domingo, 30 de marzo de 2014

Reportaje: Al Trote

Para leer la nota completa, escuchar el audio de la entrevista con Félix Ruíz y ver las fotos registradas el 30 - 03- 2014 en la zona del Prado visita Huellas de Pedro Buda - Comunicador
Ni la lluvia detiene a los deportistas





Después de correr es importante volver a realizar ejercicios de estiramiento






jueves, 27 de marzo de 2014

Cuento: CAMARADA FOTÓGRAFO

Esto es lo que se escuchó mientras conversaban unos hombres en el ómnibus la mañana siguiente al partido.
̶  ¡Vio lo que pasó anoche camarada oficinista!
̶  Sí, lo vi camarada peón. Lo vi por la televisión.
̶  Una cosa de no creer… cómo el camarada policía arremete contra el camarada fotógrafo.
̶  Bueno, pero es un camarada fotógrafo…
̶  ¿Y? ¿Qué tiene que ver?
̶  ¿Y no sabe? Los camaradas fotógrafos no son lo mismo que los otros camaradas…
̶  ¿Por?
̶  Los camaradas fotógrafos portan cámaras…
̶  Sigo sin entender…
̶  Las cámaras son un arma, camarada. Son un arma.
̶  No entiendo camarada oficinista. Es como decir que usted, camarada oficinista, tiene por arma su maquinita de escribir y su corbata.
̶  Pero le digo que el camarada camarógrafo porta un arma, la cámara. ¿Cómo va a mostrar lo que hace el camarada policía?
̶ Sigo sin comprender, camarada oficinista. No veo yo un arma en una cámara. No comprendo ¿cómo un camarada trabajador, que lleva una cámara, esté haciendo algo malo? Explíqueme usted, camarada oficinista.
̶ No hay nada que entender, nada, camarada peón. Usted dedíquese a lo que hace, y nada más camarada. Usted haga la mezcla, alce los baldes y punto, camarada. No hay nada para pensar.
̶  Pero…
̶  ¡Pero nada!, camarada peón. Pensar es cosa de otros, no de los camaradas peones, tampoco de nosotros los camaradas oficinistas, pero vio. Usted es peón, camarada. Yo, soy oficinista. Cada cosa en su lugar. Ahora, le digo: el camarada fotógrafo portaba una cámara de fotos.
Pedro Buda
El país del nunca jamás- Año 2.424 después del mundial 


