sábado, 15 de mayo de 2010

I

Preparativos

Iniciar algo requiere, generalmente, darle cabida en nuestros pensamientos como primer paso. Y el viaje del formoseño empezó como una idea, como un sueño, como el deseo de recorrer los mismos caminos pero más cerca del pavimento, más cerca de la gente que se ve allá lejos, cuando se recorre las rutas a bordo de un ómnibus de pasajeros. La vista es espléndida; pero aparece como quien mira el mundo a través de un programa de TV. Está allí el verde, el rugido del león, el trino de las aves, pero yo sigo aquí en la sala de mi apartamento o en el interior de un ómnibus sin contacto con esa realidad.
Tenía la idea desde tiempo atrás; pero ellos no corren siempre igual. Un año antes tuve la idea, pero quedó por esa. Al transcurrir el año, con tanta actividad, tanto agite de vivir en la metrópolis, me noté, a mí mismo, cansado, harto de la rutina. Y solo el viaje imaginario o el guionado, para un programa de TV o para un corto me resultaba poco atractivo. Necesitaba el contacto con el verde paisaje que me devolviera algo de la vida que el gris cemento de la ciudad borra con tanto smock, con tanto gas, carbón, polvo de estrellas y nada de estrellas. Quería ver estrellas. Esas que sólo en el campo es posible ver, alejado de las luces de la ciudad. Allí se pueden visualizar, sentir… y sentirse en el universo, con toda la Vía Láctea por escenario, acompañado de las luces de las luciérnagas, que son como estrellas del campo en medio de la noche, como un espejo de la cúpula.
Y como la idea, el sueño o la fantasía de pasadas realidades fueron posibles -conocía esa sensación de libertad, de estar integrado al todo cuando lo que rodea es la naturaleza, al hombre que al fin se siente uno con el todo- decidí emprender mi búsqueda.
La travesía, el recorrido de un punto a otro es lo que hacemos todos los días, toda la vida, pero hay espacios que al recorrerlos nos marcan más que otros. A diario vamos a estudiar, a trabajar, a lugares conocidos, pero en ocasiones buscamos un poco más, nos aventuramos hacia esa porción de mundo por conocer, y, en ese acto de descubrir el exterior, también nos percibimos interiormente, nos miramos… Sí, primero que nada nos miramos. Es en la pausa de la carrera diaria -en el descanso de los saltos rutinarios de un trabajo a otro, del lugar de estudio a casa, a la actividad programada y reprogramada- cuando tenemos la oportunidad de reencontrarnos con nosotros mismos.
El viaje implica también una cierta rutina; pero es distinta a la que emprendemos cada día. Y eso en sí mismo es un acto liberador. Y lo sabía, lo sentía de ese modo. El viaje – me dije- comienza mucho antes de pisar la ruta asfaltada. Pensando en mi viaje lo comparé con otros que emprenden las almas, ese regreso, ese paso hacia otros destinos. En esos viajes, el recorrido empieza mucho antes de partir realmente, hay una sucesión de acontecimientos o de momentos que van marcando y dando lugar al viaje. Y la vida siempre, pienso, es un viaje, es movimiento, es cambio.
Un mes antes de salir a recorrer las rutas, fui poniendo las cosas en orden, el vehículo, los vínculos, la ropa y el equipaje, los mapas, las distancias a cubrir, los gastos previsibles, información necesaria, etc., etc. Para disfrutar es necesario, casi siempre, prever algunas cosas; pero por otro lado es importante abrir la mente a lo desconocido y disfrutar de la vida tal como se presenta… Eso es vivir.
Mirando unos viejos papeles –amarillentos- que guardaba en una caja –igualmente amarillenta- pensé que, años atrás, había emprendido un viaje en sentido contrario al que realizaría ahora. Era más joven, iba a un lugar que conocía parcialmente, donde no tenía amigos o conocía a muy poca gente. Pero había partido en busca de mi camino, de mi destino. Muchas cosas habían pasado desde entonces, muchos caminos nuevos, huellas frescas fueron surgiendo a mi lado. Eran esos pasos que veía junto a mí, los que me indicaban que no estaba solo. Pasado el tiempo, fui descubriendo ese nuevo lugar y lo hice propio, lo recorrí, lo observé y dejé mis huellas. Lo aprendí a querer. Así, de ese modo noté que lo desconocido, lo que está más allá, es sólo algo circunstancial, momentáneo, un desafío. Eso es lo que creía, que lo que hay por conocer es parte de un desafío. Y atreverse a recorrer el camino para descubrir lo externo, conlleva a percibir también lo interno, lo cercano, lo que creemos muy conocido, nuestras debilidades, nuestra capacidad para el asombro, para aprender.
