yo estaba. Señaló la chapa de la moto y preguntó: ¿De allí venís…?
-Sí de allí –respondí. Pero hoy salí de Mercedes. Hace un par de días salí de ese lugar (Montevideo) que figura en la chapa.
-Tengo una Gilera de igual cilindrada; pero la uso para andar en la ciudad. No creía que puede hacer tantos kilómetros.
-Pues yo pregunté a mi mecánico y él me estimuló a usarla sin temor. Anda y anda, me dijo.
-Te felicito. Debe ser una linda experiencia.
-Lo es. El paisaje está ahí. Es posible tocar cada cosa. En realidad sentís todo el viento, los aromas, las fragancias y claro… los zorrinos. Pero, cuando quieres ver algo, paras y los disfrutas, sólo basta detenerte y ya. Es una gran ventaja, que al viajar en ómnibus no podés. No es posible.
-Bueno… debo irme. Me alegro que disfrutes, adiós.
-adiós… y si puedes, anímate a hacer algunos kilómetros también…
Un auto se había detenido, minutos antes del inicio de la conversación. Paró bajo el techo de la estación de servicio, a cargar combustible. Dentro del Ford Falcon azul, venían 3 personas. Una de ellas vestía con típicos atuendos de gaucho, la mujer con vestido de paisana, de china –como se le dice. Los pañuelos, atados al cuello, rojos, como las cintas que usaban en las muñecas, eran claras indicaciones –al menos para mí- de que venían de la zona de veneración al gauchito Gil. Me acerqué, entonces, y con aire de reportero, les pregunté si venían de allí. Ellos contestaron que sí. Luego mantuvieron un breve diálogo conmigo que reproduzco aquí abajo.
-Buen día. Disculpe la molestia –empecé a balbucear.
-Buenas –contestó la mujer. El hombre se tocó el sombrero en señal de saludo.
-Vienen del gauchito…
-Pues… sí.
Disculpe, pero los vi con esos atuendos, que si bien son típicos de la zona, me llamaron la atención por los colores. ¿Vino a agradecerle? Le pregunté al hombre.
-¡Y sí! Como todos los años.
-Ah, viene todos los años. ¿Si le es posible me puede decir qué le pide al gauchito?
-Y bueno… salud. En fin…
-¿Quién era el gauchito Gil?
-Bueno, dicen que un gaucho bueno, milagrero. Ayudaba a la gente pobre. Algunos dicen que le sacaba a algunos ricos y le daba a los pobres.
-O ayudaba a la gente con problemas –agregó la mujer.
-¿Y saben por qué la relación con San La Muerte?
Tomó la palabra el gaucho y comentó: “Lo que dice la leyenda es que a Curuzú Gil no lo podían matar porque era devoto de San La Muerte. Tenía incrustado, bajo la piel, una imagen de metal del santo. Por eso, cuando lo degollaron, su corazón seguía latiendo, aún después de desangrarse. Pero… eso es la leyenda ¡Quién sabe!...”
-Interesante. Algo escuché, pues pregunté a otra gente más atrás. Estuve ayer en un lugar donde veneran la imagen de San La Muerte, al sur de Mercedes.
-Sí, lo conocemos. Pero nosotros venimos a visitar a Curuzú Gil.
-Gracias, han sido muy amables.
-De nada… buena suerte.
El hombre que manejaba el automóvil, que era la tercera persona que viajaba en el Ford encendió el motor y lentamente subieron a la ruta y tomaron en la misma dirección que minutos después tomé yo montado en Black Horse.
Tras seguirlos con la mirada unos minutos me puse a ajustar las cuerdas con que ataba mi equipaje, pero primero cargué combustible, comí unas galletitas y tomé una gaseosa, que era mi desayuno de ese día. Vestía pantalones de jean, campera de nylon negra y zapatillas, muy distinto a como vestían los gauchos que iban en el Ford azul. Tomé entonces la ruta hacia el oeste, para poder llegar a la ruta 12. Me separaban 18 kilómetros de esa intersección a la cual me dirigía.
La mañana aún estaba tranquila. No había demasiado tránsito ese domingo 4 de enero de 2009. Mi Black Horse caminó tranquilo a una velocidad entre los 60 y 70 kilómetros en la hora, promedialmente. Pero las condiciones del viento y la superficie de la ruta pavimentada eran óptimas, por lo que consideré aumentar la velocidad a 80 kilómetros por hora. Los autos cruzaban, quizás a 100 kilómetros la hora a juzgar por el tiempo que les tomaba superar a Black Horse.
Los vidrios traseros de los autos exhibían un cartel con un número, el cual es 110 para los autos y 90 para los camiones. Son los kilómetros a que debe ir cómo máximo, cada uno. Lo cual parece una buena medida que casi todos parecen respetar. Pero siempre existe la excepción que confirma la regla. Sí, en un abrir y cerrar de ojos fui superado por un joven que conducía una motocicleta a una velocidad importante, muy veloz. Me superó en segundos y se alejó muy rápidamente. El conductor iba acostado sobre su moto, para lograr un mayor carácter… aerodinámico. Era increíble…no tanto por lo veloz, que lo era, sino por la falta de cuidado de la propia vida, en esos lugares donde no se ve un alma en kilómetros.
Como conductor de Black Horse era consciente que el birodado llegaba a un máximo de 100 kilómetros la hora sin carga adicional. Pero más allá de eso, en ruta, en zonas donde a veces hay material suelto, una imprudencia de esas puede costarle a uno la vida. Ya que la velocidad para maniobrar se reduce, incluso la visión se achica.
El paisaje a los lados de la ruta era de un verde oscuro en buena parte, luego viraba a verde claro. Había zonas donde era posible ver abundante cantidad de animales pastando. Además, cada vez se veían más y más palmeras.
De la intersección con la ruta 12 tenía unos 30 kilómetros más hasta la próxima población, llamada San Roque. Fueron momentos agradables, tranquilos los que vivé en ese recorrido. Sin sobresaltos. Era el último día del viaje de ida. Y era temprano aún. El calor, poco a poco, iba aumentando. La ruta se veía clara, sin mares o lagos como cuando hace mucho calor y la misma parece un espejo.
Cuando estaba llegando a San Roque, la esperanza de llegar se ampliaba por la vista de grandes antenas, visibles desde lejos. Era como estar llegando… y no llegar. Al estar cerca de la entrada, a cientos de metros nada más, vi venir a un grupo de gauchos montados a caballo. Eran 4 jinetes que llevaban 8 caballos. Estaban ataviados con vestimenta típicamente gaucha, con facones a la cintura, sombreros, espuelas y botas. Claramente los caballos extras eran para el relevo, iban estos sin montura. Llevaban dos banderas, una era la bandera Argentina y otra era roja, que tenía una inscripción que hacía referencia al Gauchito Gil. Iban peregrinando hacia el lugar de veneración.
En el poblado de Chavarría había visto otros gauchos, pero que viajaban en un automóvil Ford. En tanto, estos, emprendían su viaje a caballo. Quise capturar una imagen de esas personas, por ende, paré el motor, saqué la máquina y ellos gustosos pasaron lento para el registro. Fue muy agradable y se los agradecí. A e4sa altura de la ruta el pasto estaba muy cortado, el cielo estaba bien despejado, la visibilidad seguía siendo muy buena.
Finalmente llegué a San Roque. Buscaba una estación de servicio y necesitaba descansar, tanto yo como el motor de Black Horse. Supuse que en el pueblo habría una estación de servicio. Ingresé y vi casas muy antiguas, elevadas como un metro sobre el nivel de la calle, por lo tanto, acceder a ellas era posible por medio de escaleras y rampas. Había gente en las puertas, tanto jóvenes como adultos. Era domingo y el ambiente estaba tranquilo, probablemente el mismo calor no invitaba a tener demasiada actividad. Así andando lentamente llegué a una plaza. Vi un templo en medio de la misma. Detuve el motor y baje provisto de mi cámara. Me dirigí al frente de la edificación. Era una buena excusa para descansar. Desconocía la sorpresa que me deparaba el sitio.

En el aire de la plaza había algo… Se escuchaba música, gente que cantaba y oraba. Era claro que lo que se oía era una misa. La construcción en medio de la plaza, era un templo católico. Pero… no había gente allí. Con la cámara en mano me dirigí al interior de la construcción. Un hombre conversaba con una mujer a un costado del acceso principal.
La construcción no era una iglesia, lo había sido sí; pero en este momento no había bancos allí. Tras cruzar el umbral se veían cosas antiguas, artefactos viejos, libros, armas y muchos otros objetos que estaban cuidadosamente colocados en vitrinas o acomodadas en soportes para ser observados. Pero allí, desde la misma entrada, en el suelo, entre las piedras que tapizaban el piso, había mármoles con inscripciones… Eran, ni más ni menos que tumbas. Sí, tumbas en el piso del antiguo templo.
