domingo, 21 de febrero de 2010

Cuento: Basta un minuto

*Dedicada a Olguita, una enfermera universitaria, que tras ver a su prometido morir en un CTI, perdió deseos de seguir luchando.

Esa mujer sentada en la vereda, mojada por la lluvia, repite monótonas dos palabras. Una y otra vez, como un rosario, como una plegaria, como un lamento. Al menos, eso me parece a mí.

Vos, yo, nosotros todos pasamos por enfrente, un poco más aquí o más allá. Ninguno entiende bien qué dice. ¿Importa acaso? Tal vez, sí. ¿Quién sabe?

Aquella mujer es una más en nuestras calles del Mon Rou, mire uno por donde mire, sin importar por dónde. ¿Pero alguien se pregunta, acaso, por ella o ellos?

Sus vestiduras no parecen muy distintas a las de tantos otros, sin embargo, poco a poco, se van deteriorando más aprisa que las de cualquiera. Ella cuida cada prenda, pero irremediable, las inclemencias del tiempo; la exposición continua a la intemperie, destruye. Los agentes exógenos, la lluvia o el viento, marcan su paso.

Juana que pasó por el frente la reconoció, mas no se animó a inquirir el por qué de su permanencia en ese lugar. Pasaron los días y la casualidad llevó a Juana a pasar por el mismo lugar. Casi había olvidado que fue sorprendida por aquella visión.

Esa mujer que mostraba fatiga y sueño, de muchas noches, proseguía su meneo y su canturreo monótono. Era, sin lugar a dudas, su ex compañera de trabajo. Estaba sola y en el mismo lugar que la vez anterior.

Algo impedía a Juana acercarse. No sabía qué, y no se preguntó tampoco. Simplemente no lo hizo. Tal vez la vergüenza, el no saber cómo encarar la situación de entablar una conversación con alguien a la ves conocido como extraño. Por un lado era su antigua compañera, y por otro, una marginal...

Nosotros, cualquiera de nosotros, quizás nos preguntamos por esas personas por que las vemos desde lejos y no nos involucramos, pero qué cuando las conocemos de otros tiempos... Cómo reaccionamos. O lo que puede ser peor: si la situación de vivir en las calles nos toca a nosotros que hoy miramos…

A veces vasta un minuto para que todo cambie. En realidad, todo cambia, constantemente. Así, ahora llueve y un minuto después ya no lloverá. Incierto es el futuro, y el presente, cuantas veces también. Lo cierto es que, Juana, prosiguió su camino, con cierta cosa adentro, en el alma o en el corazón. Como un dolor o un nudo en el mediastino anterior. Ella sabe, realmente sabe, realmente dónde, solo que es preferible, a veces, fingir que uno no sabe.

En fin, pasaron varios días más y el corazón sintió latir con fuerza Juana. Era algo inusitado, algo le preocupaba, eso era fácil de deducir. Pero... ¿qué? En fin, no se animó a admitirlo. Era bochornoso.

Dos días más pasaron y fue toda precipitación y coraje. Ya no llovía, el sol iluminaba las calles de Mon Rou. Todo estaba brillantemente iluminado, las calles secas y el aire fresco. Todo invitaba a pasear. En pocos minutos alcanzó el lugar donde antes había encontrado a su antigua compañera de trabajo. El sitio exacto era la mitad de una cuadra larga, justo al lado de un frondoso árbol. Desde la esquina atinó a observar, con mucho detenimiento, de lado a lado, la mitad de la cuadra a donde se dirigía. Pero nada vio. Tras largos y fatigosos pasos, cuesta arriba, alcanzó la mitad exacta de la cuadra, el sitio donde estaba el árbol.

Su cuerpo agitado se tornó rojizo y el corazón latió presuroso. La respiración de Juana se hizo superficial y rápida. Quiso tranquilizarse, entonces, se apoyó en el tronco y miró al suelo, del otro lado había algo que le llamó la atención. Apenas se veía desde la calle, era una cruz de madera añosa, estaba clavada en el trozo de tierra visible, detrás del tronco del árbol. Segundos después, le faltó el aire y se desplomó.

Juana iba con todo el deseo de ayudar a su antigua compañera, pero las cambiantes circunstancias de la vida la encontraron, tras un minuto... tendida bajo la sombra del frondoso árbol y, en los brazos de su ex compañera que, trataba de socorrerla al tiempo que le decía: “te vi pasar hace unos días, qué bueno que volvieras a pasar”.

-“Yo también me alegro, Olguita...”-respondió la amiga.

Pedro Buda
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