jueves, 4 de julio de 2019

Los pasos de jaguareté michí (Cuento)

Conocí a “jaguareté michí” el día de su cumpleaños número ochenta. Su nombre es Dionisia y accedió a contarme algunas de las hazañas de las que participó durante la Guerra del Chaco. Ella las llama añoranzas.
Según sus familiares y amigos, ella, es esquiva a compartir sus recuerdos de la guerra del ´32. Aunque no era un hombre, participó de la guerra. No como soldado, sino a la par del ejército, curando heridas junto a los pocos médicos y enfermeros que había en el campo de batalla.
Cuando se instaló la guerra había que salir a pelear a esos campos donde el monte duerme la siesta arrullado por el sonido aturdidor de las chicharras. Y ella, cual felino, se movía entre el pajonal para llegar hasta algún doliente, hasta la posición de un herido que estaba desangrándose, enrojeciendo, aún más, esas tierras rojas, que se tornan blanquecinas, grisáceas, tras cruzar el río de las coronas.
“Así como la tierra cambia su color, después de que cruzas el río, así muta la vegetación, y también así, cambió la gente cuando en esa época de la guerra, cruzamos el río dirigiéndonos al encuentro del enemigo” -Explica Dionisia su transformación en jaguareté michí.
− ¿Y por qué dice que todo cambia al cruzar el río, doña Dionisia? -Le pregunto, aprovechando su buena predisposición para hablar.
− Mire don Roberto, usted es muy joven; pero habrá escuchado otras historias de esos tiempos. Algunos aún estamos vivos, pero yo no fui la única mujer en esos campos. Yo era una criada y vivía en la casa del coronel Sandro González. Su esposa, al momento de la partida de él a la guerra, insistió en que yo lo acompañara para ayudarle en las tareas, suponiendo que el comando estaría lejos de la zona de batalla. Pero no fue así.
− Y usted, doña Dionisia, ¿qué hacía en ese lugar? ¿cuál era su función? -Le pregunté, alentando su relato; pues sabía que le costaba referirse al asunto.
− Mire… lo que se podía. Pronto nos dimos cuenta de que volver era difícil. Y mucha de nuestra gente estaba allí. Algunos parientes, primos u otros de relación lejana, pero parientes, definitivamente… ¡Cómo no ayudar!
Una tarde, don Sandro me llamó aparte, y me dijo que estaba bien todo lo que yo estaba haciendo, pero que cada día le resultaba más difícil protegerme. Quería que me volviera a la capital. De hecho, más al sur, pues sus parientes estaban decidiendo trasladarse ante el avance del enfrentamiento armado. Reconoció mi valor. En general todos los hombres lo hicieron, pues empezaron a tratarme como un igual. No sé si por verdadero respeto, o por mi aspecto, mi apariencia física. Era yo chiquita, usaba el cabello muy corto, al ras del cuero cabelludo. Casi siempre estaba como agazapada, a punto de saltar, por eso el apodo que me pusieron.
Había heridos que venían del frente, mucha gente con dolor. Entonces, pedí que me asignaran a un puesto de avanzada, pues creí ser de más ayuda allí. Y me asignaron. Una vez allí me sorprendí… Varios de los que allí estaban, en el frente, al enterarse que estaba asignada en su lugar, se alegraron de conocerme. Resulta que muchos de los que en un momento estuvieron afectados por alguna herida, yo los había ayudado, y al recuperarse volvían al frente. Y ellos contaban cosas sobre mí. Simplemente les agradecí y continué con mis trabajos. Éramos unos cuantos los que entramos como voluntarios. Pocas mujeres, es cierto; pero ahí estábamos. La mayoría de nosotras, las mujeres, lo que hacíamos era cuidar a los varones chicos, a los mitaí, y ni bien estaban con cierta fortaleza, los mandaban a engrosar las filas de combatientes. Por suerte, esta guerra no duró tanto; sin embargo, fue lo suficiente para ver morir a muchos… [Doña Dionisia parecía algo cansada, pero al mismo tiempo le brillaban los ojos, se entusiasmaba a medida que afloraban, más y más, recuerdos].