lunes, 10 de marzo de 2014

Cuento: LA SILLA DEL PESCADOR FANTASMA

A orillas del río San José, sobre un costado de la ruta 45 y del puente que lo cruza, puede verse claramente una silla reposera. Está algo herrumbrada, lo que es un claro signo, de por sí, del paso cierto del tiempo. Lo marcan además las tiras rotas que antaño sujetaban a alguien sentado allí, y que miraba su caña, su línea de pescar y la otra orilla.
Todo el que viene mira aquella silla, pero nadie la quita del lugar, nadie la corre, nadie dice nada. Ese silencio cómplice tiene su punto de origen en una leyenda que circula en las cercanías del río, a orillas del puente y un poco más allá. No todos conocen bien el relato. Muchos menos son los que pueden testificar que el caso es cierto.  Pero la leyenda está presente y, después de unos vasos de buen vino, algún lugareño accede a contar. Pero no fue como yo me enteré del asunto. En realidad fue de otro modo.
Había visto en una primera incursión al lugar unas hermosas plantas de higo. Quise volver por algún fruto y lo hice, pero fue más que eso lo que encontré. Hallé a un experimentado hombre de campaña, de unos setenta años, conocedor de mil historias del lugar y que en su bicicleta andaba recolectando algunos higos maduros para comer en el momento. Lo hizo, compartió esta historia y algunas más; luego se subió al biciclo y prosiguió su rutina diaria.
̶  Vio la silla que está al lado del puente –me dijo cuando le conté que había visitado el lugar.
̶  Sí, una herrumbrada, que está en un claro junto a la entrada –contesté.
̶ Bien, esa silla está ahí desde el verano del ’76…
̶ ¿Tanto tiempo…?                              
̶  El tiempo es relativo mi hijo, el tiempo es relativo… o no leyó lo que dijo Einstein… La expresión me sorprendió y calé que el hombre no era un tipo cualquiera, un simple labrador, un gaucho, lo que era previsible pensar al mirar su bombacha, boina y alpargatas que llevaba bien calzadas. Su bicicleta de media carrera era vieja pero en un muy buen estado. Supe que debía escuchar atentamente lo que tenía por contar.
El hombre mayor era una especie de Quijote, aunque bien cuerdo, muy lúcido, pero su apariencia escuálida daba una impresión que se caía al verlo manejar su cuchillo de larga hoja, de mango de madera que lucía tan añosa como su portador.  
̶  ¿Así que vio la silla? –continuó. Mirándome fijamente a los ojos cuando habló.
̶ Sí, la vi. Y pensé, en un primer momento, que podría ser de alguno de los pescadores que estaban en las cercanías. Pero, al mirarla más detenidamente, me pareció que estaba allí desde cierto tiempo. Sin embargo, nadie la tocaba. Andando por la orilla también vi una caña de pescar, de esas comunes de caña silvestre que sale a orillas de esteros o lagunas, con su tanza y un anzuelo, escondida entre arbustos, pero visible a simple vista. Sin embargo, nadie la tocó. Y ninguno que estuviese pescando tenía por qué esconder una cañita, pero me pareció claro también, nadie toca lo que no es suyo, al menos en estas orillas.
̶ Así es jovencito… Perdón, pero comprenderá que a mi edad, sea usted un jovencito…
̶ Bien… pero no me cuezo en el primer hervor… -nos reímos juntos y mostró una sonrisa tranquila, calmada, con mucho de sabiduría, de años vividos…
̶ Mire… esa reposera está ahí después que el cuarto hijo - de los ocho- de doña Genoveva y don Tránsito, el Lito, fuera a pescar una tarde de Semana Santa, dicen que un viernes, y no volvió. 
̶ ¿Y qué le pasó?...
̶ Ahora le cuento… -dijo esto al tiempo que cortaba unos higos que estaba sacando de una de las tres higueras del lugar. Sólo sacaba las maduras y las comía, como quien apetece una golosina después en la media tarde.
Resulta que el Lito fue a “pecar”… ¡qué digo! Fue a pescar… Bueno, la madre siempre dijo que fue un pecado el ir un Viernes Santo a pescar. Por eso lo menciono. Ese día doña Genoveva fue al templo a participar de las ceremonias religiosas y cuando volvió el Lito se había marchado a la costa del río. Era tiempos difíciles esos.
̶  Tiempos de noches oscuras…
̶  Eso… bueno, pero ¿quién sabe? Lo cierto es que  el Lito fue con su caña de pesca y llevó también su escopeta WINCHESTER, calibre 12. La tenía impecable. Yo la vi varias veces en su casa junto con su padre, don Tránsito. Se cuenta que vio un ciervo y no aguantó, dejó la caña ahí, la silla y se largó a cruzar el río a nado. Llevó su escopeta en alto y fue a perseguir al venado.
̶ Pero el hombre era cazador, conocía la zona, supongo. Es raro que se perdiera, por ejemplo.
̶  Bueno, ahí está la cosa… Quizás no se perdió, sino que lo perdieron… no sé si me entiende.
̶ Sí claro… ¿Así que desde ese día no se lo volvió a ver?
̶ Así es. Y la silla quedó allí nomás. Nadie la ha quitado en todos estos años. Doña Genoveva nunca quiso venir a ver el lugar. Don Tránsito se acercó un día, una siesta y se sentó largo rato allí mismo mirando la otra orilla. Después de ese día nunca más volvió y nunca más volvió a ser el mismo. El Lito desapareció como si le hubiese tragado el monte. Y se sabe que los Viernes Santos la pesca es buena en esta zona, pero no otro día más. Por eso, a esa silla que usted vio le dicen: “la silla del pescador fantasma”.
̶ Interesante historia… -le dije, al tiempo que el hombre subía a su bicicleta con luz delantera y gato trasero.
̶ Lo es. Pero no es cuento, pasó hace tiempo y muchos no quieren hablar del asunto, pero a la silla nadie la toca ¿vio?
Pedro Buda
Walter Rotela

