¡Bienvenidos! En este blog encontrarán mis cuentos, relatos de viaje y otros formatos de comunicación, así también, enlaces para acceder a mis libros, blogs y sitios donde comparto archivos de audio y video. También hay materiales de otros autores. Mi nombre es Walter H. Rotela. Los invito a dejar sus huellas junto a las mías.
lunes, 25 de diciembre de 2017
sábado, 23 de diciembre de 2017
Fin de año 2017
Estimados lectores/seguidores:
Por medio de
esta entrada deseo hacerles llegar mi agradecimiento por su lectura, por
compartir conmigo este espacio, donde cada uno aporta su granito de arena. A
este mundo, a este universo lo construimos juntos. En mi tarea como escritor
-no sólo del blog sino de cada ficción, de cada trabajo de investigación
periodística, de cada proyecto de audio que realizo- busco la complicidad del
otro para que ese universo se materialice.
En estos años
pasados fue creando archivos sonoros a los que llamo 'audio-libros'. En cada
uno de ellos hay una parte que se lee del cuento escrito y, una parte, que se
agrega para crear el ambiente sonoro. Pero para armar estos ambientes necesito
obtener una gran cantidad de sonidos, y así, como cuando inicié el blog sobre
aves "Río de los Pájaros" –aprendí a disfrutar del paisaje, encontrando y
observando lo que antes ni siquiera veía- hoy capto y registro sonidos, que
antes pasaba por alto. Y eso me lleva, día a día, a ser más consciente del
mundo que me rodea.
Respecto del
audio-libro quiero mencionar que pueden escuchar algunos sueltos en mi canal de radio. Un libro completo en versión audio-libro está en
fase de armado. Espero terminar antes del otoño de 2018.
Si es la primera
vez que visitan este blog, los invito a recorrerlo. Si han estado transitando
conmigo algunas huellas, los conmino a ver algunas cosas más, descubrir a otros
autores cuyas obras aparecen aquí: Omar Dive Quefau, Ángel W. Farto, Carlos P. Pezzano, Ernesto Cobo García, Davíd Bailón, Enrique Gallud, Rubén Azorín, Guillermo Garrido, Kiko Labiano, Enrique Gallud Jardiel, Rafael Orihuel, Jaime Molina García, Liliana Robles, y si bien se menciona en este blog, la entrevista
con Diana Pinedo Ortega aparece en otro de mis blogs; pero los invito conocer a esta escritora y bloguera mexicana.
Los invito a
seguir leyendo. Para ello les propongo mis libros de cuentos: Criados... En la Tierra Roja, Serie Túneles, Siete Cuentos – Del 2007 al 2008, Huellas de mis pensamientos. Y también mi primera novela: Buscando... Las llaves, las rutas. Además, dos trabajos de investigación periodística: Olivol y Mundial un solo club y Coro Esperanza 1985 – 2015 30 años de actuaciones.
Es tiempo de
fiestas de fin de año, de cierres, balances... Todo el mundo corre para al fin
llegar al esperado descanso, otros esperan el reencuentro con familiares y
amigos, otros conocer nuevos destinos, lugares y gente, ó, quizás, todo eso y
más. Entonces, mis mejores deseos para ustedes lectores, seguidores, gente con
quien habito este universo, este mismo que nos reúne. Muchas veces soy lector,
otras escucha de tanto material que hay en la red. Siempre es un placer.
¡Feliz 2018!
Etiquetas:
audio libro,
Libro,
Libro de investigación periodística
martes, 21 de noviembre de 2017
Noveno aniversario de Huellas de Pedro Buda - el formoseño
Este 20 de noviembre se cumplió un año más (el noveno) desde que dí mis primeros pasos en el cybermundo con este blog: HUELLAS DE PEDRO BUDA - el formoseño . Luego vino otro y otro y así llegué a estos cinco blogs que hasta la fecha están funcionando:
Más el canal en Youtube: Formowar
Más los canales en Ivoox: Radio Huellas de Pedro Buda I
Radio Huellas de Pedro Buda II
Comencé a escribir esta entrada aún siendo 20 de noviembre de 2017, y continúo apenas inicia este 21. Y no quise referirme sólo al aniversario de este blog -no soy de festejar cumpleaños, ni cosas parecidas- pues reúno en este aniversario más de esta labor -por la que no recibo paga- pero que me resulta muy gratificante, que aparece en este blog y también en cada uno de los otros medios. Cada uno fue creado para dar lugar a una forma de expresión o interés, importante en su momento y aún hoy.