− ¿Y qué hizo al término de la guerra? Supongo que ya no era una criada… -Le planteé buscando un poco más de aquella riquísima historia de esta mujer que celebraba sus ochenta años, y que estaba, como pocas veces, narrando su parte de vivencias de un pasado que muchos valoran y recuerdan en los actos públicos, pero que prefieren mantener en reserva en el ámbito privado.
− Y no… Habían pasado los años. Me hice mujer. Entré como una cuñataí, y era toda una cuñá, hecha y derecha, al salir. Mi aspecto cambió. Y no sabía hacer otra cosa que cuidar a los otros. Así que entré al hospital de veteranos de guerra. Estudié enfermería y continué con esos veteranos hasta jubilarme. De hecho, yo también era una veterana.
− No pudo, entonces, dejar la guerra atrás… -Comenté.
− Sí, y no. Porque formé una familia. Después vino la guerra civil y ayudé a cuantos pude desde otro lugar. Tenía la experiencia suficiente y asesoré a muchas mujeres y hombres. Esa pelea no valía la pena. Yo había visto el horror de la guerra en el Chaco, en los montes. La lucha se libraba a machete limpio y perdimos a mucha gente allá ité.
En el barro de esos campos quedaron guardados muchos de los míos. Gente de mi edad y otros, apenas unos mitaí, con toda una vida por delante cayeron ahí. Entre lodo y caraguatás, debajo de un guayacán, muchos de ellos, enriquecen las tierras de nuestro suelo. Sus nombres, quizás, se olvidaron; pero son honrados hoy en el monumento al soldado desconocido…    
Impotencia sentía, en esos tiempos, anga… La guerra es cosa fea don Roberto. Parece linda en esos libros que usted lee, en esas películas que pasan en el cine. Yo no las voy a ver. Ya vi demasiado.
− Entiendo… Pero allí, en la guerra, surgió <>. No hubiese surgido sino le tocaba ir. Sería, quizás, usted otra mujer ¿No le parece?
− A lo mejor… quizás sí. No reniego de mi vida. Aunque mucho quebranto me diera, mi vida es así porque me tocó vivir aquella guerra. Creo que es más lo que otros vieron en mí que lo que yo realmente hice. Pero me siento bien con eso de ayudar al otro. Fíjese que en tiempos de paz seguí… Me interné en el hospital y formé familia con el caraí don Estanislao. Él no fue a la guerra. Cuidaba los campos de los patrones. Estaba encerrado en medio de las vacas, con otro mitaí. Se volvió hombre allá en los campos arriando ganado, haciendo ladrillo, tareas de campo. Y después de la guerra lo mandaron a la capital para estudiar. Y fue a la escuela, sin embargo, enseguida se empleó en el hospital donde yo trabajaba. Lo trajo un médico, amigo de la familia donde trabajaba de mitaí. Así lo conocí. Me tuvo mucha paciencia, siempre. Nos hicimos buenos amigos y después novios. Yo no soy de carácter fácil; pero no soy mala. Soy firme. Hace una vida que caminamos juntos. Dejé de saltar como el jaguareté y andamos, lado a lado, paso a paso. El es muy paciente.
Mientras lo mencionaba se dio que don Estanislao llegó hasta nosotros. Sus miradas se fundieron y entendí que nuestra conversación debía terminar. Sus pasos fueron hacia la puerta de calle. La madura <> estaba cansada. La noche se presentaba calurosa, y casi no se movía el aire espeso y húmedo. El ruido de las calles del centro de la ciudad y las bocinas alejaban al trino de los pájaros y las chicharras, al silencio del monte y a las chicharras de las siestas de los campos de batalla que estaban, aun flotando en esa atmósfera de recuerdos. Se esfumaba la guerra y adquiría cuerpo el caos de la ciudad en movimiento. Las risas vinieron de la calle, una de las nietas saltaba, quizás como otra… jaguareté michí.
Pedro Buda 

Este cuento forma parte del libro <>. Descarga el libro gratis de bubok   

viernes, 21 de junio de 2019

LOS PASOS DE JAGUARETÉ MICHÍ Y OTROS CUENTOS

Imagen de portada 
La imagen de portada es una gentileza de mi hermana Silvia Carolina. Muchas gracias por tu contribución. 

