miércoles, 12 de mayo de 2010

Cuento: Es la vida





   Sobre el gran camión de leña, unos flacos hombres cargan unas canastas de mimbre. Cada una representa, al estar totalmente lleno, unos cincuenta kilos de leña. Desde la mañana temprano ellos han estado cargando y descargando partes de árboles... Algunos son ya veteranos en este oficio, otros han ingresado a la actividad para agrandar sus ingresos de peones o como estibadores del puerto.
   En unos se nota un cansancio que parece ser mayor que el de la carga y descarga de leña. Entre tanto suena fuerte en la radio sus músicas preferidas, unas cumbias y unas salsas que le dan ánimo o no. Pues una de las letras de las canciones habla de que la mujer de alguien lo engaña y ello da motivo a que varios de los muchachos le gasten una broma a otro, al casado del equipo de peones. Éste no responde de momento pero se queda pensativo. Ellos lo invitan a salir esta noche. Todo esto ocurre mientras aparece una mujer mayor, la encargada de la barraca, mientras no está su esposo. Ella trae un plato con tortillas de harina y pan. Les habla tranquilamente, con tono de madre y luego les insiste para que coman algo, antes de seguir. El joven casado saca un celular del bolsillo y hace una llamada, intenta hablar con su esposa. Esta parece no responder y uno de los muchachos, que mira de reojo, apoyado en un poste cercano le dice: “No responde he, debe estar con el otro. No te preocupes, mientras vos trabajás siempre hay alguien que te la cuide a la patrona... Es como dice la canción...”
   El casado lo mira como para darle una trompada y en eso interviene la dueña: “Che... a ver si siguen trabajando”
   La mañana sigue, y en pleno almuerzo, sobre las dos de la tarde, el hombre vuelve a llamar a su esposa y esta vez le dice, al tener respuesta, que la quiere. Pero agrega: “Esta noche, no me esperes temprano, voy a salir con los muchachos. Hace tiempo que me invitan y siempre digo que no. Nos vemos mi amor...”
   Los muchachos retoman la tarea y pronto, sin tregua ninguna, llega la noche y el final de la jornada. Todo el mundo se prepara para salir, aunque es día de entre semana. Sin embargo, los jóvenes que trabajan en esto de la leña, los peones, siempre están prontos para salir, la media de edad ronda los veinticinco años y es tiempo de salida, no es otra cosa que juventud...
   Cuando están todos bañados y prontos para salir el viejo patrón les dice: “Cuídense, mañana hay mucho para hacer y usen lo que ya saben...”
   Todos salen y bromean por la calle hasta llegar al bar de la esquina que es el primer lugar donde pararan en la noche, hasta llegar al encuentro de las chicas de “La Libélula”... Donde la noche será corta, pues a las cuatro todos deben partir, y en un par de horas deberán levantarse de sus camastros en la pensión de la barraca, para acarrear, en sus hombros, las varias toneladas de leña encargadas en la semana, y que todos esperan, porque el frío se ha hecho sentir con todo su rigor.
   El casado, tras beber unas cuantas copas quiso volver a la casa; pero los compañeros insistieron y lo llevaron a “La Libélula”. Y cuando se dio cuenta eran las tres menos cuarto. Corriendo salió hasta su casa y abrazó a su esposa. El sol repuntó lento por la ventana y subió por las mantas de la pareja. Ella lo abrazó y él sintió el olor amargo de su propia boca, el licor y la sonrisa de aquella mujer de la Libélula que lo había abrazado hasta sacarle la mitad de lo ganado en la jornada. Se levantó de un salto y se baño, sin decir palabra. Luego de cepillarse varias veces los dientes se acercó a su mujer y la besó mientras le dijo: “Esta noche vuelvo temprano amor”.
   -Bien –respondió ella, adormilada todavía.
   Ese día, todos lucían como siempre, pero el casado parecía diferente. En la radio volvió a sonar aquella canción de la tarde anterior y los muchachos dijeron: “Anoche tuviste tu revancha viejito, ¿no?” Ahora podes dormir tranquilo, que si te pusieron las cornetas ya las devolviste...
   El casado simplemente siguió trabajando e hizo que no escuchó. Pero se sentía terriblemente culpable, pues no sabía si su mujer le había engañado o no, pero estaba seguro que él sí lo había hecho. Estaba cansado por demás y mal humorado. Esa mañana a nadie habló mucho. Sólo respondía a la gente que venía con su vehículo a buscar leña personalmente, y éstos, le regalaban alguna propina. Es anoche iría a su casa, con su esposa. Él la amaba y seguiría durmiendo con ella. No importa lo que había pasado, eran cosas de la vida.  Nada comentaría y nada preguntaría. Es la vida – se dijo. Es la vida –se repitió.
                                                                                                                                   Pedro Buda 2007
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