En formato libro comparto mis cuentos, investigaciones periodísticas, una novela y un relato de viaje. Para ello la Editorial Bubok me facilita una plataforma desde donde poder compartir los textos en diversos formatos. Incluso, en más de un país aparecen mis libros publicados gracias a la Editorial.
En diversos medios: blogs, sitios literarios vinculados con la cultura, con el arte, aparecen o parecieron publicados algunos de mis cuentos. También me permitieron compartir redes sociales para escritores y lectores.
La red Google+ y otras como Falsaria y más que no nombro porque no quiero cansar con esta entrada que se está haciendo extensa.
Detrás de cada una de estas expresiones, detrás de cada monitor hay un importante número de personas que me permiten compartir mis creaciones, mis cuentos, esto que con tanto gusto hago, esta escritura. A ellos, a cada uno de ustedes gracias, muchas gracias por permitirme llegar con mi escritura, por permitirme contarles mis cuentos.
Gracias a cada uno de ustedes: Andrea Marín, Mundi Book Ediciones, Tulkas Hammer Paint, Jazmin Iliana, Alejandro Martínez, José David Guanco, Carlos Polonio, Baudelio Salinas, Nereo Ibi Geijo, A. Elías Hinojosa, Diana Pinedo Ortega, Noticias Minuto a Minuto, Juanjo Lamelas, Ana Centellas, Javier Rodríguez, Alejandro Aguilar Bravo, Laurette Garreau, Lucía Brito del Pino, Ricardo Guadalupe, María Isabel Martínez Montoya, A Moliner, rian ScritoradeletraS, M. Arturo Fernández, Alex Vargas, Soledad Suarez, Diego Ospina, Mirta Miguel, Sergio Omar Martínez, Patricia Artígas, Universo La Maga (Javier), Flor Robertson, Diego García, Natalia Cardozo, Fernando García M., Florencia Farias, Julio Iglesias Rodríguez, Typos, Luis Javier Sierra Gorga, Sergio Raga, Gianella Nión Taramasso, Sole Cerdan, Momentos Literarios, David Rubio, José María García López, Danny Loges, Sandra López Desivo, Pablo Daniel Soto, Pedro Pablo Gómez, Sofía Ro-Ro, Trece Gómez Pascual, Alejandro Marcelo Guarino, Liliana Robles, Rodrigo Villalba Rojas, Carlos Echinope Arce, Diseño Web Madrid, El Narratorio Antología Digital, Juan Bosco Castilla, Sergo Sixtos, fun4us.es, Francisco Rodríguez Arana, Lorena Guarnieri, José Manuel Borrallo, María del Socorro Duarte, Antonio Linares, Gregorio García Alcalá, Álvaro Píriz Alcalá, Cynthia Falabrino.
Gracias a Francisco Brotons, que desde su sitio "El café del autor" tanto en su primer sitio hasta el actual (con el mismo nombre) me permite compartir mis huellas.
Gracias a Diana Pucci que desde Revista Literarte difunde mis cuentos también.
Gracias a las personas que leen y, en algunos casos, comentan también, en tus relatos.com y a los que lo hacen lo propio en Cortorelatos
Hay muchas más personas y sitios a quienes quisiera agradecer pues, desde Twitter, Facebook, Falsaria... colaboran para que mis cuentos lleguen a otras más. Y no nombré a quienes desde Google + están siempre alentándome o compartiendo, o con un +.
Gracias a la gente de Escritores.org que me permiten compartir información sobre mis libros.
Gracias a la gente que hace la revista literaria Túnel de Letras, pues me posibilitaron, en más de una oportunidad, difundir mis cuentos.
Gracias, gracias, gracias
En formato libro comparto mis cuentos, investigaciones periodísticas, una novela y un relato de viaje. Para ello la Editorial Bubok me facilita una plataforma desde donde poder compartir los textos en diversos formatos. Incluso, en más de un país aparecen mis libros publicados gracias a la Editorial.
En diversos medios: blogs, sitios literarios vinculados con la cultura, con el arte, aparecen o parecieron publicados algunos de mis cuentos. También me permitieron compartir redes sociales para escritores y lectores.
La red Google+ y otras como Falsaria y más que no nombro porque no quiero cansar con esta entrada que se está haciendo extensa.
Detrás de cada una de estas expresiones, detrás de cada monitor hay un importante número de personas que me permiten compartir mis creaciones, mis cuentos, esto que con tanto gusto hago, esta escritura. A ellos, a cada uno de ustedes gracias, muchas gracias por permitirme llegar con mi escritura, por permitirme contarles mis cuentos.
Autor inscripto en la Red Mundial de Escritores en Español (REMES)
Gracias a Francisco Brotons, que desde su sitio "El café del autor" tanto en su primer sitio hasta el actual (con el mismo nombre) me permite compartir mis huellas.
