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lunes, 10 de abril de 2017

El bicho del monte

Registro y edición de foto Walter Rotela 

La mañana estaba cerrada sobre los campos de pastoreo, el día que llegamos a orillas de las aguas del Gutiérrez. Avanzábamos a no más de 20 kilómetros la hora por esos caminos serpenteantes donde la piedra asoma filosa.
El sol tímidamente intentaba aparecer entre medio del espeso manto casi blanquecino que todo lo cubría. Como adormilados fantasmas se veían vacunos que, en aletargados movimientos, batían sus grandes fauces de donde emergía una suerte de vapor, si los mirabas de cerca; sin embargo, a la distancia su silueta aparecía desdibujada, provocando una rara sensación en el espíritu. Todo cambió conforme fue avanzando la mañana.
Tras sortear varios pasos de tranqueras llegamos al hogar de doña Rica. Una mujer rubia, de expresión sincera, afable y llena de vitalidad que no permite adivinar los años que lleva encima. Los perros fueron los primeros en aparecer, incluso antes de llegar al alambrado lindero. Sus ladridos despertaron a la pava  que se movía con cierta dificultad,  estaba atada de una pata a una roca por un cordel de tela . Supimos por boca de doña Rica que el estado de cautiverio era momentáneo, a fin de retener cerca a sus crías, pues de lo contrario se escabullen por el campo. Los cuidaban porque... algo raro andaba pasando en los montes cercanos.
Despuntaba el día y tras un rato de charla, bienvenida y de aprovisionamiento de agua para el mate, salimos a buscar el sitio donde acamparíamos el fin de semana.
Nuestro anfitrión y guía fue el Rubito, hijo de doña Rica. Un gaucho moderno que se desliza en motocicleta o en camioneta, dejando al caballo para tareas puntuales, como arriar el ganado. Aunque dicen los lugareños, que más de una vez se lo vio arriar montado en su motocicleta, con tal agilidad y soltura que, al verlo pasar dicen: "Allá va el Rubito montado en su tostado de fierro".    
El lugar, a orillas de la laguna, estaba tranquilo. Los pájaros aún no empezaban a trinar; pero poco faltaba para ello; según uno de los acampantes, vaqueano conocedor de las costumbres de las aves. El pasto estaba húmedo y el microclima del lugar estaba un tanto fresco. La pradera se veía pacífica. Unas vacas y unas pocas ovejas pastaban mansas. Nos miraban desconfiadas, cuando pasamos en los vehículos.
La mañana y la tarde pasaron de prisa. Las tareas propias de organizar el campamento, la comida, hacer el fuego y demás nos introdujo de lleno en la vivencia de un campamento, de una salida de pesca.
Mientras mis compañeros armaban las cañas, los aparejos y aprontaban una de las comidas del fin de semana yo salí a recorrer la zona en busca de capturar imágenes y sonidos. Busqué aves y sólo algunas pocas pude registrar. Pensaba que encontraría muchas más.
Al fin de la tarde, cuando el sol se escondía, apareció don Rubito, nuevamente. Venía acompañado de un amigo, el dueño del campo donde estábamos acampando. Entre mate y mate, o mejor será decir, entre mates y vinos, Rubito soltó eso del supuesto jabalí.
̶ En estos terrenos los perros, la semana pasada, corrieron a un jabalí enorme. Pero uno de los sabuesos murió embestido por el bicho del monte. Era uno de los mejores rastreadores que tenía –comentó Rubito, entre risa y bromas, aunque se mostraba apenado por la pérdida de uno de sus perros.
̶ ¿Un jabalí? –preguntó el vaqueano conocedor de las aves.
̶ Bueno... Eso creemos –dijo el amigo de Rubito, don Sebastián Cano.
̶ ¿Por qué creemos...? No están seguros –cuestioné.
̶ Bueno, a decir verda... No. Lo que pasa es que lo vimos de lejos. Era bruto bicho peludo. Al perro me lo mató ahí... –dijo, señalando un sendero en la orilla del frente de la laguna alargada, ante la cual estábamos de pesca. Taba oscuro −prosiguió− y la verda es que... La verda es que esa noche... habíamos carneado un corderito y lo regamos con varios claretes. Después, como andábamos encartados*, fuimos al pueblo y nos juntamos con unos peones a darle al truco... Cuando volvíamos en la moto, sentimos a los perros disparar hacia el monte. Puse primera y los seguimos pue. Los perros dieron vuelta pa un lado y pa el otro.
̶ De repente se oyó el ladrido lastimero del blanquito –relató don Sebastián.
̶ Entonces, no vieron bien al jabalí... Pero, ¿qué otro bicho pudo ser? –quise saber.
̶ Y como ser, pudieron ser varias cosas; pero de ese tamaño... no sé. Lo raro fue que le partió la cabeza al perro. Lo destrozó –aseguró don Rubito.