Estimados cybernautas que visiten esta entrada les presento mi último libro publicado en Editorial Bubok. Más abajo les informo de qué trata el libro. Arriba pueden visualizar la portada del mismo. Se puede descargar en .pdf gratuitamente de la plataforma de la Editorial Bubok. Está disponible en Argentina, Colombia, México y España. 

El libro está conformado por cuatro cuentos. En Los pasos de "jaguareté michí" el personaje principal es una mujer que participó de la Guerra del Chaco primero como criada, ayudando al patrón, y luego curando las heridas de los caídos en combate. Luego se hizo enfermera tras la guerra.
En el cuento "Pe salvador… (Eduvigis)" doña Tomasina, relata las vivencias de una mujer (Eduvigis) que para acompañar a su esposo se rapa la cabellera y lo sigue al combate (bajo el nombre de soldado Fulgencio González). En una de las batallas su hombre muere en sus manos y ella sigue en combate hasta que la trasladan a la retaguardia y allí descubre la enfermera Tomasina que, en realidad, es una mujer.
 En el relato "Chiquito" también se narra sobre una mujer que se hizo pasar por hombre para participar de la guerra, pues no se les permitía hacerlo como soldados, sino como enfermeras. Con una participación destacada fue conocida por su menuda complexión que le valió el mote de “chiquito”. Pero eran sus dotes como curandera, chamán e inteligencia poco común las marcas más profundas que aún en la vejez conserva, en momentos que el periodista de un medio local la entrevista y es en ese contexto que se narran sus peripecias.


En "Silencios de la guerra" un comunicador entrevista a un hombre mayor que es arisco a compartir sus vivencias en la Guerra del Chaco. Sobre todo, porque no logra conciliar el sueño como quisiera, y se repiten, noche tras noche, una serie de pesadillas de la guerra. 



viernes, 7 de junio de 2019

Mis fotografías en tumblr


Puedes ver algunas de mis imágenes en tumblr. Solo tienes que seguir el enlace
Algunos de mis registros fotográficos los subí a este sitio y los comparto desde allí. 

miércoles, 26 de diciembre de 2018

10 años de estas huellas

Captura de pantalla 


El 20 de noviembre de 2008 publiqué la primera entrada de este blog <>. Hoy recuerdo con alegría que fue con el objetivo a de dar a conocer mis escritos, con una suerte de timidez aún, en esos primeros tiempos. Pues quién iba a leer mis cuentos, mis creaciones, eso que surge frente a una hoja en blanco, en la pantalla que simula la hoja... Pero ese camino, ese caminar fue dejando huellas y conocí otros caminos y otras huellas que me alentaron a seguir. 
  En otras entradas compartí enlaces a sitios que en estos años me permitieron compartir con sus lectores mis cuentos, mis escritos. Mi gratitud trato de expresarla siempre que me es posible. Nuevos sitios se fueron sumando a lo largo de estos años y mis escritos pueden ser leídos, y lo son, en otros sitios. eso me alienta a seguir, a creer en mis huellas, en lo que elegí hace tantos años atrás. 
Recién, hace unos minutos, releía un cuento escrito allá por 1992, cuando recién había llegado a Montevideo. Y me emocionaba a hacerlo. Porque no siempre recuerdas todas las partes que conforman un cuento en particular, más cuando pasaron 26 años del momento en que la tinta sobre el papel fue dando forma a una idea. 
  Me siento agradecido por el aliento de aquellas personas que me alentaron en esto de la escritura, pero también a los que intentaron desalentarme, que los hubo, pues eso me hizo tener más convicción, más fuerza, me ayudó, entonces también, a creer en mis huellas, por eso siguen aquí, tras 26 años de posarse en papel y tras 10 años de hacerlo en la red de redes. 
  Celebro este tiempo de navidad con nuevos significados para mi... Hubo un tiempo que fue de añoranza, de compartir con amigos, de celebrar nuevos comienzos y nuevas relaciones; pero desde hace unos años también es de gratitud ante la posibilidad de seguir, simplemente seguir, pues un accidente automovilístico pudo dejarme fuera de carrera, pero no lo hizo, y sigo aquí. Comparto con amigos, nuevas relaciones este camino, los invito a sumarse y construir juntos huellas. Aquella imagen que elaboré para lo que sería mi primer libro, era como lo que uno espera de la vida, o de lo que es la vida: caminos que se encuentran y nuevas huellas que surgen fruto de ese encuentro. Esas nuevas huellas inician por estos días sus "propias huellas". Y eso me entusiasma, me alegra, me reconforta, pues creo que voy aportando mi granito en este camino común.
  Espero para el año que viene más tareas, más trabajo, renovadas ganas de hacer cosas. Piso los 50 años y creo tener tantas ganas como a los 20 de hacer. Como cuando corría en el CTI -mientras me desempeñaba como auxiliar de enfermería-  al sonar la alarma del respirador que indicaba falta de oxígeno en el tanque. Sigo corriendo, aunque prefiero trotar, porque sé que con eso alcanza, y aún puedo hacerlo.
   Empezar un año nuevo siempre nos impulsa a creer que podemos renovar nuestras esperanzas, nuestra fe, nuestro compromiso con la humanidad y con nosotros mismos. Sí, pues si no pensamos en nosotros, no podemos hacerlo en gran medida en los demás, hay que quererse, construirse, crearse y recrearse para ayudar a mejorar el entorno, el mundo.
   Gracias a los lectores, que desde distintos sitios acceden a mis cuentos, por permitirme creer en que este camino de escritor es un camino tan válido como cualquier otro. Me reconforta leer sus comentarios en esos sitios, sus alientos, y saber que están ahí, del otro lado de la red, en alguna parte del mundo, pues cuando comentan me hacen saber.
                                                                                                                                  Pedro Buda
                                                                                                                                       