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domingo, 23 de febrero de 2014

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domingo, 16 de febrero de 2014

Qué encontrarás en el libro “Líneas Paralelas – Relato de viaje”


Principalmente “LíneasParalelas – Relato de viaje” está compuesto por la narración de lo que fue un viaje en motocicleta; partiendo del planteo de hacerlo, de un sueño que, un 2 de enero, se volvió realidad.
El protagonista relata ciertas circunstancias del viaje pero, al miso tiempo, se cuestiona sobre el mismo acontecimiento, sobre lo que significa viajar, aventurarse a andar los caminos, una suerte de búsqueda de lo que hay afuera pero también en el interior de quien realiza el trayecto, pues lo que ve estará impregnado de su particular modo de ver. Invita, entonces, a una búsqueda más allá de lo que es posible percibir con la mirada.
Quien relata deja claro que le gusta escribir, que ese es su pasatiempo, su trabajo, remunerado o no.
Una pregunta se fue instalando, una suerte de desconfianza que se transformó en esperanza: “¿Con esa motito pensás recorrer esas distancias?”
El relator nombra a su motocicleta “Black Horse”, lo hace desde que comienza a improvisar monólogos que sólo él escucha y le permiten romper la monotonía de un viaje en solitario.  
El relato hace hincapié en lo que el motociclista va encontrando en el camino, las impresiones que recoge de lo que ve y lo que charla con la gente lugareña.
Acompaña al relato un conjunto de imágenes reunidas en un archivo .pdf https://drive.google.com/file/d/0B1NAm8TSs7VMTDJkV1gtMTl0bTg/edit?usp=sharing, las cuales también pueden verse en el sitio del autor: http://www.pebuwar2.blogspot.com/2010/05/tercer-dia-de-viaje-parte-i.html

Walter Hugo Rotela González
Opinión de un lector
Comentario:
Muy interesante, Pedro, un viaje que al final te conduce al interior de ti mismo. Muy bien redactado. Saludos y mi voto.
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viernes, 31 de enero de 2014

Cuento: La Playa

El sol estaba terminando su recorrido, al final de la tarde, suavemente bajaba hacia la inasible línea del fin. Justo Bustamante podía ver ese momento, cada tarde, de cada día.
El trabajo de Bustamante se desarrolla dentro de una cabina de fibra de vidrio que está sobre la costa de la bahía, a escasos cien metros del agua, entre cientos de contenedores apilados, cuidadosamente, uno encima de otro, en grupos de tres ó cuatro, pocas veces más que eso. El perímetro está cercado por un tejido de tres metros, encima del cual hay tres hileras de alambres de púas y un rollo de otros alambres, igualmente con miles de puntas afiladas.
La Playa, que es como llaman al predio donde están los contenedores, parece desierta, tranquila. Nada más lejos de la realidad. Dependiendo del momento, torna su aspecto de aparentemente y total tranquilidad a bullicioso y vertiginoso movimiento.
Justo Bustamante oficia de vigilante en La Playa.  No es el único, hay tres cabinas más, donde en periodos de  ocho ó doce horas, hombres-ojo vigilan. Su turno inicia a las ocho de la mañana y se extiende hasta las ocho de la noche.
La cabina es el refugio de este hombre-ojo, su refugio, su protección. Pero muchas veces lo siente como su calabazo o prisión. Cuando ese es el sentimiento que aflora, su cuerpo se manifiesta con palpitaciones, sudoración fría, temblores u otras cosas. Pero él permanece firme en su puesto. “Necesito el trabajo” -se repite una y otra vez.
Cada vez con más frecuencia siente estos ‘síntomas de algo’ –como él lo dice, al hablar solo dentro de la cabina.
Cuando el sol está expresándose en toda su furia, Justo tiene la posibilidad de extender un pequeño toldo, que permite generar un poco de sombra. Sin embargo, en verano, las piedras que conforman el pavimento bajo sus pies, como aquellas que están sueltas, están muy calientes y no parecen terapéuticas, sino hirientes. Parecen brazas y apenas el freso aire que viene de la bahía apacigua los ánimos.
Hace como seis meses que se repite con mayor asiduidad y fuerza el conjunto de ‘síntomas’ que manifiesta Justo. Fue  a registrarse la tensión arterial varias veces en la última semana y no acusó hipertensión, ni hipotensión. Sintió, por varios días, que la nuca y la cabeza entera estaban a punto de estallarle. Al mismo tiempo, el corazón parece salírsele del tórax. No entiende nada.