En la parte opuesta a la entrada se conservaban los elementos propios de un altar, con la disposición de las cosas conforme se usaba antiguamente; esto es, del modo que se usaba cuando el celebrante oficiaba de espaldas a los feligreses.
A los lados del único salón que conformaba el templo, había dos enormes puertas laterales de madera noble, permitían el acceso a galerías laterales que comunicaban con el resto de la construcción como a la entrada del campanario y al resto de la plaza.
El hombre que estaba conversando en la entrada se acercó y viendo mi interés por las cosas, puesto que yo estaba tomando fotografías, me preguntó si había visto la puerta. Y respondí que sí. Y agregué: “Son altas, enormes en verdad…” El hombre que vestía de modo sencillo, de camisa liviana y mangas cortas, era el encargado del museo. Me miró y con una sonrisa me señaló, otra puerta. Una que había a un costado. Admití que no había reparado en ella. Entonces, amablemente, el encargado me relató lo sucedido al gaucho Aparicio Altamirano. Es decir, me comentó una de las versiones, que dicen “la más creíble”, y de la que, esta puerta es el artefacto manifiesto, el signo del hecho que me relató. El punto de colisión de algunas de las balas que mataron a Altamirano. Y por ello es que se exhibe. Dicha puerta era –cuenta mi interlocutor, según el relato popular más creíble- de la casa del compadre Velardo, ubicada en el Paraje Lomas Sur. Tal parece que estando enfermo Altamirano se refugió en casa de su amigo y fue encontrado allí por el rastreador Mayo Mesa, quien cruzó fuego con el gaucho. Si bien escuché atentamente lo expresado por mi interlocutor no tomé nota, por lo que, lo que estoy refiriendo es producto del recuerdo de lo conversado. Sin embargo, será fácil comprobar el relato buscando en Internet o en bibliografía especializada. Sugiero por ejemplo, la siguiente página: http://www.pluscom.com.ar/index.php/cultura-subbellavista-83/8131-aparicio-altamirano-10-abril-1933-2010-la-leyenda-el-mito-continua
Fue interesante que buscando una estación de servicio hallé un manojo de historias, objetos y signos de otros tiempos. Entre las cosa del museo moe llamó la atención una gigante olla de hierro. Sí, es enorme. Era una olla –me explicó el encargado del museo- del regimiento paraguayo que peleó en la zona contra el ejército de Corrientes. El gobierno que habitualmente residía en la capital, debió trasladarse al sur, a San Roque, por el avance paraguayo. En esa zona, entonces, se libró una importante batalla. Y los sepultados en el templo son los héroes, militares y civiles, que defendieron el lugar. El relator comentó cómo aquellos gauchos de la zona, eran a veces, protegidos por los caudillos políticos, de uno u otro bando, pero cuando no era así, estaban a su merced, aunque, como en tantos casos, fueron protegidos por la gente común.
El descanso se extendió casi una hora. El relato fue por demás entretenido. Tras tomar un par de fotos de la puerta y con la colaboración del empleado, logré una mayor luminosidad y ubicación del cartel que daba cuenta de lo que era o significaba esa puerta. Después volví al camino, es decir rehice lo hecho hasta allí.
A una cuadra al norte de la entrada, había una estación de servicio. Allí quedé unos 15 minutos, cargué combustible y seguí la marcha. El descanso ya lo había tomado en el antiguo templo, hoy museo, en San Roque.
El próximo sitio distaba a unos 35 kilómetros al norte. Era el punto donde se cruzan la ruta 12 con la 27. Una estación de servicio con un parador muy bien equipado recibe al viajero. Es perfecto para descansar pues cuneta con aire acondicionado, televisor, comida pronta y productos regionales. Al lado hay, además, un pequeño hotel nuevo. El aire acondicionado del parador es imprescindible para poder descansar, al menos por un rato, a mitad de la jornada.
La carretera empezaba a brillar, aparecía, poco a poco, esa imagen de lago hacia delante sobre el camino. El calor se comenzó a sentir. Si bien tenía conmigo el equipo de tereré pronto para usar, no quise hacerlo, pues preferí beber lo suficiente y necesario. La idea era no deshidratarse, pero tampoco precisar detenerme más de lo necesario…
El sol brillaba con intensidad, ninguna nube provocaba sombra alguna. Había que seguir y seguir. El ruido del motor parecía normal, entonces, nada de qué preocuparse había.
A marcha constante, a una velocidad de entre 65 y 70 kilómetros en la hora llegué al cruce de rutas. Para el próximo destino faltaban unos 37 kilómetros. Sabiendo esto, los mapas indicaban que a 57 kilómetros estaba la ciudad de Corrientes y a 200 más de allí estaba el destino final: Formosa. A 9 kilómetros estaba el poblado de Saladas, un lugar al que no necesitaba llegar, pues me alejaba de la ruta.
Como en otras estaciones de servicio, no en todas, había aire acondicionado. Los baños estaba en muy buenas condiciones, limpios y nuevos. Hay además cabina telefónica. El lugar -la entrada- está adornada con unas palmeras y pasto muy cuidado y un sistema de sombras producidas por un conjunto de mallas de plástico.
En la estación se repiten escenas… Autos y camiones, con gente que ríe y de aspecto cansado, que tras comer, refrescarse y parlotear, prosigue su camino. Lo interesante es que el verde se va volviendo, cada vez, más intenso en esta parte del camino y más variedad de aves pueden avistarse.
Era el tercer día de viaje y a pesar de haber descansado sentía el cansancio. Las piernas, los brazos, la espalda daban indicios de estar cansado.
Después de tomar líquido, comer algunas galletitas y disfrutar del aire acondicionado, retomé la marcha. En la próxima parada pensaba almorzar. Quería ver el río Paraná, su fuerza, su furia como roja sangre que corre por estas venas de América del sur.
Poco a poco, parecía que las distancias costaban más en recorrerlas. El tiempo parecía detenerse o la ansiedad aumentaba. El viaje se empezaba a volver monótono, entre tanta llanura. Pero no era así, aparecían agradables paisajes que impregnaban la retina dándole vida. Aves zancudas cada tanto alzaban vuelo. Algunos lagartos se veían en la ruta, por lo general muertos, aplastados. Sólo uno, uno sólo, pude ver vivo en mi camino. Ninguna víbora, lo cual era insólito en esta zona tan calurosa. También aparecían, cada tanto, extensiones de pasto quemado.
San Lorenzo estaba cerca, pero no me detuve allí. Proseguí hacia la ciudad de Empedrado. Quería comer pescado, ver el río Paraná.
Al fin, sobre el medio día, con la ruta quemando las ruedas, llegué hasta la entrada del pueblo. Un cartel anuncia en letras rojas sobre un fondo blanco el nombre del pueblo Empedrado, y abajo una leyenda dice: “La Perla del Paraná”. A un costado, al sur del cartel está la imagen de la Virgen de Itatí. A los lados además hay una oficina de la Dirección de Turismo de la Provincia de Corrientes que estaba cerrada a esa hora del domingo, del otro lado un mural con motivos indígenas.
Ingresé la calle principal y recorrí hasta el final, buscando un modo de bajar hasta la costa, pero no encontré forma. Pregunté a un habitante del lugar y me explicó que desde que se privatizó la zona de la costa sólo pagando se podía acceder. Seguramente había una forma de llegar pero no quise detenerme en esa búsqueda, por lo que regresé a la entrada en busca de un lugar propicio para almorzar. Había cambiado mucho el aspecto del pueblo desde la última vez que estuve allí. Desde donde se podía llegar con vehículo era posible ver el río, majestuoso, rojizo, impetuoso, en movimiento. Pero no era posible tocarlo, acercarse y sentir su agua.
Recorrí con Black Horse toda la calle principal en sentido contrario, hacia la entrada, hacia la ruta. Sobre la margen norte del camino de entrada, a escasos 50 metros hay una parrillada, que tiene un pocote sombra bajo unos arbustos. Allí estacioné a Black Horse y me dirigí a tomar el almuerzo. Permanecí allí por espacio de una hora. Miré un poco de televisión, pero no pude comer pescado porque en el lugar no servían nada a base de pescado. No había aire acondicionado, sólo un ventilador grande cuyo ruido monótono provocaba una suerte de hipnotismo o somnolencia. El calor sumado al cansancio incitaba a tomar una siesta. De hecho, algunas personas dormitaban, echadas sobre el pasto bajo la sombra de unos arbustos, cerca del bar.
Con pocas ganas, en verdad, luego de una hora de descanso, retomé el caminote ida. Avancé hasta llegar a un lugar donde había un gran árbol. Era ideal para allí para cargar combustible. Minutos después proseguí.