       
  

miércoles, 3 de octubre de 2018

El mejor amigo de Juan


Portada del libro: Variaciones sobre vientos


Lo que trascribo más abajo me fue narrado por Juan. Él deambula por la ciudad y, a veces, pasa a pedir comestibles por la puerta de la capilla. Yo tenía un chiche nuevo y quise probarlo. Me dijo que tenía una historia que compartir. Le pregunté si podía grabar su relato y me autorizó, entusiasmado. En realidad, en ese momento no sabia si usaría o no el material; pero resultó interesante.
Juan es un hombre al que le gusta leer y siempre consigue libros usados. Muchos le regalan viejos textos que no pueden vender. Así que ahí va. El producto de la comunicación mediada fue casi un monólogo de Juan, donde él da rienda suelta a su lunfardo y mezcla de expresiones en varios idiomas que le gusta usar cuando me cuenta sus historias.   
¡Buenas tardes Juan! ¿Cómo anda hoy? -le dije al verlo llegar con su paso cansino.
‒ Bien… Bien -contestó con voz entrecortada, por la emoción, según comprendí después.
‒ Sabe que le dejaron una manta. Lo trajo doña Eusebia, específicamente para usted. Hace una semana -le conté. 
¡Bien, bien! Nos viene al pelo… [Se refería a él y a su perro, al que llama Thor] Sabe… Le voy a contar lo que nos pasó la tarde del viento este, el de la semana pasada.
>Venía por la zona del ‘porto’. Y esta ‘coisa’ nos sorprendió. Empezó a volar cuanto ‘pelpa’ había en la ‘lleca’. Volaban cartones, plásticos de los carteles de las elecciones y hasta alguna chapa suelta.
Venía con mi amigo Thor de visitar a los viejos compas del ‘topuer’.
 Nadie nos arrimó un veintén. Los del ‘porto’ dijeron que la pesca anduvo mal toda la semana. “Brutta giornata…” Y a los ojitos estirados ni les pido. Esos comen perro asado, así que ni me acerco con Thor. 
>Las tripas de mi Thor y las mías parecían cantar… de tanto ruido que hacían.
Media hora después que empezó la ventisca Thor desapareció. Venía detrás de mí, como a veinte pasos, más menos. Me sujetaba de las paredes y entreabría los ojos para seguir el camino. La tierra y las pelusas jodían la vista. De pronto Thor se esfumó.
Pensé y pensé a dónde podía estar. Y me dije: el viento me lo trajo y el viento me lo quita. Si por eso lo llamé Thor. Pucha digo, cómo son las ‘coisas’.
>Lo llamé a los gritos... Lo busqué, lo busqué y na… No estaba en los lugares conocidos. No aparecía en las esquinas, ni en las entradas de los galpones, ni en las puertas de los bares donde paramos el ‘corpo’, la carne, cada día. Un agujero negro se lo tragó, pensé.
Las nubes se volvieron oscuras, negras. El aire quedó frío y húmedo. Me refugié bajo un alero, en los flancos de la vieja estación de trenes, en un rincón junto a una puerta abandonada, tapiada con tablones. Lo esperé toda la tarde. Desde mi posición podía otear hacia el sur como hacia el norte.
>Fue una interminable tarde gris. Una locura. Recordé cada día del tiempo transcurrido desde que empezamos a ‘patiar’ juntos… Muchos días y muchas noches compartidas, pucha digo. Tantos aguaceros que soportamos juntos. Y ahora, este viento maldito me encontraba más sólo que el uno. Recordé las frías noches de invierno, recostados junto al fueguito. Tantas cosas se comparten y no nos ponemos a pensar hasta que nos falta el ‘gomia’. Pasaron las horas. El tiempo se volvió interminable. La oscuridad lo envolvió todo. La soledad… Y como la publicidad del ‘pucho’ aquél: “La noche se cerró sobre la Bastilla…” No sé por qué me acuerdo de ese ‘faso’, de esa propaganda en la tele, de cuando yo tenía una, en blanco y negro. Quizás porque la situación se me antojó similar. Porque no siempre tuve ‘tirao’ che. No. Una vez tuve casa, mujer, laburo. Pero de eso hace más de un siglo, sabés. Otro día te cuento.