Gracias a Diana Pucci que desde Revista Literarte difunde mis cuentos también.
Gracias a las personas que leen y, en algunos casos, comentan también, en tus relatos.com y a los que lo hacen lo propio en Cortorelatos
Gracias a la gente de Escritores.org que me permiten compartir información sobre mis libros.
Gracias a la gente que hace la revista literaria Túnel de Letras, pues me posibilitaron, en más de una oportunidad, difundir mis cuentos.
Gracias, gracias, gracias
jueves, 2 de noviembre de 2017
El olor de la muerte
Cuando doña Juana llegó el martes para visitar al
santito, como de costumbre, me percaté del asunto. Sin embargo, preferí
mantenerme alerta y sin decir nada. Podría estar equivocado.
Doña Juana es
muy devota del santito. Viene cada mes en la misma fecha y me compra las velas.
Tengo el puesto justo en frente a la entrada del templo. Después de jubilarme
como enfermero, se me ocurrió esto de la venta de velas. Con el tiempo agregué
estampitas, libritos, postales, fotos del templo y de la imagen del santito.
Así conocí, en estos años, a mucha gente; incluso demasiada, para mi gusto.
El último martes
pasó algo raro, o no tanto; aunque sí particular. Doña Juana vino y compró las
siete velas rojas de costumbre. Inmediatamente percibí el olor.
Ella estaba algo
agitada, pálida. Si bien se expresó correctamente en forma oral, sentí que sus
palabras no las pronunciaba con total fluidez. Parecía faltarle el aire,
arrastraba las vocales. Pero ella siguió, como siempre, hacia el templo, aunque
con paso titubeante. Se detuvo, más veces que lo habitual, en cada escalón.
Me quedé
pensando. Ella tenía todos los signos de quien está en ese punto sin retorno,
en el camino hacia la muerte. El olor que emanaba de su cuerpo era, sin duda,
el olor de la muerte.
Al día siguiente
me enteré que, ese martes, doña Juana había partido al encuentro del santito.
Sus cenizas, sin embargo, quedaron depositadas junto a la imagen de su devoción.
Pedro Buda
2016
jueves, 14 de septiembre de 2017
Recordando... Un mundo de fuego
Un mundo de fuego en revista literaria Túnel de Letras
En el año 2013 este cuento fue publicado en el primer número de la revista literaria Túnel de Letras, en la pp. 34.
Los invito a conocer la revista y leer este y otros cuentos en el mismo medio digital.
martes, 27 de junio de 2017
El hombre de la cloaca
Una tarde, mientras caminaba por
la ciudad, con mi hija pequeña de la mano, vimos a un hombre dentro de una gran
fosa.
El hombre parecía un ser pequeño,
un minúsculo grano de arena en medio un enorme médano informe. Casi
imperceptible, en medio del todo. Una pieza visible, sólo gracias a una suerte
de gracia celestial, puesto que sobresalía por delante de su rostro, un par de
gafas oscuras que no disimulaban su enorme nariz.
Lo miramos por un inacabable
minuto para luego olvidarlo para siempre. Sin embargo, en ese instante fue
imposible no verlo, pues cual cucaracha salía de la fosa, de una cloaca. Este
es un sistema que recibía las heces y orines de un importante edificio de
gentes significativas, que trabajaba en sus prestigiosos puestos del buró
central.
Casi disculpándose por su
presencia allí intentó esgrimir alguna frase o saludo, mas no fue así.
Simplemente seguimos, casi, sin mirar atrás.
Mi hija, sin embargo, miró una
vez más y dijo - casi balbuceando - ¿quién es él, papi?
̶ Soy yo, aunque no te des cuenta, soy yo –contesté, sin querer contestar.
̶ No, tú estás aquí. No eres tú.
̶ Soy yo, en un momento que aún no llega, pero está ahí, en medio del
espacio tiempo, en un cruce del camino, de las huellas del destino…
Walter Rotela
2014
Puedes leer también, en este blog <<Parte de su cerebro>>
miércoles, 14 de junio de 2017
Mis Huellas... Día del escritor
Mis huellas llamo a cada uno de mis cuentos publicados o no. Cada relato, cada novela o cada proyecto inconcluso es parte de mi universo creativo que busco compartir con los lectores. Los cuales van apareciendo por diversos sitios del mundo, pues tengo la suerte de saber que me leen en España, en México, en Argentina y Uruguay, en sitios para escritores y lectores, en comunidades donde nos encontramos a leernos.
