domingo, 21 de febrero de 2010

Cuento: Muerte en el callejón


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(Imagen W. Rotela)


Eran las 2 o 2,30 horas de la madrugada de un lunes. La atmósfera a ras del suelo y hasta unos metros por arriba estaba inundada de una particular mezcla de olores: tabaco y pegamento, además, el penetrante olor a pescado. A todo ello, por si fuera poco, se agregaba el olor del Tanino usado en las curtiembres de la zona. El conjunto provocaban un nudo de anillos aromáticos, que aunque separados estén, son poco agradables.
Un solitario caminante nocturno, algo taciturno y somnoliento, volvía al hogar o tal vez sólo vagabundeaba por las veredas poco iluminadas de la calle, de doble mano, casi desierta, con sombrío aspecto siempre, por la gran cantidad de árboles frondosos que la habitan y circunscriben, como únicos testigos mudos de la vida y la muerte que allí transcurre.
Los árboles dan en general un aspecto sombrío a la poco transitada calle, pues sus enormes troncos y sus ramas semejan manos de innominados seres aflorando desde lo profundo de la tierra, que los tiene sepultados y ya perdidos para siempre de la luz. Luz rojiza, anaranjada, de los faroles que irradian casi un tinte de sangre por doquier. Todo lo transforma esa luz.
El errante andarín, sin prisa marchaba aquella noche, como tantas otras; pero su marcha se detuvo cuando, además de los pestilentes olores, notó un grito desgarrador, proveniente de algún lugar cercano.
Acudió presuroso, pero desconfiado, temeroso, con el corazón acelerado, que manaba sangre a todo el cuerpo y con ella altas dosis de adrenalina -que le despertó los sentidos, le hizo transpirar las manos. Así llegó hasta las proximidades.
La curiosidad lo carcomía, y aunque valiente se sintió, también le acudió el miedo a lo desconocido, y se aferró a la pared, como para sostenerse, como para ocultarse, confundirse con las sombras de la sucia pared, gris del humo de los autos. Sigiloso aproximó el rostro, la mirada, a la arista de la pared que conformaba la esquina. Espió el más allá poco iluminado, más oscuro aún. Su corazón latió con más fuerza; sus ojos se iluminaron; se abrieron al máximo sus pupilas; sus órbitas prontas estaban a salirse de sus cavidades, y un grito quiso escaparse de su boca, pero su mano rápidamente apagó todo indicio que delatara su presencia.
Un gato maulló al final de la calle sin salida. Surgió lento como un lamento, pero se perdió en el silencio y en la oscuridad que todo lo cubría. Otro gato saltó de un tejado a una pared, muy acrobáticamente; pero ninguno se quedó a mirar.
Un conjunto de harapos, ropas sucias eran atravesadas una y otra vez por un filo sin nombre, cortante, punzante, en manos blancas y finas, delicadas y medianas, que sobresalían de la manga de un grueso tapado negro y largo. Eso era lo que veía, atónito y paralizado aquél hombre de la esquina.
Los ojos enrojecidos –como las luces de la calle- irritados, llorosos y los labios fuertemente apretados podían, sólo apenas, contener la desesperada y humana impotencia, ante el macabro hecho, del singular modo de partir al más allá, del portador de los viejos sacos, ahora perforados y manchados por la rutilante sangre que brotaba cual agua de manantial de entre las rotas prendas.
Yacía el cuerpo caliente aún sobre el empedrado frío, y sobre él, el alma, que desde arriba veía su cuerpo mutilado y al criminal de medias negras y peluca rubia, que guardaba el arma blanca en un pañuelo albo que lo sujetó con el portaligas, a la altura de la cadera.
Creyente o no, era su espíritu el que observaba su propio cuerpo cubierto de harapos, flaco, escuálido y sangrante, que manchaba aquellos trapos y el negro adoquín, así como también al asesino y al hombre que era testigo mudo. El espíritu vio entonces, al transeúnte reaccionar y correr despavorido, tropezando con cien baldosas sueltas del Mon Rou, con pernoctantes –compañeros a los que ya no volvería a tratar.
Los árboles, centenarios de esperanzas, soportaban el paso de un par de gatos que, de rama en rama, saltaban y maullaban al unísono, por segunda vez en la noche, pero eran ellos otros seres que nada sabían de estos hechos.
El asesino, parado frente al cuerpo aún caliente y sin vida pronunció: “¿Por qué tuviste que decir lo que dijiste?”Como arrepentido, volvió a decir: “¿Por qué lo hice?”.
El cuerpo no respondió, no se movió; pero la sangre siguió brotando lenta, paulatinamente. Se fue contrayendo sobre sí mismo, poco a poco, y sobre la negra-rojiza sanguinolenta piedra.
Una estrella se agregó a la noche y, sin embargo, el cielo no sería más cálido, mas sí frío, húmedo y nauseabundo.
El caminante se cansó de correr y en una alejada esquina se detuvo, se aproximó a otra pared y con los brazos a la altura de los hombros se apoyó, luego optó por acercarse a un árbol próximo y allí dejó escapar de sus labios el dolor, la furia y la impotencia, el odio y fragmentos de la improvisada cena.
Los tacos del asesino eran finos, más no tropezó con baldosa alguna, y no cayó sino sobre su cama que perfumada esperaba a su dueño, amante de la noche, y ahora iniciado asesino sin rostro. Aniquilador de otro trozo de vida sin rostro desde hace demasiado tiempo, tan desaparecido de la sociedad como ahora, pero aún vigente en las calles y callejones.
El rostro sin vida del hombre de harapos, la sangre, el quejido eran una serie interminable dentro del cerebro del criminal, y, también, dentro del sueño del ocasional testigo, caminante nocturno, que vio la muerte en el callejón.
Pedro Buda
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