domingo, 21 de febrero de 2010

Cuento: Metamorfosis de la que nadie nunca habló



Sola en su cuarto una mujer lloraba taciturna y ansiosa, mientras fumaba el resto de vida, de un atado de cigarrillos. Era el último de la última caja. Mientras miraba el cigarrillo y el humo gris inundando el cuarto, dijo: “se va como el agua entre las manos.”
Sus ojos estaban rojizos, por la irritación provocada por el humo del cigarrillo; por el vacío de sus días, de esos años que pasaban como su cuerpo, tristes y aburridos, pesados y sin gracia, muy lentos.
Los sueños se agotaban cuando empezaba la mañana, en ese anunciarse tímido de la noche transformándose en día, en el abrupto y estrepitoso trino de los pájaros -que nunca percibía y que sin embargo siempre estaba ahí. La continuación del día era como la sucesión paulatina de la tarde, lenta pesadilla de monotonía sin fin. Trabajo hecho con desgano y sin esfuerzo, pero con el tedio de lo rutinario, con la idea fija de vivir un drama de telenovela donde los personajes principales fuesen la susceptibilidad y la agobiante rutina diaria.
Esta mujer estaba entregada a vivir por vivir, en un tiempo que pasaba como las gaviotas, rápidas, resueltas y cumpliendo un ciclo, pero de lo cual ella nunca supo. Su educación era clara a ese respecto: nunca mirar más allá porque es pecado, ni querer crecer más. Vio partir sin embargo a los abuelos y con ellos el sueño de realizar el viejo juramento de Hipócrates.
Por extraña razón alzó la vista y vio como el humo subía, envolviéndose sobre sí mismo hasta el techo, donde percibió telarañas amarronadas por el polvo. Desvió la vista hasta la ventana y observó, extrañada, al judío cuya figura se perfilaba en otra ventana, la del baño que estaba enfrente. Intentaba bañarse a esas trasnochadas horas, algo anormal, pero no para él, pues su demencia senil lo acompañaba desde hacía unos años. Para bien o para mal, él estaba allí, seguramente, para enseñar a quienes lo conocían sobre lo incontrolable del destino humano. También logró divisar la oscura noche, fría y sin luna, que apreció confusa y cerrada, tal vez producto del vino añejo de la cena.
Volvió la mirada sobre el cuarto sombrío y descubrió el espejo. Era rectangular, sujeto en su base a una porción de madera tallada, que semejaba un par de patas de león, y por arriba terminaba en una cabeza y garras de lechuza. Los ojos de la lechuza brillaban, inexplicablemente, como titilando y desafiantes. Se paró frente al espejo, que le devolvió la imagen refleja de un cuerpo grueso... Se quitó la amplia blusa, casi con un dejo de rabia, apresurada. Luego dejó caer la pollera, después siguió con los zapatos y quedó en ropa interior y su cabello rubio suelto, todavía peinado.
Se apartó un tanto y se contempló largo rato, como quizás nunca lo había hecho y como nunca lo haría otra vez. Después... se desprendió de lo último que quedaba y con una expresión de frustración, de delirio, con los ojos desorbitados y las cejas fruncidas, lo tiró, como a los zapatos, fuera del alcance de su vista, a un costado de todo, de todos...
Brotaron de sus ojos, ahora hinchados, un torrente de lágrimas, una catarata de líquido transparente como el sinovial, que mojó sus grandes senos, que como el producto de su llanto estaba tibio. Calientes los pechos que a nadie dieron de mamar, y los pezones erectos como los de una amante ardiente, pero en este caso por el frío, por el implacable reflejo del espejo, que devolvía la imagen de todo aquello que prefería ocultar, aquella desnudes de cuerpo y alma. Era más de lo que podía soportar.
El humo la cubrió y la envolvió en un tul blanquecino -de aquellos usados para la confección de vestidos de novias-, que la fue transformando, cambiando. Todas aquellas formas del exceso fueron mutando. Su cuerpo fue afectado por una metamorfosis que la dejó, al fin de una y otra vuelta, transformada en otra forma humana, diferente a la anterior. Indescriptiblemente diferente, lo antes voluptuoso era ahora elegante y delicado; era una copia fiel de la modelo de la tapa de la revista Mujer, que sale los domingos con el diario más popular del país.
Sus senos -antes grandes y flojos- eran ahora firmes, justos y delicados, y sus caderas tan anchas antes, ahora, redondeados, sugerentes, atrevidos y cubiertos por una piel de verano, sin grasa, sin celulitis. Sus ojos, sin embargo, no habían cambiado. Estaban enrojecidos, pero su semblante era extraño. Sí, efectivamente, aquella mujer cubierta por el humo, por la seda, no era la misma, su sonrisa sardónica y su expresión desafiante, no eran la de la noche que terminó, sino la de la modelo de la revista que era tapa del domingo. Pero de ello nadie nunca habló, no se supo del evento, y el cajón permaneció cerrado durante la brevedad del velatorio. El nombre inscripto era el de la mujer que fumaba cigarrillos negros -el cuerpo era el de la otra- el de aquella que ocupaba el cuarto esa extraña noche gris.
Pedro Buda
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