Hoy es 14 de junio y ayer (13 de junio de 2017) se conmemoró el día del escritor en Argentina, por ello hoy deseo sumarme al día, con mis cuentos y libros. Pueden descargar gratis la mayoría de los libros, y claro, en este blog: la lectura es gratuita....
Los invito también a conocer mis otro blog Universo creativo de Pedro Buda
Mi sitio en Bubok Argentina

Mi sitio en Bubok España

Mi sitio en Bubok México
Mi sitio en Bubok Colombia
Hoy es 14 de junio y ayer (13 de junio de 2017) se conmemoró el día del escritor en Argentina, por ello hoy deseo sumarme al día, con mis cuentos y libros. Pueden descargar gratis la mayoría de los libros, y claro, en este blog: la lectura es gratuita....
Los invito también a conocer mis otro blog Universo creativo de Pedro Buda
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Etiquetas:
día del escritor
viernes, 9 de junio de 2017
Reflexión
En la misma gorra
Estimada gente que es parte de esta comunidad: ¿qué les parece a ustedes que cada vez que entran a un shopping con una gorra puesta, debido al frío reinante en estos días, la gente de seguridad los invite a sacarse la gorra? Porque... tener una gorra puesta parece decir que somos "delincuentes", o al menos, propenso a serlos, o sino, probable de tener elementos para ser considerados como tales. Yo entiendo que: la gorra cubre cierta parte de nuestro rostro o de "la cabeza", y ello hace difícil el reconocimiento; pero de ahí, a qué todos seamos pasibles de ser delincuentes... Creo que hay un salto cuantitativo y cualitativo interesante a analizar.
No sé sí cuando ven entrar a figuras como al ex presidente, don Julio María Sanguinetti, u otros personalidades públicas los invitan a sacarse las gorras. Quizás, ellos, conscientes de las normas sean respetuosas de las mismas. También me considero respetuoso de las mismas; pero, ciertamente, me indigna que por el sólo hecho de usar una gorra, los agentes del orden privado o público, me consideren un delincuente; porque esa es la conclusión a la que llego: "El que usa una gorra es pasible de ser considerado un delincuente".
Así también me planteo si el señor panadero que sale con su gorra a comprarse un té para descansar en su turno de descanso le invitan a sacarse el gorro, o al carnicero, o al policía, o al bombero. Pues no faltó el caso policial donde los delincuentes vinieron disfrazados de "Policías", bueno ni hablar de aquellos que no se disfrazaron y son políticos corruptos y nos engañan con malversaciones y visten de elegantes trajes... Sin alusión a nadie, pero los informativos e investigaciones judiciales, nos invitan a conocer la realidad, queramos o no verlas.
En fin, la lista es larga... Pero parece que adolecemos de problemas en el uso de los estereotipos y tenemos miedo, entonces, de los tipos que usan gorra. Yo uso gorra, porque tengo frío en la cabeza, y con ello evito, a mis 49 años, de tomar frío.
Soy respetuoso de las normas; pero no deja de fastidiarme esta norma que mete a todo el mundo en la misma gorra.
Y hoy en el shopping, pregunté a otras personas si esa situación les molestaba y me comentaron que sí. Y decidieron no quitarse las gorras. Uno de ellos un señor de unos setenta años.
Yo me pregunto: ¿Somos libres?
lunes, 15 de mayo de 2017
El portal bajo el puente
Audiolibro
El portal bajo el puente audio - CC by - Walter Hugo Rotela González
Recuerdo, perfectamente, cómo llamó mi atención una
portera que vi, una mañana que recorría un camino en mal estado. Era una ruta
provincial que, por cierto, necesitaba ser reparada. De hecho, unos 150
kilómetros al norte de la zona, estaban repavimentando, a un ritmo muy lento.
Aquella vista
fue impactante, por ello disminuí la velocidad y regresé sobre lo andado, hasta
parar a pocos metros de la entrada. Al costado del camino corre, en paralelo,
la vía del tren. En un sector se eleva siguiendo la roca oscura y, debajo, se
forma una suerte de cueva, que no es tal. No lo es porque, si bien hay una
entrada, del otro lado se ve un extenso campo. Es más bien como un túnel corto.
Saqué mi máquina
de fotos y registré aquella entrada. Como estaba en una curva, no quise
detenerme demasiado tiempo, pues bien podría venir un camión y no tendría
espacio y tiempo para evadirme. Estaba en parte sobre la calzada pues la
banquina era escasa y se continuaba con un barranco poco profundo. De la ruta
salía un sendero hacia esa entrada, pero parecía muy poco usado. La portera
tenía una larga cadena y un oxidado candado muy antiguo.