La siesta avanzaba cuando pasé por la ciudad de Corrientes. Muchas personas circulaban con motos de baja cilindrada. En la terminal de la ciudad mucha gente esperaba los ómnibus sentada a la sombra. En los bares cercanos algunos tomaban refrescos, haciendo tiempo, deteniendo sus actividades ala hora de la siesta. Pude ver algunos vendedores de chipa correntina ofreciendo su producto -otrora artesanal, hoy industrializado, por decirlo de algún modo- en paradas del transporte colectivo local, en cercanías de supermercados o del hospital principal de la ciudad, el Hospital Escuela.
A pocos minutos de dejar la terminal llegué a la zona de la costanera, podía ver, ahora sí, al río, al majestuoso Paraná. El puente imponente se extiende de una costa a la otra del río sobre las siete corrientes. Sobre la margen este y al norte del puente, la arbolada costanera era transitada por importante número de personas. Al sur del puente pude ver lo que fue una novedad para mí, un nuevo balneario y la construcción de una nueva avenida costanera.
Corrientes seguramente tiene otras cosas para mostrar, para ver, otros cambios, pero no quise detenerme, pues recorrer significaba tiempo, quizás no tanto, pero no era la hora de la siesta el momento ideal. Sólo las chicharras chillaban con fuerza. Parecían disfrutar quienes estaban en la playa. En el río, algunos malloneros dormitaban bajo los furiosos rayos de Ra. El puente estaba muy transitado, como un sendero de hormigas. En un sentido y en otro, cruzaban autos, camiones, motocicletas, gente en bicicletas o caminando. Mucha gente rumbo a sus merecidas vacaciones. Algunos con tablas de surf, o con canoas. El Paraná, en todo su esplendor, corría de norte a sur. Millones de litros por segundo… La vista es siempre agradable desde el puente Gral. San Martín, tanto al mira hacia la ciudad de Corrientes como al mira hacia el lado chaqueño. Hacia la provincia del Chaco se ven los bosquecillos de palmeras, arbustos y los cuantiosos arroyos llenos de camalotes o plantas de irupé que desembocan en el río. El colorido es impresionante, la abundancia de flores es riquísima. Garzas blancas y bandadas de pájaros se dan cita allí, sumándose al gentío que corre por la vía terrestre. El ganado vacuno, un tanto alejado de la ruta, pasta tranquilo. Se los ve descansar a la sombra de los arbustos y árboles. Las personas que se ven, ya más cerca de la ciudad de Resistencia, también descansa bajo las sombras de los árboles. Se ven personas en reposeras, dormitando, escuchando en la radio AM chamamé.
El cielo no tiene clemencia –dijo una mujer con quien hablé en la salida norte de Resistencia. Y agregó: “No llueve hace meses, amaga, amaga pero no llueve”. Se lamentó y rogó en guaraní.
La ruta estaba que ardía a esa hora. Le pregunté a la mujer por una estación de servicio, que sabía que estaba, no muy lejos de allí. Ella me confirmó que aún existía la misma. Con la seguridad de que encontraría una estación más adelante me coloqué el casco y continué. A 7 kilómetros más adelante encontré la estación de servicio. Estaba cansado, el tercer día pesaba. Pero sólo restaban 170 kilómetros para llegar al Vuelta Fermosa.
En la estación me niegan la venta de combustible si es que lo cargaría en un bidón. Pero era mi combustible de reserva. Les explico que para mí es fundamental contar con esa reserva, que me permite una autonomía mayor que la proporcionada por el tanque de la moto. Insisten en que tiene prohibida la venta en bidones. Pero insisto y argumento mis razones, les muestro mis mapas y la chapa de la moto, les cuento que es mi tercer día de viaje y que quiero llegar a mi ciudad natal. El empleado me reitera que esa es la orden del empleador. No me doy por vencido y pido hablar con el encargado. Pero me indica que no está. Alguien debe haber responsable –digo. ¿O es usted? Pregunto al hombre que me atendía. Mientras tanto dejé la oto a la sombra, me senté un rato. Finalmente pude hablar con el encargado, que era el hijo del dueño y expendía en la parte del kiosko de la estación.
Al cabo de media hora me vendieron el preciado combustible. En ese tiempo aproveché para tomar medio litro de agua fresca, tan necesaria. Al tiempo que compartí unas galletitas y un par de latas de atún que no usaría, con un joven que depende de la misericordia para sobrevivir. Fue cuando pensé… habiendo tanta tierra, tanto ganado, era impensable ver tanta gente con hambre por doquier. El viejo problema de la distribución, de los juegos de poder, de los dobles discursos, del te saco por el poder que emana de vos, si vos que me votaste y te doy si quiero. Discursos y más discursos y pocos hechos de ayuda concreta. Líneas paralelas. Todo el tiempo se acercan, se alejan, nunca se tocan las líneas paralelas. Los hombres y mujeres de arriba y las mujeres y hombres de abajo. Dos mundos y un mismo suelo. Duele el suelo patrio que sangra, sangra rojo como el Paraná, Bermejo, Colorado. Salta La rioja, implora San Juan, Entre Ríos, Corrientes pero no soplan Buenos Aires y todo te rogamos Santa Cruz… Tierra del Fuego te rogamos San Salvador de Jujuy, de rodillas en la Vuelta Fermosa al son de una baguala.
La tarde avanza, el sol deja su huella en forma de espejos sobre el asfalto, como mares, como ríos…
A un lado y otro del camino crecen bosques de palmeras, entre ellos montones de caraguatá puede verse, así como otros tipos de vegetación del sotobosque. También pude ver zonas muy secas, con pastizales amarillentos que se tornan verdes en derredor de arroyos y riachuelos.
Poco a poco la tarde fue avanzando. Y no vi más oasis… Tal vez sí, un arbusto proyectando su sombra sobre una porción de banquina y sobre la ruta, pero nada más. Allí detuve a Black Horse, que pareció casi, casi, detenerse solo. Se terminó el combustible y era un lugar ideal para trasvasar el elemento esencial para su funcionamiento. Usé en ese momento la reserva que traía en el bidón. Una cosa que noté fue que el paisaje me resultaba conocido, pues durante muchos años crucé por estas rutas, por la 11, cuando estudiaba en la ciudad de Corrientes. Es la realidad de muchos jóvenes estudiantes del interior del país, que para poder continuar estudios, deben emigrar. Y eso marca en sus vidas, un antes y un después. Son 5 o 6 años que se va el joven a estudiar, a vivir a otras provincia a prender nuevas costumbres y lleva las suyas consigo y traspasa esas costumbres a otros, como la de tomar tereré. Crea allí, en esa nueva tierra, sus primeras estrategias en el arte de vivir. Comienza a experimentar su independencia en distintos aspectos.
Aprovechando la sombra me senté a descansar, a recorrer mentalmente el largo camino realizado hasta el momento. Estaba satisfecho. Descubrir el paisaje –pensé- es como descubrirme a mí mismo en medio de la tarde, sentado sobre el pasto, a la sombra del único árbol en kilómetros. Sentí, en ese punto, a unos 1200 kilómetros del punto de partida que mi sueño estaba siendo realidad, una meta estaba convirtiéndose en punto de llegada real, palpable. A menos de 100 kilómetros estaba mi destino, pero cada hito, cada lugar visto o visitado fue también un hallazgo feliz.
Un trago de agua -que estaba algo caliente- tomé. Luego respiré profundamente y seguí el viaje.
Poco a poco, el sol viraba de amarillo a rojo y con él, el cielo se oscurecía, pasaba de celeste a azul oscuro. Me coloque, entonces, el chaleco fluorescente con cintas reflectivas. El calor se sentía en el aire, estaba seco, se percibía algo de humo en ciertas zonas. Iba cantando, esperando que el final de la atardecer me encontrara sentado, en familia compartiendo una cerveza, bien fría.
La última etapa del viaje iba transcurriendo tranquila y al iniciarse la noche, llegué a la zona del aeropuerto formoseño, al acceso sur de la ciudad. Las luces anaranjadas me anunciaban la proximidad de la misma. Me encontré con la inmensa cruz y su plazoleta, donde pude ver los pesebres, que cada año instalan allí. Giré en redondo sobre la rotonda para tomar el camino que llamamos circunvalación, para ir al acceso norte. Los barrios de viviendas, algunas de ladrillos vistos, pululan en derredor. Algunas viviendas están pintadas de blanco y otras tienen un color cemento claro o pálidos. Se suceden unos a otros los complejos habitacionales construidos por el gobierno nacional o provincial.