Como a las diez de la noche los amigos se fueron. Nosotros seguimos pescando y tomando algún trago más. Unos comieron un buen plato de cazuela de mondongo hecho en la olla, creada a partir de un antiguo calefón. El sonido del monte, las hojas mecidas por la brisa y el agua chocando en la costa era lo único que se percibía. Los mosquitos estaban ausentes. En eso se escucharon ramas que se quebraban. Pisadas y un sonido extraño: como un gruñido. Después... el silencio total, nuevamente. Ni un ave nocturna. Nada.
No hubo más pique esa noche. El cansancio nos venció. Fuimos a descansar. Me dormí profundamente. Pero algo me despertó. Algo parecía que se movía fuera de la carpa. Algo que rozaba la tela de la pared de la tienda de campaña. Adormilado pensé que quizás sólo era que alguno de los que dormía había movido la pared y eso incidía en el resto de la carpa. Me volví a dormir. En eso sentí un gruñido. Pasos pesados, lentos. Tenía la linterna próxima, al alcance; pero me costó reaccionar. El cansancio me venció y volví a dormirme.
Al día siguiente, mis compañeros de campamento encontraron unas huellas, pisadas en el barro junto al agua. Se dirigían por la orilla al oeste. No pudimos identificar a qué animal pertenecía. Caímos en la cuenta de que capaz se trataba del bicho del monte que seguía en la zona: libre, recorriendo su territorio.
La huella parecía como de un pie humano, pero era más corta y más ancha de lo normal. En la zona no hay monos.      
Pedro Buda
Walter H. Rotela González
                                                                                                                                                           2017

martes, 13 de diciembre de 2016

Puedo contar el cuento...

Estimados amables lectores, hoy quiero compartir algo que escribí hace unos años atrás. No es un cuento, sino una versión de algo que sucedió pero que es narrado casi como un cuento. 
La historia es real, me sucedió a mí, y desde entonces, la vida tuvo un nuevo sabor. Disfruto cada despertar, cada amanecer, cada atardecer, vivo con mayor intensidad. 
Sin más vueltas les dejo este relato...

Imagen realizada por Tega


 Despertar de una larga siesta  
                                                                     31 de diciembre