Continué la
marcha y conversé largo rato con mi acompañante en esa instancia sobre a dónde
conduciría dicha entrada. Era un lugar inapropiado para tener un acceso a un
campo, pues un camión no podría entrar, la visibilidad es mala desde el camino,
por lo sinuoso de la zona.
Un tiempo
después volví a pasar por el lugar y busqué, denodadamente, aquella entrada,
aquél puente. Lo más parecido era una franja elevada por donde cruzaba la vía
del ferrocarril, pero no había un túnel o entrada debajo. Las fotos no pude
revelarlas sino hasta que pasó medio año casi, cuando lo hice. Cuando al fin
tuve ante mí las fotos no era lo que yo había visto, o lo que recordaba. Me
sentí muy frustrado ante aquella evidencia.
Por razones
laborales, un par de años después, tuve que pasar por el mismo lugar. Me
dirigía hacia unos campos al norte de aquella región y el camino seguía en
construcción, aunque el tiempo transcurrido era importante. Supuse que la obra
vial de la región atravesaba las mismas condiciones que otras del país.
Andaba muy
atento y estaba acompañado por una persona que encontré haciendo dedo en una
rotonda, en la entrada a un pueblo. Se dirigía, como yo, hacia el norte del
país, por lo que le ofrecí llevarlo. Había perdido el ómnibus por media hora y
no quería quedar varado en esa zona. Él era un arquitecto que en sus ratos
libres gustaba adquirir conocimientos sobre fenómenos extraños, entre los que
incluía el avistamiento de ovnis. La conversación fue derivando hacia esos
temas, pues el hombre era un apasionado, con amplio conocimiento, a juzgar por
su atinada plática, llena de datos concretos, referencias accesibles y precisión
de la información. Lo sé porque en mi profesión –soy ingeniero- la precisión es
indispensable. De hecho iba hacia el norte para ver un proyecto vinculado al
aprovechamiento del agua en una zona donde eso es vital.
Estaba
anocheciendo y el sol se perdía por el oeste muy rápidamente. La noche tomó por
completo la ruta y la visibilidad era escasa, aunque se veían las estrellas en
ciertas zonas. Nubes gruesas se extendían por doquier.
De repente vi la
entrada. La curva estaba cerca, como aquella vez y tuve que andar un tramo para
dar vuelta y acercarme por el otro lado de la ruta.
Recorrimos un
buen tramo y no vimos nada. Seguimos unos 5 o 10 kilómetros y dimos la vuelta
nuevamente. Y en un punto vimos la entrada. Un campo estrellado, totalmente
luminoso se abría detrás de una abertura a un costado del camino. La curva,
apenas estaba señalada por unas bandas que brillaban con las luces del coche.
Me obstiné y paré, en seco, el auto. Desde esa posición se veía la entrada.
Tomé la cámara y nos acercamos. Registré un buen número de fotos, ajusté la
velocidad y la sensibilidad y disparé un número considerable de veces.
Avanzamos a pié en la dirección que íbamos y fuimos perdiendo de vista la
entrada. Al regresar sobre nuestros pasos volvíamos a ver la entrada.
̶ ¡No lo
entiendo, no lo entiendo! –dije casi gritando.
̶ De esto es que
te hablaba algunos kilómetros atrás –comentó, calmadamente, mi interlocutor.
Muchas cosas, como ésta, no son fáciles de ver, menos de aceptar. Pero existen.
Pedro
Buda
Walter Hugo Rotela González
Etiquetas:
Audiolibro,
Cuento
domingo, 30 de abril de 2017
El hombre del monte
En la tercera visita a la zona de la laguna Rodríguez
tuve la oportunidad de conocer a una cuadrilla de obreros de las vías férreas.
Estos hombres recorren varios kilómetros del sistema reparándolas. Sus pieles
están curtidas por el trabajo a la intemperie. A veces cambian porciones de
rieles, tramos cortos que están en mal estado. Otras veces reponen los
durmientes viejos, que se están quebrando y pueden poner en riesgo la
circulación.
En uno de los
extremos de la laguna Rodríguez hay un
hermoso puente de acero y cemento armado revestido con piedras. Los pilares son
de hormigón, en tanto, el puente en sí es de acero, chapones gruesos, bulones y
remaches grandes y los durmientes de madera dura, noble, como la del quebracho
colorado. Estaba siendo reparado y don Sebastián Cano, dueño de algunos de los
campos de la zona convidó con un cordero a los trabajadores, en su segundo día
de labor en la zona del puente.
Dos de los
obreros de la cuadrilla que viajaban en una zorra con motor habían hecho el
relevamiento de lo que se precisaba, en el transcurso de los últimos meses.