Faltaba desde esa zona, donde me detuvo un semáforo, unos 5 kilómetros para la última parada. Al fin- dije. Después de 3 días terminaba el recorrido. Eran momentos de ansiedad, de encuentro, era volver… Estaba cansado pero feliz. Feliz por cumplir con el objetivo.
Llegué al portón de entrada de la casa y vi a mis padres, estaban haciendo lo que esperaba hacer en unos minutos más… descansando cómodamente sentados en reposeras… El cuentakilómetros marcaba 17.800.
III

Segundo día

Amanecía y el sol estaba subiendo vertiginoso. La alarma del celular había sonado hacía un par de minutos. El cuerpo había descansado, los ojos estaban en forma. La mente ordenó las ideas, las prioridades y así el motociclista iniciaba la nueva jornada con una sonrisa en los labios. Había cumplido con la primera etapa y todo marchaba bien. No había inconvenientes, el sol estaba pronto para acompañarme en el segundo día.
Y si algo faltaba era tan sólo un poco de buen rock and roll. El pedregullo dio paso al asfalto y con ello el día me recibió. El agua brillaba allá abajo y las ruedas giraban como movidas por el ritmo de un heavy metal de AC DC. El gran murallón con sus turbinas escondidas permitían el paso del Black Horse, que tranquilo se movía entre los adoquines y las vías. El dios Ra brillaba y se mostraba radiante al este, mientras se reflejaba en las aguas del gran lago, aguas arriba del Salto Grande.
Empezaba otro día y se registraba, minutos antes, otra imagen en el fotograma. Tras cruzar la mitad del río llegaría a tierras argentinas. Un bosquecillo de coníferas se veía sobre la costa, desparramaba su sombra y un fuerte aroma a coníferas y eucaliptos. Atrás quedaba la ciudad de Salto, las tierras charrúas.
Aún dormía la ciudad cuando la dejé, sin desayunar aún, sin beber ni agua. Me había impuesto el desayunar en el camino, luego de iniciar la jornada, en alguna estación de servicio.
Algún gallo logró emitir un sonido, pero todo estaba tranquilo en el camino. Las pasadas fiestas de fin de año aún hacían efecto en los pobladores de la magna tierra. Era perceptible aún, la humedad, le rocío sobre el pasto,
La ciudad quedó atrás, se imponía la majestuosidad del río, la vista de las costas…
Todo parecía andar bien en el bi-rodado. Al cabo de unos minutos, una vez cruzado el murallón sobre el río rojo, llegué al control de gendarmería, de aduanas, ….Me presenté, mostré la documentación y contesté a dos preguntas realizadas por el agente, de este modo: “Voy a Formosa y en esa moto…” –dije, señalando la Yumbo C110 estacionada afuera.
-¿Y piensa llegar...? Fue otra pregunta hecha con rostro risueño.
Ya recorrí 500 kilómetros… Creo que sí. A la vuelta le cuento…
-Entonces… buen viaje.
El hombre sonreía y quizás pensaba, he visto de todo, pero la gente insiste en viajes de cualquier forma. Con esos calores ¿quién sabe qué más pensaba…?
El conductor de Black Horse, es decir yo, volví a ponerme en movimiento. Mi próxima parada estaba cerca, unos 15 Km., más o menos.
Durante el primer día de viaje paré a los 60 Km. En una estación de servicio. Luego paré en una ciudad con nombre santo: San José de Mayo. Volví a parar en otra estación, casi a otros 60 Kilómetros de la última. Finalmente, a medio día en la ciudad de Trinidad, en una reserva de animales.
Ahora, tras cruzar el Río de los Pájaros, entraba a la Mesopotamia, a la tierra entre ríos y luego pasaría a Corrientes, donde veneran a la Virgen de Itatí.
En pocos minutos llegué a la estación. Antes de mí, habían llegado dos motos tripuladas por dos brasileros que iban con sus respectivas parejas. Iban, apropiadamente, equipados para dicha travesía, desde la indumentaria que permitía el fácil deslizamiento del viento hasta la disposición del equipaje. Que marchaba en un par de valijas apostadas a los lados de las motos y detrás, de modo que esta últimas hacía de respaldo de las acompañantes. Esas parejas de brasileros iban en dirección contraria a la mía. Estaban recorriendo la Mesopotamia de Norte a Sur. Ellos río abajo y yo río arriba. Compartimos una breve charla y una sonrisa afable. Nos reconocimos como una suerte de colegas, de personas con una misma pasión: conocer, vivir, sentir la tierra bajo las ruedas en ese movimiento sobre dos ruedas, en líneas paralelas. Esa tierra de todos y de nadie. Tierras con dueños conocidos y sin dueños conocidos. Tierras alambradas, que suben o bajan en forma de colinas, que se extienden en forma de llanuras o se pierden entre el zigzagueo de la ruta asfaltada en medio de la visión del motociclista. A todo lo largo del camino se ven las tranqueras, los portones de madera, los postes que demarcan, las marcas en los cueros de los animales, los carteles indicadores de posesiones… y posiciones. Sin embargo, el paisaje es un regalo. Los atardeceres y sus colores, los árboles y sus fragancias esparcidas por el viento, brindan esa paz no encontrada, no hallada en las grandes ciudades. Ese mismo viento que esparce las semillas para que, lejos, en algún otro camino, nazcan otros tantos árboles que ofrezcan sombras al viajero.
Avanzaba la mañana y era irrepetible el paisaje. Cuando más al norte, más colores, más ondulaciones, otros frutos y árboles surgen ante la vista del andante de los caminos. Tanto alegra al que por primera vez cruza estas tierras como al que las conoció tiempo atrás, pues los colores son alegres, vivos… En cambio para aquellos camioneros y choferes de ómnibus que cruzan, día tras día, las mismas porciones de ruta, el paisaje les resulta tan conocido que olvidan la belleza que una vez los deslumbró.
Sobre los costados del camino surgen los naranjales, los limoneros, protegidos, igual que en Salto, por coníferas y eucaliptos que cortan el viento. Como hermanos mayores que protegen, estos gigantes aguantan el viento para que florezcan los pequeños y den su fruto en abundancia. Gigantes seres verdes protegen a otros multicolores y cargados de frutos.
La luz del sol es vida y si se acompaña de lluvias todo está bien. Pero no siempre se da a sí. En este verano, cada mañana se dio cita el sol, pero no la lluvia. Pasaba otro día, otro y otro y nada. La tierra comenzó a agrietarse en algunas zonas. El pasto antes verde, fuerte, aparecía ahora amarillento y seco, quebradizo.
Una mujer mostraba, emocionada, imágenes de otros tiempos, de verdes campos con aguadas, rebosantes de aves en sus orillas y atestadas de peces en su interior. En tanto ahora se veía la tierra desnuda, gris y agrietada, como el rostro añoso de una centenaria mujer. El silencio, casi, casi monótono, suplía al trinar ensordecedor de las aves de otrora. Pero no todo estaba mal. En algunos sitios resurgía el verde, y del amarillento pastizal viraba a un verde limón, y luego más y más oscuro en la zona de los esterales. Pero para ello, aún faltaban muchos kilómetros y otro día de viaje.
El medio día, con el sol en el punto exacto del cenit, me encontró en un lugar llamado Mocoretá, que quiere decir para algunos “pueblo donde el río hace la vuelta”, y para otros “dos tierras”. Lo cierto es que este nombre hace alusión a los pobladores autóctonos de estas tierras que aún tienen descendientes, y forman, no siempre, parte de las estadísticas poblacionales, por no hallarse en puntos donde se realizan los censos y ser nómades, aún en estos tiempos. Muchos están documentados, asisten a las escuelas sus hijos y hasta reciben asignaciones del gobierno, pero no todos. Muchos son los que no quieren recibir esa ayuda o esas mentiras de asistencias, sin el debido reconocimiento de su cultura y una porción de tierra adecuada para ellos.
La ruta estaba en construcción, a todo lo largo iban y venían camiones con tierra. En algunos sitios había obreros trabajando al rayo del sol, todos moviéndose como hormigas, con gorros, con remeras o paños en los cuellos, sobre la nuca y espalda para protegerse. Además usaban anteojos por el intenso brillo de la ruta, que como un espejo o un mar incandescente brilla gran parte de la jornada laboral.
Las estaciones de servicio, los paradores y los restaurantes se llenas desde las once de la mañana y hasta las 13 horas. Los descansos en el camino, pequeñas zonas arboladas al costado de las rutas, ofrecen refugio a los camioneros en particular, que son los que más usan esos sitios. La siesta es tiempo para detenerse, para conversar o ver televisión. Detenerse para quizás negociar o hablar tranquilo con algún viejo compañero del camino, y a quién se citó por la radio al escucharlo en cierta frecuencia.
