domingo, 21 de febrero de 2010

Cuento: Posible milagro de entrecasa


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Esto que voy a relatarles le sucedió a un amigo sacerdote, hace algunos años atrás. En ese tiempo él tenía treinta años. Hacía muy poco que ejercía su apostolado. Desconocía sobre hechos similares a lo que le ocurrió.
Sucedía que cuando partía la hostia consagrada, la que iba ofrecer como el cuerpo y la sangre de Cristo, en forma de pan y vino, notaba un pequeño movimiento en el platillo de las hostias.
Al principio, restó importancia a lo que parecían movimientos. Pero días después de la primera vez, volvió a ocurrir nuevamente. No en forma sucesiva, pero sí periódicamente, sin ser las veces iguales en tiempo e intensidad.
Generalmente, la gran cantidad de feligreses le impedía prestar atención al movimiento, pero ocurrió que una vez sí. Durante una celebración de entre semana –durante las cuales hay pocos fieles-, un poco obsesionado con aquél movimiento observó todo el tiempo que pudo el platillo. Para sorpresa suya: el movimiento que percibía era real. Sus ojos le impedían dudar.
Los fragmentos en que dividía la hostia, tras un breve paréntesis, se unían de nuevo, esto hasta instantes antes de que, efectivamente, los volvía a tomar con las manos para cumplir con el acto de la comunión.
Aunque sorprendido, no dio, en principio, mucho crédito a sus ojos. Sin embargo, lo reiterado de su percepción del movimiento lo llevó a controlar más atentamente esa parte de la misa.
No comentó con nadie lo que consideró un hecho cierto, un suceso. Pero, sin embargo, siguió ocurriendo y no lo convencía la idea de que podría ser un juego de la imaginación o un mal funcionamiento de sus sentidos. Pues consultó a varios médicos sobre su estado de salud y particularmente sobre su visión, y el diagnóstico indicaba que se encontraba en perfecto estado de salud.
Entendiendo que era realmente algo importante, pero que también era algo no fácil de contar y explicar, aunque fuese a cohermanos de la comunidad, decidió que lo haría.
Para asegurarse de que no era un estado de demencia consultó a un psiquiatra amigo, y a una psicóloga con quien trabajaba. Ambos le dieron evidencias de su buen estado de salud.
Para tener alguna prueba fehaciente del citado acontecimiento que se estaba convirtiendo en algo cada vez más común en sus celebraciones, instaló una pequeña cámara en una zona que quedaba disimulada ante la vista de los fieles. La cámara registraba exactamente la porción del altar donde estaba el platillo donde depositaba las hostias consagradas. De este modo filmó varias misas y luego de seis intentos logró cumplir con su objetivo. Logró filmar el momento en que se unían las porciones en que dividía la hostia grande consagrada, y su posterior separación al momento de tomarla.
Con la prueba en mano sintió seguridad. Pero no lo contentaba totalmente, pues podrían pensar que era un truco fílmico y que buscaba algún tipo de notoriedad. Pues ya se sabe que un caso de tales características provocaría, inmediatamente al saberse la noticia, un gran revuelo periodístico, y sería acechada su parroquia por periodistas y por los jerarcas eclesiales que le exigirían respuestas y hasta su cabeza. En fin, pasaría su lugar tranquilo a ser parte de un mercado de vendedores ambulantes. Su idea de dar a conocer lo que sucedía le asustaba. Temía que se convirtiera en circo, aquello que era tan hermoso como manifestación divina.
Juntó todos los datos que disponía, pues había creado un documento donde guardaba las evidencias y sus pensamientos al respecto, como detalles de los hechos. Era algo bien simple, pero igualmente raro.
Intentó mostrar el suceso que ocurría en sus misas y por ello invitó a sus cohermanos a concelebrar en varias oportunidades. Para ello además instaló otra cámara para registrar los rostros de ellos al momento de celebrar.
El platillo lo cambió varias veces al igual que la disposición de los platillos, pero sin embargo, el hecho continuaba sucediendo. Para todo esto habían pasado varios meses.
Ahora, junto a sus cohermanos advertidos de que estuvieran atentos al momento de las ofrendas, celebraba una misa -con la filmación de la misma por sus ocultas cámaras de video. Llegó el momento esperado y lo que tenía que suceder ocurrió. Los sacerdotes que lo acompañaban notaron el movimiento, sus rostros denotaron su sorpresa; pero sus gestos continuaron todo lo rutinario que podían. La consabida actitud natural de siempre, marcó la imagen que proyectaron ante los fieles.
Las únicas que registraron fielmente los hechos, tal cual sucedieron, fueron las cámaras.
Tras el final de la misa los celebrantes se reunieron en la casa parroquial.
El párroco invitó con whisky a sus cohermanos y presentó las cintas de video y el caso completo.
Luego de cierta pausa, comenzó diciendo: “estamos ante lo que podríamos denominar, si ustedes lo permiten, un milagro de entrecasa”.
P. B. 1996
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