lunes, 19 de septiembre de 2016

La mujer del pañuelo verde


Esto que compartiré es lo que la memoria me permite recordar de lo ocurrido en mi vida, desde aquella madrugada en que mi madre me subió a las ancas de su caballo y nos pusimos en marcha a la casa de un pariente. Uno que estaba al sur del río rojo sangre, y aún más allá de otro río. El que supe después llaman Pirané.
Aquella madrugada yo estaba pronto. Mi madre, dos días antes, me contó que haríamos un viaje; pero me aclaró: “De esto no le digas a nadie che ra’y1” No recuerdo que me haya explicado nada más; pero sus palabras me quedaron grabadas, máxime porque pocas cosas más me dijo… o comentó durante el viaje o después. Ello debido a que después de dejarme en casa del tío Dionisio, al regresar a nuestra casa, una bala de la guerra civil la alcanzó, a pocos kilómetros de nuestro rancho.
Mi padre sabía que mi madre y yo haríamos el viaje, sabía por qué y para qué lo haríamos; pero le pidió a ella que no le dijera el destino, por mi propia seguridad. Él fue apresado, y liberado pocos días después, tras el fin de la guerra. Supo de mi madre cuando nuestro caballo llegó solo a la casa. Así que con cautela recorrió el camino al sur de la casa. Unos lugareños al verlos, a él y al caballo, reconocieron al animal.
“A este animal lo montaba una bella mujer blanca, de larga cabellera negra, hace un par de días” –le dijo una lugareña a mi padre. Mientras cabalgaba fue alcanzada por el fuego de un grupo de vecinos armados que, al verla con el pañuelo verde al cuello, le dispararon y la hirieron de muerte. El caballo dio varias vueltas en derredor del cuerpo caído y luego se perdió de vista. El cuerpo de la mujer -el de mi madre- fue enterrado debajo de un árbol. Ellos le mostraron el sitio a mi padre. Sin embargo, eso lo sé porque un vecino de mi padre me lo contó hace pocos años, cuando cumplí los sesenta y seis años. Es decir, sesenta años después de llegar a estas tierras en las ancas de aquél caballo y con mi madre conduciendo por entre medio de esos campos
Recuerdo que durante el viaje hicimos varias paradas, en los tres días que duró. En general andábamos de tardecita o en la madrugada, al menos los dos primeros días. El tercero viajamos todo el tiempo, incluso en horas de la calurosa siesta. Llevábamos lo puesto y nada más. Por momentos mi madre lloraba y poco más. No decía palabra. Es claro hoy que ella intuía que no nos volveríamos a ver. Su intuición la llevó a salvar mi vida, pero volvía junto a mi padre para enfrentar juntos esos tiempos difíciles. No pudo llegar pero cumplió con su objetivo. Es decir, me salvó del conflicto armado y sobreviví a la guerra.
Cuando pienso en ella se me ocurre que sería interesante saber dónde fue sepultada. Reconocer aquél árbol, al lado de cuyas raíces fue depositado su cuerpo inerte. Pero bueno, quizás no importe tanto eso como saber, sí, que hubo unas personas que se ocuparon de darle cristiana sepultura. Y la historia de esos últimos momentos me llegó por boca de vecinos de mi padre –quien prosiguió su vida. Volvió a casarse, unos años después de la guerra.

Crecí como un criadito en casa del tío Dionisio. Allí con el tiempo tuve como compañeros de juego y de vida a otros cómo yo. Niños que fuimos dejados a cargo de este tío que tenía un buen trabajo, pero que también exigía de nuestra parte ayuda. Así nos puso a trabajar a todos cuántos vivíamos con él y la tía. Éramos cinco los que fuimos a ayudar a casa de vecinos y, como contrapartida, le dábamos dinero al tío. Él, cada sábado, nos entregaba una parte. Así, desde los doce años, fui al cine y a los encuentros de boxeo, junto con un primo mayor.
Aquellas noches de boxeo eran particularmente interesantes para mí; pues cuánto hubiera dado por tener la edad, la habilidad y la oportunidad de salvar la vida de aquella mujer con el pañuelo verde al cuello que hizo un peregrinaje de tres días a caballo para salvar mi vida.
Pedro Buda
2016
Walter H. Rotela
               
Voces guaraníes usadas
che ra’y1: Mi hijo




La mujer del pañuelo verde - 
CC by - 
Walter Hugo Rotela González 

 *Este cuento integra la serie de relatos de ficción que conforman el libro Criados... en la Tierra Roja 
Visita la pagina del autor en Bubok Argentina.


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