¡Y qué bien! El parador cuenta con un baño adecuado y zona de duchas. El agua, siempre el agua. Reconforta y devuelve la vida, como la lluvia a la tierra. Tras el tiempo de ducha, se puede pasar al salón de la cantina que está refrigerado, en general es así. Es un verdadero oasis en medio de la nada. Es así, ni más ni menos, estas estaciones de servicio y paradores están a la mitad de la nada. Rutas, caminos que se extienden en uno y otro sentido cardinal, los piquetes están por aquí y por allá, pero lejos, lejos de estas asoleadas tierras. Pero la civilización está allí, justo allí aparece, quizás por medio de las imágenes en el televisor. El informativo transmite, en vivo, momentos de la aventura y desventura de otros andantes del camino. Motos autos y camiones que corren por llegar primeros a la meta, obtener un trofeo en la competencia del Rally Dakar de Sudamérica. Pero una cosa es común a esos competidores y estos seres que conducen en la misma ruta que yo, el formoseño, la pasión por el camino, por andar, libre y sintiendo el viento correr en medio. El camino mismo es la aventura, el trofeo, el regalo, lo posible de compartir, de vivir, se sentir. La gente que se encuentra, el interlocutor que te sigue con la mirada cuando entras a una estación, y tras dejarte acomodar en una silla, sin timidez te saluda y te pregunta. ¿De lejos viene? Y así, te hace sentir que si bien llegaste, eres parte de una comunidad. Todos están en la misma situación. La excepción son los que atienden el bar, la cantina o la estación expendedora de combustible, pero seguramente no siempre ha sido así, pues muchos de ellos son viejos conductores que en un momento han dejado de recorrer el camino para asentarse, pero siguen vinculados al camino.
Esas estaciones, de casi obligada detención, son un punto a donde convergen otros seres con roles distintos. Ellos son los mendigos, los locos de pueblos cercanos que saben que a esos lugares llega gente todo el tiempo. Así se ve a estos niños que dejan que el viajero compre, y después se le acercan, paso a paso, se van arrimando y piden algo. No son insolentes, son mansos, pero pedir… deben pedir. Siempre alguien les da algo. En los autos o en los camiones se notan las cintas rojas, imágenes de santos o de la Virgen María u otras imágenes todas llamativas, rosarios. Es gente que, creyente o no, le acerca una fruta o una galletita al desposeído que recurre al oasis como estrategia. Y para devolver el favor, estos niños o personas adultas que deambulan por allí, indican al viajero dónde se encuentran los baños, o dónde está el tanque del agua caliente o se ofrecen para limpiar los vidrios.
Los camiones y sus conductores son las estrellas del camino. Ése es su lugar, su habitad, su terreno. Los camiones son los vehículos de esos hombres, son también su hogar durante el viaje, su dormitorio, cocina, refugio de esos seres al volante. Llevan mercadería de un lugar a otro de un país, o, de un país a otro. A veces, llevan a sus esposas e hijos, para compartir esas aventuras del camino; en ocasiones, el camino es el punto de encuentro con otras personas que son parte de la vida del camionero, quizás una amante, una amiga, una aventura dentro de la aventura cotidiana de andar sobre el asfalto.
Vi en el camino camiones con características muy particulares. Algunos llevaban sobre el parabrisas, una banda horizontal, en el sector superior, unas impresiones a veces transparentes y otras no, con el nombre de la empresa de transporte; pero las más llamativas eran las que tienen el apodo del conductor o como quiere que lo reconozcan, por ejemplo: “El Yacaré”, “El Rufián”, “Don Mateo”, “El Abuelo”. En la parte posterior del camión, todos hemos visto alguna vez, también colocan leyendas graciosas tales como: “Cambio suegra por yacaré”; “No te apures… todos queremos llegar”. Algunos carteles de los parabrisas salen de lo común, y se observa un gran arte en la confección de los mismos, y tienen un doble propósito: identificar al conductor y brindar protección a los ojos de la luz solar.
El camión es el medio de trabajo del chofer, pero también su hogar. Algunos cocinan por gusto, otros por ahorrar; pero lo cierto es que muchos están muy bien equipados para la práctica del arte culinario. Al costado del camión suele haber una caja que cumple con la doble función, sirven para cocinar y para apoyar el plato de comida. Al lado tienen un tanque con agua, y suelen usar un toldo para protegerse del sol. Por ende la simple caja bajo el camión se transforma en un práctico comedor. Suele verse al camionero sentado en una silla plegable, y adormilarse tras el almuerzo, en estas zonas de altas temperaturas en el verano. Sí, temperaturas que llegan a los 42 o 45 grados centígrados, que sobre ruta alcanzan a los 50 grados.
Así, desde la mañana había cruzado el río Uruguay, la represa de Salto Grande, había pasado por la entrada de la ciudad de Chajarí y sobre el medio día, llegaba con mi Black Horse a Mocoretá. Unos grandes zanjones aparecían en la entrada y una gran superficie de tierra removida a los costados formaba unas pequeñas montañas. Tenía el aspecto de una cantera, pero no era posible tal cosa. Sería ridículo, pero tantas veces donde impera el dinero falta la razón. Lo más lógico parecía ser que estuviesen construyendo una nueva entrada donde, seguramente, estuviese proyectado realizar un puente sobre la ruta principal y por eso esa gran zanja se extendía en el mismo sentido que la ruta por donde venía. La verdad es que no me quedé a preguntar sobre el tema. Seguí un poco más. Me detuve cerca de unos paisanos jóvenes que caminaban bajo el rayo del sol, para preguntarles cómo llegara a algún lugar para almorzar (una milanesa y un refresco) que estuviese sobre la ruta. Me miraron con un aspecto risueño y me dijeron que a 5 kilómetros de allí había un parador. Esa sonrisa me produjo cierta duda, podrían estar tomándome el pelo y por ello decidí repreguntar a otras personas, unos adultos a unos 300 metros más adelante. El dato fue confirmado, entonces, salí de esa entrada y tomé rumbo a la estación. Era importante el dato, pues también en las estaciones recargaba el tanque de combustible. Cada parada era estratégica. Tenía calculado cierta cantidad de combustible por cada tanta distancia. El calor apremiaba.
Llegué a la estación, coloqué la moto a la sombra. Fui al baño y noté que contaban con duchas. Estaba todo impecable. El parador estaba equipado con aire acondicionado. Era realmente un oasis en medio del camino, en esas horas donde se ve brillar la ruta asfaltada. En el parador habían unas personas que bajaron de un auto mediano, cuatro puertas. Era una familia que se acomodó a ver la televisión. Un par de hombres almorzaban a un costado del salón. Eran los mismos que había visto en la ruta, algunos kilómetros atrás.
Una mujer, la dueña del parador, atiende la cantina y observa que todo salga a tiempo en la cocina. Da conversación a los recién llegados, es diligente y agradable con los comensales, posee conocimiento del público que atiende. Se nota en la calidad y calidez de su hablar. Sirve los platos o los retira y se encarga de cobrar. Toma aliento y conversa lo justo y necesario. Hace un comentario, ofrece un postre o sugiere una bebida y sigue con la rutina. Entre una cosa y otra pasó una hora. Sobre una de las paredes se puede ver un par de carteles hechos de tela, unos banderines en realidad, que pertenecen a una compañía de viajes uruguayo. Eso da idea de que al parador llegan delegaciones de países vecinos. Y no es de dudar, pues el servicio es bueno, y el lugar acogedor.
En esa hora de descanso, de charlar con la gente también cargué el tanque con combustible. Me aseguré que las ruedas estuviesen bien de aire y revisé todo el sistema de cuerdas que sujetaban la mochila y la alforja. Cada vez que cargaba combustible, era inevitable, el desarmar el equipaje. Y esta siesta calurosa no era la excepción. Pero contaba con la sombra del gran techo de la estación de servicio, la cual también cuenta con su kiosco, zona de snack bar y despensa que incluye, entre sus mercancías, productos regionales como mermeladas, vinos, artesanías y mapas de rutas. Era el segundo día de viaje y como experiencia se hace al andar, mi habilidad como conductor de ruta se vio en la rapidez en desarmar el equipaje, desatar los nudos, los pulpos y volverlos a armar. En realidad, armar era más fácil.
Una vez terminada la tarea y chequear todo tomé un gran sorbo de aire y me coloqué el casco, me despedí del lugar y prometí volver en pocos días, en el viaje de regreso. Sabía que me esperaba la ruta, el mar en movimiento, pues eso parecía el camino por efecto de las altas temperaturas. La próxima parada o punto por llegar distaba a unos 40 kilómetros. Pero no había allí, según indicaba el mapa, ningún parador, ni estación de servicio. Pero era el punto de referencia próximo hacia donde dirigía mis pasos. Palmee a Black Horse, como si se tratase de un caballo realmente, y seguí adelante.