Tres meses atrás creyó que se desmayaba, que perdía el conocimiento. Cuando apreció que se recuperaba del desvanecimiento ‘vio’ -o creyó ver, no lo recuerda bien-, en medio de las aguas del río-mar, emerger un pequeño submarino. Fue solo un instante y  desapareció. Ocurrió como a las seis de la tarde, poco más o menos. 
Estaba por finalizar el turno de trabajo cuando sobre la superficie del agua, bastante cerca de la costa, al final de una larga fila doble de contenedores, vio aflorar, de debajo del agua, un objeto esférico. Al menos eso le pareció.
El compañero del turno ese día, como es su costumbre habitualmente, llegó diez minutos antes. Justo no sabía si informarle o no de lo percibido. Podía tomarle por loco o por enfermo. Esto último era algo que se notaba, no era necesario ser un experto. Justo, cada día ofrecía un aspecto de mayor cansancio. Había adelgazado varios kilos en los últimos meses, al punto que llevaba tiradores para que los pantalones se mantuviesen en su sitio. El sueldo no le permitía comprarse prendas de vestir nuevas como precisaba. Los tiradores eran la solución.
La tarde-noche en cuestión Justo se quedó mirando hacia el agua, por entre medio de las filas de contenedores. Esto llamó la atención de su compañero Atanasildo.
̶  ¿Te pasa algo Justo? –preguntó Atanasildo.
̶  ¿Por…? –respondió, sin dejar de mirar al agua.
̶  Estás extraño. Hace quince minutos que deberías haberte ido y sigues ahí, con la vista fija en esa porción del río-mar. ¿Qué viste?
̶  Nada… o algo. No sé.
̶  ¿Nada o algo…? ¿Qué respuesta es esa?
̶  Lo que pasa es que dos veces vi algo en el agua. Como una esfera. Surgió una cosa redonda como una pelota, ni grande ni chica. De un color como de foca o marrón, no sé bien. Hay como 100 metros hasta la costa, hasta el borde del agua, y fue un poco más allá, adentro. No se distinguía bien por el sol, pues el agua queda como un espejo a esa hora. Pero fue eso justamente lo que me permitió notar la diferencia, lo oscuro y esférico, distinto de lo plano y plateado del agua.    
̶  En estas zonas no se avistan ballenas, pero alguna que otra foca  se ve. Algunas pueden ser grandes, pero no tanto. No creo que lleguen lobos marinos, pero puede darse el caso, de hecho algunos se han visto muertos aquí. Sí los hay más al este o al sur del río-mar.
̶ Sí, pero no tienen forma esférica. En el diario –creo- leí que existen contrabandistas que usan naves así para transportar drogas.
̶  Vi un informe en la televisión también sobre un caso en Perú, creo. Quizás fue en el Amazonas o en el Nilo… ¿quién sabe? Entiendo entonces tu preocupación. Estaré atento.
̶  Gracias por entender. Ver eso y estar solo aquí… Los otros compañeros no lo tomarían enserio. Pero lo vi.
El turno de Atanasildo estuvo muy movido. Llegaron dos barcos, con escaso tiempo entre uno y otro. Las grúas pequeñas, como las grandes, se movieron toda la noche. Descargando y cargando a toda velocidad. La Playa, iluminada, parece un hormiguero, visto desde lo alto de una grúa portuaria. Parecen moverse al compás de un tema de jazz. Improvisación y coordinación. El tiempo exacto en cada momento. Jugando cada cual a su tiempo, entrando justo para hacer un solo o producir una tarea armónica. 