Algunos hombres añosos, de canas y andar pausado, comentan y se repiten a sí mismos: “siempre hay algo por aprender…” Y el formoseño, este que soy, quería aprender, me sabía en la mitad de mi vida, procesé mi crisis de la mediana edad, y, esto era algo más que incorporar al acervo. La cultura –me dije- es lo que hacemos, es lo que resolvemos, es lo que decimos y cómo lo decimos, es lo que vemos y cómo lo interpretamos, entonces, las decisiones que iba tomando para mi travesía eran parte de mi cultura. Pensé en los babilónicos; en los egipcios; en los españoles; en los incas y en los mayas; en los aborígenes de las tierras de las largas siestas e interminables tererés. Cada grupo de hombres emprendió sus viajes, cruzó mares o desiertos, conoció otras formas de interpretar las cosas e introdujo, a dónde fue, su mirada distinta. En el intercambio, los hombres crecen, se comunican y hallan nuevas respuestas a viejos planteos.
Pero la mirada distinta no siempre requiere del otro como entidad física diferente. El otro, puede ser la personal evolución del ser, que con el transcurso del tiempo adquiere una actitud alejada, crítica con respecto a un tema cualquiera. Y ello es la mirada del otro. Así cuando miramos una situación cualquiera siendo adolescentes, y después, pasados unos años, la vemos y observamos, descubrimos en nosotros otra forma de ver lo mismo. Pero no siempre reconocemos esa mirada distinta. Los cambios se van dando lentamente y no lo percibimos.
Ví mi proyectado viaje como una posibilidad de descanso y como una posibilidad de crecimiento. En tanto antes viajaba sólo como una búsqueda de placer ante lo nuevo del paisaje, ante el encuentro con amigos, ahora descubría en cada porción de tierra algo más. El tiempo me enseñó a descubrir en el paisaje, en la gente, una relación, una interacción mutua. Fue el principio para el cambio de mirada. Ese cambio se gestaba en el transcurso mismo del recorrido, en el contacto con los otros, con lo otro. Observé que el paisaje, la naturaleza en cualquiera de sus expresiones es una determinante o una condicionante que afecta a las personas de un lugar. Descubrí que el hablar pausado del hombre de pueblo y la charla veloz de los habitantes de las ciudades estaban relacionados con su hábitat. El clima, el número de habitantes de una localidad, actúan sobre el andar y las costumbres de las personas. Así el paisaje del camino dejó de ser algo lindo para mirar y se transformó en algo interesante de donde aprender algo nuevo.
Al preparar el viaje anoté en la hoja de ruta los poblados, las ciudades y los pueblitos, los cruces de caminos. Sitios, estos últimos, donde quizás se instala una estación de servicio de expendio de combustible a cargo de jóvenes emprendedores y sacrificados. Pero que, con el tiempo, avanzan en años, y si no se van, forman una familia. Después viene alguien que considera oportuno instalar una gomería al lado de la estación de servicio. De esa forma se agrega gente a la zona del cruce. Un día pasa un extranjero y pregunta ¿qué lugar es ese que no figura en los mapas? Y los nuevos habitantes, algo orgullosos responden: “Villa El Cruce”. Y agregan: “donde crecen los mejores naranjales y limoneros más jugosos de la región”. Y casi no sorprenden al visitante, porque fue deteniendo, poco a poco, su marcha al percibir el aroma de los naranjos en flor, y descubrir las coloridas casitas multicolores al costado del camino. Realmente no es más que un caserío; pero la villa se inició a partir de una estación de servicio en el cruce de rutas. Y quizás el extranjero, un día, cansado de alguna ciudad atestada de ruido y actividades, piense en pasar nuevamente por la villa. Y descubra que no ha cambiado mucho y decida quedarse a vivir, justo allí; a pocos metros de la estación de servicio. Esto fue lo que aprendí a ver yo, el formoseño. Es decir, la transformación, el cambio, la metamorfosis de los lugares y las personas. Aprendí a observar que detrás de cada paisaje hay una historia, una evolución, una conjunción de vidas, que van entretejiéndose para dar lugar a un organismo nuevo, la comunidad que se forma y que da forma a su entorno. Así el paisaje que empezó siendo un verde valle entre colinas tapizadas de algunas flores amarillas, pasó a ser un caserío de paredes u techos de vistosos colores, con el valle cargado de naranjales y el aire lleno de exquisito perfume. Lugar en donde se destaca la estación de venta de combustible, circunscrito por el caserío y sus pobladores que, como les caracteriza, se sientan en el frente de sus casas para ver pasar los coches que, a toda velocidad, pasan por la carretera, o a los camiones que paran en la estación, así como a los ómnibus que hacen allí su parada cada tardecita, o cuando el sol baja y los pájaros regalan sus últimos trinos del día.