El aire caliente se sentía cada vez que un camión u ómnibus me cruzaba. Ese cruce vehicular genera una corriente de aire que dura unos segundos, más o menos, según sea el vehículo. Al ir en la moto y ser superado por un camión se siente que la moto se mueve un poco lateralmente y, a continuación, se siente como que se es chupado por el vehículo que a uno lo rebasó. Ello genera, momentáneamente, el aumento de la velocidad de quien es rebasado. Después todo vuelve a la normalidad.
El viento de superficie incide según sople en un mismo sentido o en sentido contrario al que vayamos o sople lateralmente. En un caso, cuando lo hace lateralmente, implica un mayor esfuerzo para mantener equilibrada la máquina y el cuerpo. Pero es una experiencia más, algo que modifica la rutina y hace que el conductor esté más atento. El conductor verá que, tras andar algunos kilómetros, la ruta cambia de dirección y ello incide en como le afecta el viento. Es decir, si vas con rumbo nor-noreste y pasás a norte varía apenas, pero varía. Y así cambia todo el tiempo. Quizás en otros vehículos esto no tiene gran importancia, pero cuando andas en un birodado, eso sí importa, pues se siente, y más, si es un motor de baja cilindrada. De hecho los primeros 150 kilómetros de viaje, durante el primer día, dentro del Uruguay, el viento fue un factor tan importante que hizo que la marcha fuera lenta. En tanto, en sectores de la provincia de Corrientes, con viento a favor, la marcha fue notablemente más rápida.
Un factor importante que incide en la ruta son las pequeñas colinas o montículos de no más de un metro y medio casi paralelos al camino. El viento varía al pasar sobre ellos e incide directamente sobre la marcha del tránsito.
Rato después de salir, llegué al primer lugar que figuraba en el mapa. Efectivamente allí no había nada.
En el recorrido, en tramos de pocos kilómetros, aparecían camiones, obreros, máquinas niveladoras. En todo ese sector, si hubiese contabilizado la cantidad de personas hubiese llegado al centenar. La nueva ruta, al ensancharse, en algunos casos llega hasta la puerta de negocios que están al costado. Y uno de ellos llama la atención. Está casi sobre la ruta, que aún no fue terminada a esa altura. Lo que se ve es una gran pared con dibujos, caricaturas de mujeres a medio vestir o totalmente desnudas. Lo único que lo identifica es un cartel pintado en la misma pared que reza: “MERCOSUR”. Todo indica que es el lugar de trabajo de otras personas, que no son obreros que construyen caminos; pero sí es el lugar a donde acuden los obreros, tras su horario laboral. Los obreros, dicho sea de paso, tienen por su apariencia fisonómica, orígenes diversos. En muchos kilómetros no hay ningún pueblo. Lo que lleva a pensar, que los principales concurrentes al lugar son los constructores del camino. Esto nos da idea de que sobre el asfalto se desarrolla una forma de vivir que tiene características propias.
Otras cosas que me llamó la atención fue la forma de publicidad usada por un negocio que vende productos regionales… con acento extranjero. Sí, es una granja que cultiva citrus, y otras clases de frutos. A partir de ellos y seguramente usando insumos producidos por otros granjeros locales, elaboran productos que son anunciados en los carteles, con letras amarillas sobre un fondo negro. Dichos carteles son tan numerosos y llamativos que no sólo informan de los productos de la granja sino que además, adornan por algunos kilómetros la zona oriental de la ruta en construcción.
Después de unos kilómetros se empiezan a ver los carteles que indican la distancia que falta para llegar a la entrada del local de venta, así como banderas de Alemania y de Argentina, lo que se repite en carteles de tamaño pequeño a los largo de toda la extensión de ruta por donde se publicitan los productos.
Cuando se está en la entrada se aprecia un conjunto de banderas de ambos países, viejas herramientas o maquinarias de campo y todo con los colores rojo, amarillo y negro, lo que hace que se destaque en medio del paisaje de llanura con leves ondulaciones.
Descubriendo una a cosa y otra, es imposible que el conductor se aburra en esta zona. Tal variación limita la monotonía del camino con sus líneas blancas o amarillas. Es un contraste permanente, la monotonía del camino y la variación del paisaje. Es decir, el camino también varía, pero menos.
Kilómetro a kilómetro me fui acercando a las metas propuestas y así llegué a una zona conocida como “Cuatro Bocas”. La vista es casi totalmente desoladora, sólo interrumpida por algunos vestigios de aves, pero cada vez más espaciadas. Parece que todo se va muriendo, paso a paso. En la intersección de tres rutas, y sobre una de ellas específicamente, se ve desde cierta distancia, un conjunto de improvisados puestos de venta. Están confeccionados con madera y chapas de cartón impregnadas en alquitrán, lo que le da el color negro a techos y paredes, resaltando en medio del amarillento paisaje que los rodea. Da la impresión de que un golpe de viento las derribará con tal facilidad… que parecen estar ladeadas por el viento. Tan derrumbados parecen los puestos como desvanecidos los vendedores, a los que se los ve adormilados o con la mirada perdida en la distancia, con la voz arrastrada como por un cansancio milenario. Llama poderosamente la atención ver estas chozas, estas precarias construcciones en medio de la desolada ruta, en medio de la nada. Pero hay más, en realidad, hay a poca distancia de allí, a unos 400 metros al este, una estación de servicio. La cual cuenta con un parador, baños, gomería, estación de expendio de combustibles. Es otro, auténtico oasis. El calor que hacía cuando llegue era de unos 45 grados, aproximadamente. En ruta, probablemente más. Pero como medirlo.
Tras pasar unos pocos cientos de metros de la ubicación de los puestos de venta, decidí parar y dar la vuelta. Era necesario, por un motivo inexplicable, ver qué tenían a la venta en dichos puestos de venta. Había que verlos. Y una vez visto los puestos me di cuenta de la estación de servicio, la cual no la noté hasta dar la vuelta. Hasta allí también llevé las ruedas de Black Horse.
Esas improvisadas tiendas de venta tenían aspecto de casas mono-ambiente, pero sin paredes posteriores, ni anteriores. En realidad, parte de las chapas de cartón hacen las veces de paredes a la hora del cierre de ventas; se transforman en prolongaciones de los techos durante su apertura, a fin de ayudar a formar una mayor superpie de sombras en las horas de luz solar. Sobre mesas o cajones, se exhiben los productos, en general de madera. Platos, ensaladeras, morteros, mates, bombillas, potes de diversos tamaños de los que se usan para servir postres o sopas. Piezas de cerámica también, dulces regionales. Por otra parte había trabajos en arcilla, imágenes del gauchito Gil, y otro que desconozco. Ese gauchito, sería la imagen que más aparece en el resto del camino, de allí en más. Pero, eso es parte de otra sección de este relato, donde cuento lo que vi más adelante en la Provincia de Corrientes.
La verdad es que no quise perder la oportunidad de tener un producto regional y compré un plato grande playo de madera, del tamaño de una pizzera. Era una deuda personal conmigo mismo, de un viaje anterior a “las tierras de las largas siestas e interminables tererés”.

La estación de servicio estaba llena de gente. Como un pequeño hormiguero. Varios ómnibus y muchos camiones estaban allí estacionados. Se nutría de combustible a los sedientos vehículos y de refrescos a sus conductores. El calor, a esa altura de la tarde, era casi insoportable. Muy alta la temperatura. Todo el mundo buscando sombra, algo de líquido. Algunos tomaban tereré, la refrescante bebida de origen guaraní, perfeccionada por los religiosos conquistadores, con sus bombillas de metal. Sí, estaban algunos, provistos de termos de 5 litros, con agua muy helada. Algunos de estos andantes del camino bajaban de vehículos con matrícula de Paraguay y compraban hielo. Otros, simplemente, disfrutaban de un helado, pero todos, absolutamente todos, buscaban una bebida.
Observando el mapa me percaté que estaba a escasos 7 kilómetros de la ciudad de Curuzú Cuatiá y entre 20 y 30 kilómetros de otros poblados más pequeños. Éste era, indudablemente, un punto de encuentro. Tres rutas se cruzaban en la zona. Dos aquí en este punto y otra a pocos kilómetros de aquí se conectaba con esta red. Era pues, un punto estratégico. Una de ellas lleva a la ciudad de Pasos de los Libres, punto de contacto con la República Federativa de Brasil. Otra que contacta con el sur de la Argentina; y en dirección noroeste, otra que lleva a las provincias centrales del país rioplatense. El punto, el cruce de rutas, no puede ser más estratégico. De allí la importancia del porqué del arreglo de las rutas por donde venía transitando. Seguramente, tantos camiones llevan y traen toda la producción de la zona o la sacan a los países vecinos. Es seguramente, lugar propicio para todo tipo de negocios, no sólo los que se ven o se muestran al público. Seguramente, algo parecido a lo que se relata Pedro Buda en “Buscando las llaves… las rutas” una de sus novelas aún inconclusas.