Ellos le comentaron al capataz de lo avistado en uno de las incursiones por el
tramo cercano al puente: "Andaba un hombre raro por los alrededores. Lo
extraño era que parecía estar cubierto por abundante pelaje, sea que llevase
encima algún cuero de vaca o que él mismo estuviese cubierto por abundante
pelo..." Esta era la declaración hecha por los trabajadores en una suerte
de bitácora que llevan adelante en su recorrido. En la misma anotan tanto el
material que se precisa, como el estado de lo que deben reparar, llevan una
máquina de fotos con la cual ilustran el texto que van elaborando.
Salí con mi cámara a registrar el hermoso paisaje que
en parte conocía, pero que parecía cambiar con cada estación en que la fuimos
visitando, con los amigos de la pesca y caza. El atardecer fue un momento
increíble. Fui hasta el puente donde los obreros terminaban de reemplazar
algunos durmientes y un sector de riel. Ellos me contaron sobre las zonas donde
habían visto al "hombre" que corría medio erguido, medio encorvado
entre arbustos del monte y más allá, sobre la pradera. Ellos se referían al ser extraño como
"bicho" y otras como
"hombre". Aseguraban que lo habían visto recientemente y más
de cerca, no tanto, pero sí para distinguir que se semejaba más a un ser
humano. "Anda parado, es un bicho raro. Parece un hombre porque lo vimos
de pie, pero su abundante pelo no coincide con un hombre común. Lo vimos
perderse entre los arbustos, caminaba veloz y por momentos como agachado,
rengueando..."−comentaron los obreros.
El atardecer estaba increíble. El sol se
ponía tras la colina. Hice foco sobre la parte alta de la colina más cercana.
Me pareció una imagen increíblemente bella. Anaranjados, rojizos tonos que se
mezclan con la negrura de los arbustos y sus ramas. Sin embargo, la imagen fue
doblemente increíble, cuando la vi en la pantalla de mi notebook días después.
Había capturado la imagen del ser al que se referían los obreros. Era una
persona, un tipo erguido. Y no un paisano del lugar. No, se veía una figura
negra, como los arbustos, una silueta distinta de los árboles; pero que no pude
distinguir en la pantalla de la cámara de foto y video. Hice varias tomas de la
puesta de sol y esa figura oscura se movió en esos instantes. No era un árbol
con sus ramas, era algún tipo de animal erguido y cuando vi las fotos en la
computadora conocía el secreto que encerraban. Pero no me adelantaré, amigo
lector.
Al día siguiente que registré las fotos nos visitó don
Sebastián Cano. Lucía un tanto perturbado, se frotaba el bigote reiteradamente.
Dio algunos rodeos hasta que por fin desembuchó: "Anoche alguien mató dos
ovejas del puesto de arriba. Son unos vecinos amables y están indignados. Les
mataron los bichos y sólo se llevaron el cuarto trasero de uno y dos cuartos
delanteros del otro animal..." –aclaró, en un tono angustiado y hasta
amenazante por momentos.
̶
Pero... ¿ Y quién pudo ser? –le dije, con la voz más firme que pude lograr. El
hombre parecía enfurecerse a medida que relataba lo acontecido. Los obreros
habían partido la noche anterior, rato después que yo había hablado con ellos.
Don Sebastián los había convidado con un asado de cordero como recompensa por
la labor, pues también él usa el ferrocarril para llevar parte de su ganado. La
noche en cuestión estaba tranquila, fresca. Cuando llegaron don Sebastián en
compañía del peón no hicieron ruido alguno, sino hasta que estuvieron demasiado
cerca. Después, sólo después, se me ocurrió que quizás buscaban atraparnos con
las manos en la masa, pero no fue así. Habían tenido mala experiencia con otros
acampantes y estaban algo desilusionados. En el fuego hervía la olla con la
buseca cocinándose a fuego lento. Era el producto del trabajo de Gustavo, Chino
y Eduardo pues cada uno había hecho algo para lograr que la olla estuviese
llena. El aroma inundaba todo el monte.
Después de un rato de charla la tensión bajó y ellos se despidieron. Antes
compartieron un trago de wiski. Era de mañana
y ellos aceptaron participar de unas partidas de truco en la noche.
̶ Vendré
acompañado con don Rubito y algún peón para hacer un pequeño campeonato de
truco –dijo, con un tono mucho más amable que el usado cuando llegó.
De tardecita,
vino el peón que conocíamos y trajo un cuarto de venado que ellos habían cazado
días antes en los campos de don Rubito. Era para compartir durante la
noche. Gustavo y el Chino se encargaron de
prepararlo.