El formoseño sería sorprendido, lo fui ciertamente, igual que aquel extranjero, pues donde esperaba encontrar un cruce de rutas, hallé un caserío, y comprendí aquello de que los mapas, como los manuales, son no más que guías, apenas instrucciones para andar. No muestran todo y menos aún están actualizados. Ni el Google Herat es tan preciso, aunque se ven imágenes de poblados y ciudades. Así también fui sorprendido por los olores de los campos quemándose, o por una plantación de eucaliptos al borde de la ruta, transmitiendo paz con el ruido de las hojas moviéndose al compás de la brisa. Sin embargo, de antemano supe que lo permanente es el cambio, y tuve la mente abierta para disfrutar de esos desajustes entre lo perceptible al momento de andar por los caminos y la planificación a partir de un mapa, de un plano o de informes.
La motocicleta estaba a punto. Sabiendo que la distancia era importante, llevé al bi-rodado para un chequeo al taller de confianza. Le realizaron el cambio de aceite, cambio de una cubierta y de las pastillas de freno, etc., etc. Por recomendación de un viejo andante de las rutas le hice colocar, a las cámaras de las ruedas, un sellador y refrigerante. Era el toque de servicios que le faltaba,
El estado del tiempo es siempre inestable, y en días previos a la salida la temperatura se mostraba igualmente fluctuante, como el resto del año. De pronto estaba frío, y rápido volvía a ascender el mercurio en su columna. Ello implicaba que se debía estar preparado para ascensos y descensos rápidos de la temperatura. Parecía que aquello de que lo único permanente es el cambio… tenía su expresión más visible en las condiciones climáticas y estados del tiempo. Así se escuché decir, a los viejos, la repetida frase: “las cosas no son como antes…” Y quizás nada es sino cambiante, el propio sitio de residencia, las cosas, las personas están, de un modo u otro, en permanente metamorfosis. Cambios quizás imperceptibles o pocos visibles, pero cambios al fin.
Algo que buscaba, precisamente, era el cambio de rutina, el color diferente, el matiz, ese aire menos contaminado, ese silencio… que no es tal, sino sonoridad diferente, pues el rugir de los motores de los autos y ómnibus, el chillido de lasa sirenas de ambulancias o de coches patrulleros de la Policía, sería reemplazado por el monótono ruido del bi-rodado. Y al descansar, sólo el silbido del viento, las hojas del pasto meciéndose al son del viento, y si fueran eucaliptos, que arrullen al sueño del pasajero en rato de descanso. Y las chicharras, cuando el calor marque la cancha al subir en latitud, darían el color necesario, la nota adecuada; aportarían ese elemento característico que denota el verano como estación en las zonas subtropicales.
Había empezado la cuenta regresiva. Aún había gente que me preguntaba –como dudando- ¿te vas no más? Y la respuesta afirmativa volvía acompañada de una sonrisa. Primero me decían si lo había pensado bien, luego… me iban aportando ideas, consejos, un teléfono o una dirección. Algunos más que otros, veían en este motociclista esa suerte de tipo con esperanzas, ese loco que se anima y que hace lo mismo que nosotros quisiéramos hacer, pero que esperamos a ese primero… como cuando se inicia el baile y hay uno, o una, que se animan a ser los primeros, después es cuestión de ir acomodándose. Me dí cuenta que la duda de las personas no pasaba por distancias, sino por el hacer o no hacer algo. Más pasaba el tiempo y más descubría que las personas prefieren ver o leer un relato de viaje, en la TV o en una película proyectada en el cine y no tanto tener la experiencia en vivo del contacto con la naturaleza, con la realidad allí donde suceden las cosas. Como si esa proyección fuese más real que la realidad misma. Todo sucede en el relato a mayor velocidad que en la realidad. El personaje como el documentalista tienen tiempos breves para mostrar lo que quizás, transcurre en un periodo de tiempo más largo, como un año o diez. Se maneja la tensión, la intriga, el suspenso o se crea la pausa necesaria, eso que en la comunicación, cara a cara, puede ocurrir en periodos temporales muchísimos más extensos o breves. En el relato se puede intercalar, en medio de la acción actual, pasajes de situaciones pasadas o futuras, lo que da un sentido a la comunicación, permite clausura o delimitar los horizontes de sentido, mucho más que cualquier acotación que hagamos dentro de una comunicación cara a cara, dentro de la experiencia personal de ver un atardecer o descubrir el perfil de una ciudad cuando estamos recorriendo un camino. Esto que sabemos, conocemos, no siempre tenemos en cuenta. Y si bien, el libro, la película, el relato documental, el hipertexto pueden ser maravillosamente más creíbles, no deberían impedirnos participar del contacto con la realidad misma, por la experiencia directa de “todos” nuestros sentidos.
Conocedor de las hiperrealidades, por mi trabajo diario con la creación, con la imaginación, con la visualización de tantos cortos y juegos de computadoras, necesitaba ese aire fresco antes de ahogarme, tras las largas zambullidas dentro del monitor. Mi cuerpo era como un apéndice de la máquina y no la máquina una herramienta del ser humano.
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