Una tarde que parecía noche o una noche que no parecía tanto, cómo saberlo cuando estás un tanto dormido y un tanto despierto.
 Primero debo decir que descubrí, me descubrí, acostado en una cama en medio de una gran habitación. No era el único ocupante de la sala. Había otras personas, pero no era un hotel. Era una sala de un hospital o sanatorio. Pronto recordé que estaba o tendría que estar en un sanatorio. Apenas me podía mover, sentía los pies, podía mover los dedos bajo las sábanas. Había luz encendida todo el tiempo, acepté que era de noche.
Una enfermera me observó de lejos y se acercó: hola, estás despierto –dijo. La miré sonriendo y contesté afirmativamente.  Ella se dirigió a la enfermería que estaba enfrente y trajo una gasa, me limpió los labios o me los mojó, no sé bien el objeto de que me pasara la gasa húmeda. Supongo que eran mis primeras gotas de agua. Pues me dejó un vaso y me aclaró: cada tanto te vamos a mojar los labios, pide cuando necesites más. 
Como no sabía bien donde estaba ni la fecha le pregunté a la mujer vestida de blanco. Ella contestó: es miércoles 31. Miércoles 31 de diciembre, y estás en CTI. Al fin despertaste. Quédate tranquilo que tus familiares en un rato más vienen a visitarte. A veces esperan afuera, pero vienen todos los días –me aseguró.
Quise seguir preguntando: ¿desde cuándo estoy aquí?, ¿porqué no recuerdo algunas cosas?, y un largo etc. Pero parece que todo tiene su tiempo y debía esperar. Miré las sábanas blancas y el paso tranquilo de otros enfermeros que pasaban por allí y me dije: esto es como ir al municipio, se requiere mucha paciencia para esperar y ser atendido, para escuchar las explicaciones de los funcionarios o para entender todas las vueltas que dan para hacer un simple trámite, en fin: para cumplir su horario de trabajo y recibir un salario por ello.
Poco a poco se llenaban las sinapsis de preguntas y al mismo tiempo surgían, como a borbotones, imágenes… que no eran las respuestas.  Estas visiones no eran muy coherentes pero allí estaban. Otras cosas que pasaban eran muy elocuentes y muy lógicas. Eran entendibles y por mí notadas, observadas desde mi particular y especial punto de vista, es decir, desde la posición de decúbito dorsal sobre el lecho de la cama frente a una de las entradas del salón, que supe era el Centro de Terapia Intensiva, más conocido como CTI.  Era lo que me explicó la enfermera y no tenía porqué dudar al respecto.
Sentía la garganta como seca, tenía escalofríos, y algunas cosas más. Era claro que aún estaba sin poder controlar mi temperatura corporal, pues de a ratos tenía frío y, súbitamente, sentía calor. Las sábanas estaban casi sueltas y no habían frazadas a la vista.
Recordaba haber tenido un accidente, que había chocado contra una camioneta, pero no estaba claro desde cuándo, cuanto hacía que había ocurrido eso. Lo importante parecía ser que estaba vivo. Cada enfermero que ingresaba a la sala preguntaba si yo era el del accidente en moto del 24 o preguntaba: ¿cómo te hiciste las fracturas? Sentía los dos miembros superiores vendados y algo de dolor, para lo cual me explicaron tenían calmantes y bastaba que les pidiera para que ellos me aplicaran una dosis...
Había despertado, ¿pero cuánto había dormido? Simplemente esperé que las cosas fueran pasando, alguna cara conocida vendría en algún momento. Alguien vendría, mi esposa, alguien… No estaba apurado, pues parecía que todo estaba bajo control, no el mío, pero estaba bajo control.  
Al lado había dos personas más en sendas camas, sobre albas sábanas como las mías. Uno de ellos, que alcanzaba a ver, pues estaba en la cama inmediatamente seguida a la mía, a mi izquierda, tenía la cabeza vendada. Tenía los pies muy pálidos, como fríos, quizás como yo los tenía también, aunque no los veía, a los míos, por estar tapados todo el tiempo.
Esto era interesante, estaba en un CTI como paciente, no como enfermero. Estaba viendo el mundo desde el otro lado del mostrador. Era toda una experiencia que fui investigando, fui razonando dentro de lo que pude. Pues por momentos surgían unas imágenes que eran confusas, extrañas. No parecían tener sentido, parecían películas proyectadas sobre la pared o los techos. Algo andaba mal. Pero no quise preocuparme por eso. Sin embargo, algo de duda se fue colando por el poco foco de razón que me parecía tener en ese momento. Dejé o quise dejar los pensamientos a un lado e intenté cerrar los ojos. Aunque quienes se acercaban decían: “Por fin despertaste”. No sabía qué contestar. Sentía que me despertaba de una larga siesta.
                                                                                                                          Pedro Buda 2010