Algo que da idea del intenso calor en la zona son los pastos amarillentos. La sequedad se percibe por doquier. Es cierto, es pleno verano cuando transcurre este viaje, primeros días de enero, primeros días del año.
Todo el mundo pasa por los baños a mojarse el rostro, la cabeza o se acerca al parador y se queda a disfrutar del aire acondicionado. Pero si bien era bueno ver tanta gente allí reunida, que charlaban unos con otros sobre mil cuestiones, pero sobre todo sobre el calor y los sucesos del día en la competencia automovilística que se estaba llevando a cabo al sur del país. El cual unía las ciudades de Buenos Aires con Santiago de Chile. Aquí, en esta ruta por donde estaba yo transitando, no había camiones u autos y motos de competición, pero todos estábamos en ruta con una meta, la propia de cada cual. Algo igualmente integrado a esta otra aventura. Quizás recorriendo paisajes a menor velocidad pero igualmente cubriendo kilómetros.
Una vez pasados unos veinte minutos de descanso era tiempo de seguir la marcha. Era lo que en general descansaban los conductores.
Tomé la ruta por donde estaban los improvisados negocios y noté, rápidamente, que cambiaba la calidad del pavimento. Estaba muy deteriorado. Desaparecieron los carteles indicadores de los kilómetros faltantes para la próxima ciudad o pueblo. Ello era parte del deterioro general que presenta la zona de ruta que venía más adelante. Es una ruta provincial, en muy mal estado en gran parte de su extensión. Huellones aparecen en amplias zonas. Además, se levantan sobre los costados de la ruta, cada tanto, porciones de roca. La ruta corta la roca, y en su interior transcurre el camino. En otras partes, las colinas están próximas. Todo ello incide en la forma en que se comporta el viento. El movimiento del aire te lleva o te trae, te mece hacia un lado u otro cuando vas en una motocicleta de baja cilindrada. Con los guantes puestos, el casco con visera y campera a pesar del calor, trataba de aguantar el golpe del viento que se sucedía en una dirección y en otra.
Había revisado el mapa. Para mi meta del día faltaban unos 70 kilómetros. No era mucho y, probablemente, llegaría temprano a destino –no como el primer día. Pero para eso aún faltaba un poco. Todo puede suceder en medio del camino. Los huellones no representaron una mayor dificultad para la motocicleta, aunque sí para un automóvil de cuatro o más ruedas. La velocidad de los autos que pasaban era bastante menor a la que desarrollaban en secciones anteriores en el camino. Lo cierto es que Black Horse desarrollaba una buena velocidad e iba entre medio de los huellones sin peligro, pero implicaba tener la vista siempre al frente para ir entre medio de las dos huellas o desviar unas superficies muy erosionadas por alguna máquina que usaron para luego impregnar la ruta de alquitrán y piedras pequeñas.
Sobre el deteriorado trayecto pavimentado aparecían, cada tanto, zorrinos atropellados, lo que daba al aire un sui generis olor que impregnaba todo. Caranchos y pájaros, a los lados, vigilaban el paso de los transeúntes. Una escena tan parecida a las de Hitchcock que fue contagiando mi ánimo, preparándome, aunque no supiera, para lo que me esperaba algunos kilómetros más adelante. Varias aves de rapiña, fueron apareciendo, más y más, apostados a los lados del camino o comiendo carroña sobre el pavimento desgastado. Todo el paisaje habíase tornado de ese color particular, tonos de marrones oscuros, amarillos como quemados, tonos similares a la vestimenta de los padres capuchinos.
El claro cielo azul celeste, con pocas nubes esparcidas daba la impresión de que en la mañana hubiera lloviznado en la zona. En algunos sectores de ruta, vi tierra mojada. Pero era claro que la sequía se extendía a uno y otro lado, grandes zonas quemadas era la videncia de la importancia de la sequía.

En un claro, en una zona llana entre las serranías bajas, noté algo. Un templo… se me ocurrió. Reduje la velocidad y paré, poco a poco. Me introduje hacia el terreno de pasto muy corto, sin otra vegetación arbórea más que un espinillo. La construcción principal era un tinglado, más dos casas -o eso parecían- y dos enormes imágenes, dentro de unos cofres o vitrinas verticales. Había que verlo de cerca. Pero primero la foto de lejos, por si acaso. En un cartel se leía: “San La Muerte”.
Guardé la máquina de fotos nuevamente en la alforja, en la bolsa de nylon, dentro de la cual venía por si las lluvias. Estacioné cerca de una de las imágenes. Me quité el casco, dudé… pero tras pensarlo una vez más, volvía tomar la cámara fotográfica y sentí que debía registrar lo que estaba viendo. No era común ver en Montevideo, ni en otras zonas, lo que pude ver allí.
Una familia descendió de un auto que venía del norte. Bajaron a recorrer el lugar, como yo. Traían una cámara filmadora y parecía que hacían un paseo de fin de semana. Extraño paseo –pensé después de ver el lugar más detenidamente.
Lo que había llamado mi atención en primera instancia eran las imágenes que estaban a los lados de lo que pensé era un templo, una capilla… En fin cómo denominar a este lugar de culto.
Unas construcciones de ladrillo y cemento soportaban y contenían, a cada lado del “templo”, sendas imágenes protegidas con vidrio por los lados. En una de ellas estaba la imagen de San la Muerte, y en la otra la del Gauchito Gil. De inmediato me pregunté: ¿Serán dos cosas distintas o la misma? A un costado, del lado izquierdo del templo, había un negocio, una suerte de santería. Sí, vendían velas -de varios colores- imágenes del Gauchito Gil, de San La Muerte y de otros santos. Además, recuerdos de todo tipo con frases como: “Gracias por los favores concedidos”; “Recuerdo de mi visita al santuario de San La Muerte”…Quienes atendían el lugar estaban cómodamente sentados en unas reposeras. Prácticamente no había árboles en los alrededores, los techos eran los únicos proveedores de sombra.
Noté, al darme vuelta y mirar hacia la entrada del tinglado, que sus paredes, en sus partes exteriores, eran usadas como murales. Merecían ser registradas por mi cámara. Al fotografiar nuevamente una de las imágenes erguidas al costado del templo noté que había un cementerio cerca. Pero no había reparado en ello, sino hasta registrar la foto.
Rodee el templo e ingresé al mismo. El contraste entre la potente luz solar exterior y la penumbra interna fue impactante. Mis ojos tardaron en acomodarse a la escasa presencia de luz. En el extremo opuesto a la entrada, había velas encendidas y una suerte de altar con las imágenes del santo. Desde allí y hacia la puerta de entrada y salida, las paredes estaban recubiertas de carteles y banderines de agradecimientos. No quedaba espacio para casi nada más. Totalmente cubiertas las paredes con expresiones de agradecimientos, de familias de muy lejanos lugares y de otras cercanas.
Todo indicaba que, aún estando lejos de cualquier parte, casi perdido entre colinas o extensas llanuras, el sitio era visitado. De lo contrario no se explica que los vendedores en la santería tuviesen tanto material en exposición y haya tantos banderines en el interior del “templo”.
No cabía esperar más, era tiempo de proseguir el viaje. La curiosidad había sido saciada en parte, sólo en parte. Faltaba averiguar más sobre quién o qué había sido el Gaucho Gil, Gauchito Gil, o Curuzú (cruz) Gil. Este hombre era oriundo de la zona de Mercedes, lugar a donde me encaminaba y que era conocido antiguamente como Pay- Ubre.
Lo que anteriormente sabía sobre el gauchito Gil era que es muy venerado por la gente de la zona. En ésta época la zona se llena de peregrinos venidos desde muy lejos. Cientos de miles de personas se congregan cada año, y particularmente en una semana de enero.
Una pregunta se escurría entre mis sinapsis: ¿Llegaría a ver las festividades en honor al gauchito? La gente, después de llegar a Mercedes, lo comentaría era el 18 de enero, la fecha del Curuzú Gil.
La tarde empezaba a caer sobre la ruta. El recorrido debía empezar a terminar. Aún faltaban algunos kilómetros. Los colores del campo, poco a poco, se iban tornando más alegres, más verdes. Pero quedaba el recuerdo de los amarillentos pastizales, de los arbustos resecos de los kilómetros pasados. El color grisáceo de las ramas de los espinillos parecía quedar atrás.