Una luz le pareció ver a Atanasildo, en la misma dirección señalada por Justo. En medio del agua. Pareció sentir como un tintineo al tiempo del leve destello, casi imperceptible. Podría ser un bote. Recordó lo comentado por su compañero de cabina. En eso, la luz volvió a encenderse y, tan rápido como apareció, desapareció. Dejó de mirar en otras direcciones y se ocupó solo de esa zona. Esa sobre el agua, al final del largo corredor entre los contenedores.
Atanasildo, como los otros guardias, debe vigilar desde su cabina y sin alejarse de las mismas. Los hombres-ojo deben vigilar el predio. Sin embargo, sobre la superficie del agua, algo se movía, algo emergía de las profundidades y luego desaparecía. Ocultándose a la sombra de la larga fila de contenedores se arrimó a la costa. A cincuenta metros se detuvo. Veía claramente lo que pasaba. Volvió a la cabina.
̶ Ser o no ser… -repasó las líneas tan conocidas de Shakespeare. ¿Qué hago? –pensó y dijo, en voz baja, por 5 minutos largos, muy largos. Decidió llamar por radio y dar aviso a sus compañeros y al supervisor, a quien nunca vio, sino solo escuchó por radio, alguna que otra vez.
La noche, de pronto, se tornó calma. Bajaron las luces y el movimiento se fue apaciguando, enlenteciéndose el ir y venir de las grúas con los contenedores. Seguramente los buques estaban con casi todo su cargamento acondicionado. Los papeleos, en general, conllevan más tiempo que el de la descarga y carga de los navíos.
No habían pasado cuatro minutos desde que dio aviso de lo percibido, seguía mirando el agua, allá al final del largo corredor entre los contenedores.
̶  ¡Atento Atanasildo! ¡Atento Atanasildo! –chilló el radio-transmisor del hombre-ojo. La voz lo asustó, pues sonó estruendosa en medio de la quietud que se avecinó, poco a poco, con el paso de los minutos. Enmudeció por unos segundos… eternos.
̶  Aquí Atanasildo –al final tartamudeó el vigilante. El sudor le corría por la espalda. La luz intermitente, a ras del agua, permanecía.
̶ ¡Escuche… Atanasildo! Usted no debe abandonar su puesto de trabajo. ¡Oyó! -se escuchó fuerte y claro la voz del supervisor en el radio-transmisor del hombre-ojo.
̶ Comprendido –atinó a responder el vigilante. Quiso agregar algo pero intuyó que no era conveniente.
̶ Usted debe permanecer –continuó diciendo el supervisor- en su cabina y ver desde allí la zona de contenedores. Lo que pasa fuera de La Playa no es su jurisdicción. No es su jurisdicción, me entendió.
La esfera y la luz titilante se avistaron varias veces más en un espacio de tiempo largo, indeterminado. Meses. Y con una frecuencia de dos veces por semana o una. Pero la orden era clara.
El malestar, los temblores, la tensión aumentó en el caso de Justo Bustamante. Pero eso terminó, noventa y un días después del primer avistamiento. Los nervios, el estrés o vaya uno a saber qué, paralizaron el lub dub en el centro de su caja torácica. Y nadie se percató del asunto, sino hasta el cambio de turno. En la cabina del hombre-ojo, Justo parecía mirar –pues tenía los ojos abiertos- hacia el final de la larga fila de contenedores, donde se vislumbraba… el agua. El sol del atardecer no volvería a encontrarse con su mirada, como cada tarde, de cada día.
Pedro Buda
(Walter Rotela)
                                                                                                                                   2013 
Cuento registrado en Safe Creative. 

