lunes, 10 de marzo de 2014

Cuento: LA SILLA DEL PESCADOR FANTASMA

A orillas del río San José, sobre un costado de la ruta 45 y del puente que lo cruza, puede verse claramente una silla reposera. Está algo herrumbrada, lo que es un claro signo, de por sí, del paso cierto del tiempo. Lo marcan además las tiras rotas que antaño sujetaban a alguien sentado allí, y que miraba su caña, su línea de pescar y la otra orilla.
Todo el que viene mira aquella silla, pero nadie la quita del lugar, nadie la corre, nadie dice nada. Ese silencio cómplice tiene su punto de origen en una leyenda que circula en las cercanías del río, a orillas del puente y un poco más allá. No todos conocen bien el relato. Muchos menos son los que pueden testificar que el caso es cierto.  Pero la leyenda está presente y, después de unos vasos de buen vino, algún lugareño accede a contar. Pero no fue como yo me enteré del asunto. En realidad fue de otro modo.
Había visto en una primera incursión al lugar unas hermosas plantas de higo. Quise volver por algún fruto y lo hice, pero fue más que eso lo que encontré. Hallé a un experimentado hombre de campaña, de unos setenta años, conocedor de mil historias del lugar y que en su bicicleta andaba recolectando algunos higos maduros para comer en el momento. Lo hizo, compartió esta historia y algunas más; luego se subió al biciclo y prosiguió su rutina diaria.
̶  Vio la silla que está al lado del puente –me dijo cuando le conté que había visitado el lugar.
̶  Sí, una herrumbrada, que está en un claro junto a la entrada –contesté.
̶ Bien, esa silla está ahí desde el verano del ’76…
̶ ¿Tanto tiempo…?                              
̶  El tiempo es relativo mi hijo, el tiempo es relativo… o no leyó lo que dijo Einstein… La expresión me sorprendió y calé que el hombre no era un tipo cualquiera, un simple labrador, un gaucho, lo que era previsible pensar al mirar su bombacha, boina y alpargatas que llevaba bien calzadas. Su bicicleta de media carrera era vieja pero en un muy buen estado. Supe que debía escuchar atentamente lo que tenía por contar.
El hombre mayor era una especie de Quijote, aunque bien cuerdo, muy lúcido, pero su apariencia escuálida daba una impresión que se caía al verlo manejar su cuchillo de larga hoja, de mango de madera que lucía tan añosa como su portador.  
̶  ¿Así que vio la silla? –continuó. Mirándome fijamente a los ojos cuando habló.
̶ Sí, la vi. Y pensé, en un primer momento, que podría ser de alguno de los pescadores que estaban en las cercanías. Pero, al mirarla más detenidamente, me pareció que estaba allí desde cierto tiempo. Sin embargo, nadie la tocaba. Andando por la orilla también vi una caña de pescar, de esas comunes de caña silvestre que sale a orillas de esteros o lagunas, con su tanza y un anzuelo, escondida entre arbustos, pero visible a simple vista. Sin embargo, nadie la tocó. Y ninguno que estuviese pescando tenía por qué esconder una cañita, pero me pareció claro también, nadie toca lo que no es suyo, al menos en estas orillas.
̶ Así es jovencito… Perdón, pero comprenderá que a mi edad, sea usted un jovencito…
̶ Bien… pero no me cuezo en el primer hervor… -nos reímos juntos y mostró una sonrisa tranquila, calmada, con mucho de sabiduría, de años vividos…
̶ Mire… esa reposera está ahí después que el cuarto hijo - de los ocho- de doña Genoveva y don Tránsito, el Lito, fuera a pescar una tarde de Semana Santa, dicen que un viernes, y no volvió. 
̶ ¿Y qué le pasó?...
̶ Ahora le cuento… -dijo esto al tiempo que cortaba unos higos que estaba sacando de una de las tres higueras del lugar. Sólo sacaba las maduras y las comía, como quien apetece una golosina después en la media tarde.
Resulta que el Lito fue a “pecar”… ¡qué digo! Fue a pescar… Bueno, la madre siempre dijo que fue un pecado el ir un Viernes Santo a pescar. Por eso lo menciono. Ese día doña Genoveva fue al templo a participar de las ceremonias religiosas y cuando volvió el Lito se había marchado a la costa del río. Era tiempos difíciles esos.
̶  Tiempos de noches oscuras…
̶  Eso… bueno, pero ¿quién sabe? Lo cierto es que  el Lito fue con su caña de pesca y llevó también su escopeta WINCHESTER, calibre 12. La tenía impecable. Yo la vi varias veces en su casa junto con su padre, don Tránsito. Se cuenta que vio un ciervo y no aguantó, dejó la caña ahí, la silla y se largó a cruzar el río a nado. Llevó su escopeta en alto y fue a perseguir al venado.
̶ Pero el hombre era cazador, conocía la zona, supongo. Es raro que se perdiera, por ejemplo.
̶  Bueno, ahí está la cosa… Quizás no se perdió, sino que lo perdieron… no sé si me entiende.
̶ Sí claro… ¿Así que desde ese día no se lo volvió a ver?
̶ Así es. Y la silla quedó allí nomás. Nadie la ha quitado en todos estos años. Doña Genoveva nunca quiso venir a ver el lugar. Don Tránsito se acercó un día, una siesta y se sentó largo rato allí mismo mirando la otra orilla. Después de ese día nunca más volvió y nunca más volvió a ser el mismo. El Lito desapareció como si le hubiese tragado el monte. Y se sabe que los Viernes Santos la pesca es buena en esta zona, pero no otro día más. Por eso, a esa silla que usted vio le dicen: “la silla del pescador fantasma”.
̶ Interesante historia… -le dije, al tiempo que el hombre subía a su bicicleta con luz delantera y gato trasero.
̶ Lo es. Pero no es cuento, pasó hace tiempo y muchos no quieren hablar del asunto, pero a la silla nadie la toca ¿vio?
Pedro Buda
Walter Rotela

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