En cierto punto de la ruta, apareció, de repente, un gran arco que anunciaba la entrada a la Ciudad de Mercedes. La ruta de ingreso termina en ángulo recto allí. Supe después, que había dos entradas más. En la finalización o comienzo de ese camino está una imagen de la Virgen –patrona del pueblo. A sólo 8 kilómetros de allí, hacia el noroeste, está erguido el monumento al gaucho Gil.
La tarde dejaba atrás el intenso calor y daba paso a una temperatura más agradable. Corría una suave brisa y a los lados de la ruta de acceso vi a una importante cantidad de gente caminando o trotando, andando en bicicleta, conversando unos con otros. Las edades eran variadas.
El sol caía lentamente, al fin estaba cumpliéndose la segunda etapa del viaje. Era el camino de regreso a la “Vuelta Fermosa”. Es decir, que había recorrido hasta allí unos 760 kilómetros desde la ocho de la mañana del primer día.

La Ciudad de Mercedes apareció en medio del atardecer, como un lugar tranquilo. Algunos jóvenes daban vueltas en derredor de una rotonda, donde se iniciaba el lugar de caminata hacia la entrada del pueblo, sobre la ruta de acceso. Un poco más adelante daba comienzo una calle que tenía el aspecto de ser la principal. Así aparecían carteles de negocios que iban encendiendo sus luces. Llegué así a la estación terminal de ómnibus.
Di unas vueltas entorno a la ciudad en busca de un lugar adonde dormir. Pues en la entrada, a escasos metros de la ruta principal, en una oficina de turismo, una mujer me informó que no existían lugares para acampar cerca. Lo cual supe que no era cierto recién al otro día, cuando salí de la ciudad, rumbo a la zona de culto del gaucho Gil. Además, me sentía cansado para preparar un campamento, y la sola idea de armar y desarmar la carpa me dio pereza. Busque un albergue, un hostal, pero no me conformaba que la motocicleta quedara en la calle. Terminé alquilando una habitación en un hotel al lado de la terminal, donde un joven trabajaba toda la noche, supuestamente, cuidando los vehículos. Pero a pesar de estar o no, sí era cierto que una persona estaba despierta en la entrada al hotel y eso era suficiente.
Convencido que era lo más acertado, dejé hecha la reserva a los encargados del lugar. Debía ingresar a partir de las 20 horas. Por ello fui en busca de algo refrescante para calmar la sed, aunque allí había gaseosas. Llegue a un supermercado, que tiene un snack bar y me senté a tomar una merecida cerveza. El lugar contaba con aire acondicionado, lo que lo convertía en el lugar indicado. Era lo que necesitaba en ese momento. Una cerveza para recuperar fuerzas, descanso en un ambiente agradable. Me estiré en la silla y leí el diario local que compré después de pedir la cerveza. Se oía música en el local comercial. Un televisor encendido, con el volumen bajo, proyectaba imágenes de una película que nadie miraba.
La cerveza bien helada se sentía muy bien. El ámbar líquido bajaba por el esófago y producía una sensación de placer inigualable, tras los cientos de kilómetros recorridos durante el día. Poco a poco dejé caer las revoluciones, me concentré en la lectura del diario. Es simplemente importante conocer el acontecer de la zona que uno visita. Los medios agendan los temas que la gente conversa o charla en los encuentros en la calle. En una de las notas se mencionaba los preparativos que se estaban haciendo en torno a las festividades del gauchito Gil. Esperaban recibir a un importante número de personas. Era la oportunidad de obtener un ingreso extra para mucha gente. Producto de lo vendido, pues había que albergar a esas personas que se quedaban por uno, dos, tres días. Incluso algunos se quedan una semana completa.
En el supermercado había personas comprando juguetes para el próximo día de reyes.
Había juguetes por todas partes. En la zona céntrica, en la calle principal, también había vidrieras con juguetes y todo tipo de objetos para regalar. Pero el ambiente del lugar era tranquilo. Había personas caminando, pero no muchas. La noche empezaba lentamente. El grupo más numeroso de personas, a esas horas, estaba en los accesos a la ciudad caminando o haciendo ejercicios.
Ociosamente, pasó la hora de descanso. Llegó el momento de ingresar al hotel. La hora pautada, las 20, había llegado. Me dirigí a la entrada del hotel, me estacioné y desarmé el equipaje. Una vez más.
Delante del hotel la vereda era angosta. La calle pavimentada estaba aún caliente por el sol de la tarde. Un joven se había ofrecido para cuidarla. Y al verme llegar volvió a ofrecerse. Accedí y le di las gracias.
La habitación contaba con aire acondicionado y TV. A los 15 minutos la habitación estaba fresca. Después de la ducha, era tiempo de caminar un poco, de estirar las piernas y recorrer el pueblo.
La noche, afuera, estaba calurosa, pero agradable. Por la calle principal y en la zona de la plaza se veía mucha gente, más que rato antes. Era claro que tras bajar el sol, las personas se animaban a salir a disfrutar del lugar. El aire estaba cargado del olor, del perfume de los árboles, de las flores de las casas circundantes.
La oscuridad nocturna permitía ver y sentir la ciudad de otro modo. Un par de restaurantes elegantes recibía a las familias, cuyos rostros demostraba esa tranquilidad del tiempo de vacaciones, de licencias, y no el duro semblante del tiempo de trabajo.
Las mujeres vestían ropas holgadas, de telas livianas, claras, transparentes. Los hombres vestían camisas amplias, bermudas, remeras de mangas cortas, sandalias o mocasines sin medias. Otros preferían alpargatas y pantalones largos de tela liviana.
Unas motos estaban estacionadas y otras circulaban por las calles en derredor de la plaza principal. Girando una y otra vez. La mayoría se dirigía a la zona de ingreso de la ciudad.
El campo dejaba escapar su perfume bajo el cielo estrellado. Algunas parejas se cortejaban en las penumbras que encontraban y los protegían de las miradas de los transeúntes, muchos eran los que disfrutaban la temperatura a esa hora. Los tucu-tucu iniciaban su aparición y daban un tinte alegre a toda la zona de campo. Bajo los faroles de las esquinas giraban, sin cesar, los bichos cascarudos hasta morir. El ciclo de la vida. La ciudad de Mercedes, una zona cargada de historias, estaba así, tranquila, mansa, soportando el verano. Era tiempo de volver a descansar al hotel.
Según pasaba el rato, me iba venciendo el cansancio, pero no podía conciliar el sueño. Salí, entonces, a dar una vuelta hasta la terminal que estaba al lado. Había un par de negocios permanentemente abiertos. Aún no era media noche. La gente aprovechaba para tomar un helado, estaba un poco más fresco que el día, bastante más, sin estar frío, sino más templado. Las personas se demoraban en las esquinas conversando, charlando, riendo.
Pensé que si leía algo lograría dormirme con mayor rapidez. Busqué entre los negocios abiertos de la terminal un librito de relatos de la historia del pueblo, o sobre el gauchito Gil.
Volví a la habitación, al aire acondicionado. Allí me enfrasqué en la lectura de un pequeño ejemplar. En el televisor había un programa periodístico que daba cuenta del calor, de las zonas afectadas por el fuego. Lo dejé encendido pero con el volumen en cero. Preferí la lectura.
El texto mencionaba que la vida, hacía la mitad del siglo XIX, era diferente, la vida humana se despreciaba de un modo que quizás hoy no. Textualmente decía: “La muerte era cosa de todos los días. Los hombres y mujeres que vivieron en aquella época, sabían que hoy vivían y mañana no se sabía, tenían asimilada la realidad, [de la muerte] no solamente por causas naturales o enfermedades…”
En el siglo XIX los retos, los duelos eran a muerte, entre el “gauchaje” una ofensa se pagaba con la vida, y cualquier motivo podía ser razón justificada para ser considerada como una ofensa, agravio o encono personal, familiar o partidario, afirmaba el texto.
La bailanta, fiesta que comenzaba con la caída del sol, se hacía en conmemoración de la fiesta de un santo, un casamiento, bautismo, etc., etc. Era el lugar de reunión de toda la paisanada lugareña. Allí concurrían los gauchos y paisanos armados con cuchillos y armas de fuego los más “bienudos” –afirma el texto de autor anónimo, cuyo título es: “El culto al milagro, Antonio Gil, El Gauchito Gil, ARCADO”. No figuran más datos, sólo un texto final que dice: Mercedes-República argentina.
Según cuentan los viejos lugareños del litoral no había bailanta donde no hubiera pelea, y si había una pelea era fácil que hubiera, en la mayoría de los casos, uno o dos muertos. Así, con la lectura se manifestó el cansancio en forma de ojos rojizos y molestia en las piernas. Era tiempo de descansar, de dormir. Tomé el último trago de agua fresca y apagué las luces. Me esperaba el tercer día de viaje.
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