Sobre las diez
treinta de la noche, un poco más o menos, don Sebastián, don Rubito y el peón
se acercaron al campamento a orillas de la laguna. Sobre la parrilla se cocía,
a fuego muy lento, el trozo de venado, dos colitas de cuadril, en tanto en una
olla de hierro cuadrada se cocinaban dos calabacines que se rellenaron con
queso, cuatro boniatos y un kilo de papas blancas con cáscara. El aroma llenaba
todo el lugar y se extendía más allá de la laguna. Se había terminado la bebida
sobre el medio día, por lo que Omar y Gustavo fueron al pueblo a conseguir más
provisiones. Trajeron suficiente como para un regimiento sediento.
Don Sebastián,
apenas llegó aclaró que traía un rifle con un dardo provisto de un poderoso
sedante. Lo hizo ante nuestra mirada un tanto incrédula. Comentó que tenía la
firme intención de cazar al bicho del monte ese, fuese lo que fuese. Un par de
semanas atrás había consultado con un amigo veterinario y éste le había
conseguido dardos y rifle. Todos los chacareros de la zona estaban en sobre
aviso. El arma en sí no llamaba la atención, aunque sí los dardos. Nos pareció
increíble la idea de querer cazar, capturar con vida al bicho; sin embargo,
como me habían relatado los obreros, era el bicho muy parecido a una persona
normal, aunque peludo. Yo había compartido lo que me relataron a mis compañeros
de campamento.
Las carnes
chillaban sobre la parrilla. Los calabacines y la bebida comenzaron a correr
enseguida. Se sucedieron anécdotas y cuentos de todo tipo y color. Historias de
pescadores y cazadores. Fue muy divertido escuchar y darse cuenta de quién
exageraba más sobre el animal o pescado capturado. Incluso uno, el Hugo, recordó
que tenía grabado un relato de un tipo que dijo conocía a unos viejos polis que
habían cazado aborígenes a orillas de un río al norte del país vecino. Recuerdo
que el relato llevaba por título "cacería en enero". Y lo tenía
grabado en el celular y nos hizo escuchar.
Como un par de
horas después de empezar los partidos de truco y comida vimos como,
sigilosamente, el peón, "Orosindo", se acomodaba sigilosamente detrás
de don Sebastián. Pensamos que había enloquecido. Sin embargo, nadie dijo
mucho. Bueno, los rostros eran muy expresivos, al menos los nuestros, los
acampantes. Don Sebastián con un gesto nos convocó a seguir como si nada
pasase. Y sin entender mucho, le seguimos el juego. Después supimos que
Orosindo había visto moverse el follaje en la orilla de enfrente y podría ser
la presa de caza. Esperó en su posición casi media hora, mientras el juego
continuó, así como la bebida.
Cuando don
Rubito cantó un "truco" se escuchó un disparo al unísono y fue
certero. La mira telescópica de visión nocturna que tenía adosado el rifle lo
permitió. El bote inflable que esta vez funcionaba, pues se lo había mandado
reparar, tras no poder usarse la primera vez que fuimos a la laguna, permitió
que linterna en mano, don Sebastián, Eduardo y el peón cruzaran al otro lado.
Veinte, eternos, minutos después
colocaban el cuerpo del hombre del monte sobre el bote para cruzarlo.
El hombre era un
tipo bajo, con abundante bello, casi como un simio, pero no tanto realmente.
Llevaba un cuero de vaca cruzado a la espalda y un pantalón vaquero muy gastado
y sucio. Durmió como dos horas. Tras despertar descubrimos que no hablaba, en
realidad era casi como un gruñido fuerte lo que emitía. Pero se le caían los
párpados producto de los efectos del tranquilizante que poseía el dardo. De a
rato parecía balbucear algo. Lucía un buen estado físico.
La partida de
truco no siguió. Sí corrieron más bebidas y carnes asadas. En poco rato se
hicieron más de un centenar de fotografías. Se lo cubrió al hombre con una
manta y se lo inmovilizó con cuerdas, aunque se evitó producirles alguna
lastimadura. Don Sebastián dio parte a la policía. Ellos traerían un médico
para examinar al masculino, en la mañana. No llegarían antes de las diez u once
la mañana.
Tras este caso,
ninguna historia de cacería o pesquería quedaba grande. Esta era "la
historia", la más fantástica y, sin embargo, verdadera que todos
tendríamos para contar de ahí en más. Sería la anécdota de cuando hallamos al hombre del monte. Las fotografías no nos
permitirían olvidar... ni exagerar.