 ‒ ¿Y qué pasó después? ¿Cómo, cuándo lo encontraste a tu perro? Contame -le sugerí.
‒ Como te decía, no se podía ver más allá de los portones de la nueva estación del ferrocarril, que como sabes está a cien metros de la antigua y abandonada. La luz mortecina, de los faroles de la ‘lleca’, no ayudaban. Las ramas de los plátanos se movían y parecían manos de fantasmas. Espectros. El corazón me daba vueltas. Parecía que iba a dejar de ‘funcar’. 
>El viento seguía. Golpeaba con fuerza. Me cubrí con un cartón. Finalmente, me dormí. Me venció el cansancio. Mi amigo había desaparecido. Yo lo esperé, lo esperé y me rendí.
‒ Pero hoy, aquí, están juntos… -Le señalé, mirándolo a los dos. Juan y Thor estaban, uno sentado junto al otro, frente a mí.
‒ Sí… ‘Grazie a Dio’. Desperté en la madrugada, de esa ventosa noche, y Thor me lamía la ‘geta’, acurrucado a mi lado. Del lado que soplaba el viento.
Walter H. Rotela G.
                                                                                                                                      Pedro Buda
*Este cuento forma parte del libro: Variaciones sobre vientos

domingo, 2 de septiembre de 2018

Comunidad, escritura, lectura, mundo compartido





En esta entrada quiero comentar sobre la importancia que tuvo para mí, como escritor, como creador de ficciones, la posibilidad de dar a conocer mis textos por intermedio de distintas redes sociales, de sitios que divulgan los textos de escritores nóveles. 
   Hace algunos años atrás, cuando apenas inicié esta aventura de dar forma a este, mi primer blog Huellas de Pedro Buda - el formoseño, allá por el año 2008, unas amables personas, del otro lado de la red, desde algún lugar de España me sugirieron conocer la Editorial Bubok; luego, otros sitios para compartir mis textos. De allí en más se fueron sumando sugerencias y aceptaciones para publicar mis textos, en distintos sitios y revistas dedicadas a la escritura. Cada una de esas personas, todas ellas, todos los que están detrás de un blog, de un sitio en Internet, dedican un tiempo y ceden un espacio, generosamente, para que alguien como yo, llegue a otras personas. 
    Pasa el tiempo y se siguen sumando posibilidades para compartir. Y eso lo hace posible la comunidad. Comunidad que tiene significados distintos, pero convergentes en algún punto. Quizás no significados distintos, sino que adquieren posibilidades no excluyentes. Veamos... Están las comunidades cercanas en el espacio, las que son cercanas por afinidad de intereses, etc., etc. Y cada uno de nosotros, interactúa con ellas y se vuelve parte, de una, luego de otras y las relaciones crecen y se profundizan.  
      Nombrar todas las comunidades a las que conocí en este navegar por el cyberespacio, desde aquél noviembre de 2008 sería una tarea larga y una lectura aburrida para tí lector. Pero sí resulta importante ser agradecido, con todos en general. 
    Estos trabajos, estas tareas que asumimos, escritor-lector, divulgador-receptor, permiten que podamos sentirnos ciudadanos del mundo, de una manera u otra. Pues no siempre salimos a recorrer países y habitamos el territorio, el suelo, pero compartimos esta red, este espacio-tiempo.
        Juntos, amigo lector, cybernauta seguidor u ocasional visitante de este blog, de la red, conformamos esta comunidad, hacemos esta escritura, nuestra lectura, compartimos nuestro mundo.