jueves, 30 de abril de 2015

Don Orosindo

   A raíz del hallazgo, en una fotografía, de la imagen de una persona que caminaba por un bosquecillo que corre paralelo al río Cebollatí es que inicié la búsqueda de esa persona. "¿Cómo?, ¿de qué trata este relato?" –Estas podrían ser las expresiones del lector que se aventure a leer este texto. A él o ella, debo explicarle, que días atrás, al mirar unas fotografías tomadas en el interior de un bosquecillo que corre paralelo al río Cebollatí, en Uruguay, descubrí la presencia de alguien que, al momento de tomar la foto -de eso estoy seguro- no estaba.   
   En la mañana que paseaba por el bosquecillo la luz del sol se colaba entre el tupido entretejido de ramas, en forma de inclinados haces. En determinadas partes creaba un haz muy interesante, agradable. Permitía ver tanta gama de verdes que era como una explosión de color. El aire estaba algo húmedo, fresco, cargado de olores a tierra húmeda.
   Realicé varias tomas de ese mundo verde. Y digo "mundo"porque al interior del bosquecillo la atmósfera era otra, el silencio, los aromas... Todo era muy diferente al afuera, a la costa sin árboles, al camino de acceso.
   Haciendo compras en un pueblo cercano, conocimos a un lugareño que nos sugirió otros lugares para visitar, también a orillas del Cebollatí.  Como intercambiamos números telefónicos y direcciones de correo, tras el hallazgo de aquella imagen de una persona en la fotografía, lo contacté.
   El carnicero, de nombre Elías, respondió muy rápido a mi correo -apenas una hora después de enviarle mi primera nota. Lo que me contó superó mis expectativas.
   En su epístola Elías decía: 
                  "Estimado Pedro, supongo que el hombre que vio, perdón, cuya imagen registró su                     cámara, no es otro que el Don Orosindo.
                  Hace años que está desaparecido y suponíamos que vivía en los campos. Alguien más                 comentó, hace algún tiempo atrás, que creyó ver a una persona caminando a orillas del  
         Cebollatí, con sombrero de ala ancha y una bolsa colgada a la espalda.
                 Don Orosindo, hace unos siete u ocho años atrás, tuvo una gran decepción amorosa. Es o            era, el estanciero dueño de grandes superficies de campo, por cuyo interior corre libre el                   Cebollatí. Pero después de aquella desilusión desapareció. No se despidió, ni nada que se le                 parezca. Se lo tragó la tierra –decían los lugareños.
                Hoy que usted cuenta esto que vio, debo decir que coincide con el relato de esas otras                     personas  que vieron a un hombre bajito, de sombrero. Son las señas particulares de él. Es    
        decir, el viejo, aunque no pasaba de los cincuenta y pocos, era muy bajito, muy curtido por el            sol y el aire del campo, de las sierras. Andaba siempre a caballo y por ahí esa chuequera tan              característica de él.  Esto último lo ponía como una persona más baja que lo normal.
              Me temo, estimado Pedro, que usted fotografió nada más y nada menos que a don Orosindo.               Y  es  la prueba de que sigue vivo, vagando por los campos, sus campos.
             Espero estos pocos datos le sirvan para aclarar sus dudas.
             Respetuosamente lo saluda Elías.
            P. D.: Cuando pasen por estos lares, seguro que, si me avisan, les tendré algún carpincho pa´            ustedes".  
   No tengo, de momento, más que creer en los datos, en las referencias brindadas por Elías. Lo cierto es que las fotos con esa persona allí, en ese bosquecillo, son las únicas pruebas que dispongo.  

 Don Orosindo caminando






 Otra vez Don Orosindo en las sendas  








Don Orosindo alejándose 

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