  

domingo, 26 de enero de 2014

Líneas Paralelas

Lineas Paralelas-Relato de viaje” mi último libro publicado en Bubok está siendo, supongo, cada vez más leído, a juzgar por las veces que se descargó gratis de la plataforma de Bubok España. Me emociona, cada semana, constatar que el número de veces descargado aumenta. Hasta el 26 de enero de 2014 registra 41 descargas en España, 2 en Argentina y 4 en Colombia.
      Por otra parte, “Huellas de mis pensamientos”, también en archivo .pdf y descarga gratuita, en Colombia se bajó 17 veces, también 17 veces en México, 17 veces en Argentina, 17 veces en España. Éste número me parece un misterio por su coincidencia; pero quizás son líneas paralelas de descubrimiento de este relato de viaje.
       Desde mi blog “Huellas de Pedro – el formoseño” deseo agradecer a la comunidad de lectores que confía en mí y descarga el relato. Espero sea de vuestro agrado lo que encuentran y les sugiero, que visiten el sitio https://docs.google.com/file/d/0B1NAm8TSs7VMTDJkV1gtMTl0bTg/edit?pli=1 para ver algunas imágenes captadas en el transcurso del viaje. Disculpen que las imágenes no sean de la mayor calidad, pero me pareció que era una forma de reunir el material completo en un solo archivo. Sin embargo, en este mismo blog están publicadas las imágenes con una mayor calidad.

        Gracias a la comunidad de lectores de cualquier parte del mundo que llegan hasta “Líneas paralelas” o hasta “Huellas de mis pensamientos”.
       Caminos hay y caminos se hacen, por eso comparto el prólogo del relato de viaje: “Líneas Paralelas” pues sintetiza, lo más relevante del relato, sin mostrar lo fundamental, para que sea el propio lector quien lo descubra. En esa visión que es la mía, pero que se hace de quien lee, al momento de compartirla, adquiere significados diferentes… Y allí reside la magia de escribir y leer, pues no es otra cosa que reescribir, con esas imágenes que creamos en cada párrafo.
Prólogo
“Esto que van a leer es el relato de un viaje en motocicleta. Como tal tiene partes de la realidad y  asomos de la imaginación. Pero en gran parte busca entretener y mostrar una sección del universo, ese que hay en las rutas y pueblos que unen dos ciudades: Montevideo –capital de un país- y Formosa –capital de una provincia. Entre ambos hay pueblos donde conviven personas con creencias y acciones de vida particulares y comunes.
Durante un mes y medio el viajero y relator del trayecto realiza los preparativos para concretar lo que primero fue un sueño.
En el transcurso del viaje conoce personas y lugares con quienes establece una suerte de comunicación que le resulta más intensa de lo que imaginó.
Cada cartel indicador de las distancias lo acerca al destino y lo separa de su punto de partida; pero cuál es su punto de partida y de llegada o, en todo caso, cuál es su punto de partida y de regreso es la pregunta que va aflorando en el transcurso de ese movimiento entre líneas paralelas. Dos líneas albas delimitan la porción del asfalto pero son dos líneas telefónicas, también, la que lo mantienen unido a esos puntos de principio y fin, a sus familiares, en ambos extremos de la ruta.  Pero surgen más en esa comunicación que luego deviene en esta escritura sobre el alba superficie del papel o su imagen en la pantalla del monitor.
Espero les resulte agradable su lectura y despierte en ustedes el interés por realizar un viaje de esas características. De hecho, encontré mucha gente viviendo las mismas experiencias y fue agradable compartir con ellos un rato de conversación o una cerveza.”

Extraños ruidos; La casa de al lado; El perfume de Ernestina; La rosa; Torres y cúpula de una iglesia o; El ciudadano Nº; Metamorfosis, de la que nadie nunca habló; Parte de su cerebro; Muerte en el callejón; Basta un minuto; Comunicaciones; Posible milagro de entre casa y Relatos breves-menos los esperan a los lectores amigos en “Huellas de mis pensamientos”. 


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