            

viernes, 24 de agosto de 2018

Nunca mi memoria olvide


"La noche estaba fría y el invierno comenzaba a dar sus últimos golpes, la vida transitaba, como siempre. Las canas estaban ahí, entremezcladas, pero seguíamos dando batalla. La vida, sabíamos bien, se vive en cada instante, se goza, se transita. El gato que me enseñaste a querer esta aquí conmigo. Otra de tus enseñanzas" -así meditaba Estanislao, mientras los recuerdos le invadían las dendritas, cruzaban a otras y se transformaban en otros recuerdos, en experiencias nuevas y en vida, después de la vida. 
Justo frente a sí, veía pasar a aquella pareja veinteañera que caminaba por esa arena sobre el río, o sobre esa laguna donde celebraron ese "piquiniqui". Las bicicletas que los llevaban a encontrarse consigo mismos estaban oxidadas. Pero brillaban aquí, justo aquí, en esa porción de materia gris. 
Nada que reprochar se decía Estanislao, nada. Pues vivimos nuestras vidas a pleno, disfrutando cada momento. Y de eso se trata el vivir. Por eso, a media noche, cuando la música lo transportó a otros tiempos, le escribió una carta a su amor. Incluso le dibujó un título, lo escribió y lo llenó de recuerdos compartidos, lo impregnó de aromas, sensaciones, colores, temperaturas, miradas, sueños, deseos, vivencias compartidas, momentos felices y dolorosos. Lo llenó de todo eso que hace la vida. Pues la vida no termina con ese cambio de estado, simplemente muta, se transforma y adquiere una nueva forma, una significación.
La vida recién comienza... se decían a los trece años, lo repitieron a los quince años. La vida recién comienza se dijeron, nuevamente,  a los veinte años... La vida recién comienza... 
Así, Estanislao, recordó una nota que escribió algún tiempo atrás. En ella mencionaba que había cumplido con la promesa que le hizo a los veinte años... 



Siempre estarás en mí

Siempre estarás en mí fue el tema que puse, casi sin querer, en una selección de temas. Y qué cosa, hoy, como tantas mañanas, desperté soñando contigo.
Una vez, hace muchos años, te dije que siempre te amaría. Eso sigue siendo verdad hoy, más de 25 años después de que te lo dije. Frente a frente, cuando la pasión, el amor estuvo instalado en nuestros rostros, en nuestras manos, en nuestras vidas diarias.
No pude imaginar, entonces, que esto sería así, que sería verdad que te amaría de este modo que parece imposible. No importa si no soy correspondido, pero te amo desde lo más profundo de mi corazón. ¿Por qué? No importa, simplemente así lo siento. 
Creo que lo importante para mí, lo interesante es que dejaste una huella profunda en mí y eso es lo importante. Me marcaste y sigo pensando en ti, sigo soñando contigo, casi sin querer.
Cuando la vida conjugue nuevamente nuestros caminos te veré. Pero, hasta entonces, vale recordarte, vale soñarte, como ocurre, una de cada tantas noches o mañanas, cuando la vida me pesca con una sonrisa en los labios.
No importa que no estemos juntos, qué le puedo hacer. No diré más, pero ahí estás como un sueño, como siempre, aunque a mi lado no estés. Y cumplo, no sé cómo, ni por qué, con aquella frase que expresé sobre una hoja: “Nunca mi memoria olvide”.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...