Pedro
Buda
Walter
H. Rotela G.
2017
martes, 25 de abril de 2017
El bicho del monte ataca otra vez
Registro y edición de imagen Walter Rotela
Era la segunda vez que acampábamos en el monte a
orillas del Rodríguez. Nos sentíamos cómodos y a la vez gratamente sorprendidos
por la tranquilidad del lugar. Se escuchaba el sonido de las hojas moviéndose en
los arbustos. Sobre la superficie de la laguna se formaba, a esa hora temprana
de la mañana, suaves ondulaciones que rompían en la orilla. Una combinación que
adormece los sentidos.
Juntamos leña,
ramas caídas de los alrededores y empezamos a armar la fogata que no se
apagaría hasta el fin del campamento. El agua para el mate salió en poco
tiempo. Tras eso calentamos el aceite para freír las tortas fritas. El olor se
extendía por dentro del espeso manto verde que se extiende a todo lo largo de
la orilla.
Uno de los
peones de campo se acercó a caballo. Arriaba cabezas de ganado cuando sintió la
fritura. Lo convidamos y quedó encantado. Él devolvió la gentileza compartiendo una
botella de anís que traía colgada en la montura. El trago fue bienvenido. Entre
mate y mate lo consultamos por unas huellas que volvimos a ver a orillas de la
laguna. Le contamos que las habíamos visto en la visita anterior y que nos
llamó la atención. Le explicamos que si bien la habíamos observado con atención
no pudimos determinar de qué animal eran las huellas.
̶ Lamento...
Lamento pero no sé, tampoco, de qué son. Nosotros también las vimos y aunque
creíamos que pertenecían a un jabalí... No corresponden –dijo el paisano.
̶ Nos contaron
que mató a un perro, al blanquito ¿no? –le dijo el chino, que disfrutaba de los
perros y, en esta oportunidad, había traído uno de los suyos para salir a
cazar.
̶ Sí, es cierto.
Le destrozó la cabeza –confirmó el peón. Su mirada se perdió en la otra orilla.
Quedó muy quieto sorbiendo un amargo. Se encogió de hombros por un rato que
pareció interminable. El sol comenzaba a asomarse por encima de la colina del
este. Se acomodó el sobrero y avisó que quedaba a las órdenes. Nos pareció una
despedida abrupta; pero pensamos que este gaucho moderno ,que anda con su
celular encima, tiene sus cosas y así
hay que respetarlo.
Cuando el peón
montó se volvió hacia mí –que lo había acompañado hacia el borde del monte
donde dejó pastando a su caballo– y en voz baja me dijo: "Tenga los ojos
abiertos. Pa' mi que el bicho ese... Anda suelto. No sé por qué; pero por si
las moscas..."
− Bien...
estaremos atentos −le prometí llamarlo
ante cualquier eventualidad. Lo vi alejarse lentamente, mientras prendía su
tabaco armado minutos antes cerca del fogón, mientras amargueaba.
Al regresar al
campamento los amigos estaban en silencio y mirando hacia la otra orilla. Uno
de ellos tomó la cámara de fotos e hizo un par de disparos. Al verme llegar se
acercó y me mostró la última foto. Me sorprendió.
Para este
campamento nos organizamos mejor que para la vez anterior. Éramos los mismos
seis y eso era bueno. Dos irían a cazar mulitas con el perro; dos cocinamos el
cordero recién carneado en la madrugada, cuando llegamos al puesto de doña
Rica. Los otros dos pescarían.
Eduardo y yo nos
dividimos tareas. Él fue a buscar más leña y yo preparé la carne. Armé los
fierros para encajar el cordero que lo haríamos a la estaca. Arrimé más leña y
distribuí brazas. A mi costado se calentaba agua. La olla con la grasa se
enfriaba más allá. Los que pescaban estaban absortos en lo suyo. Uno de ellos,
sin embargo, oteaba en dirección a la otra orilla. No decía nada; pero estaba
atento, o mejor serpa decir, lucía preocupado. Resté importancia al asunto.
Quizás aún estaban con sueño. En realidad no habíamos dormido esa noche, pues
estuvimos viajando toda la noche para llegar a la laguna.
Eduardo volvió
con ramas y con una sonrisa extraña. Le pregunté qué pasaba.
̶ ¡No vas a
creer! –me dijo. Seguía sonriendo pero con una sonrisa involuntaria.
̶ ¿Qué... no voy a creer? –le respondí,
mientras me servía un mate y me acomodaba en la silla plegable.
̶ Escuchá... –me
dijo, al tiempo que reproducía una grabación hecha con su celular.
̶ ¡Y eso! Es
como un gruñido... –exclamé al escuchar; pero que también fue oído por los
pescadores. Los que se acercaron. Eduardo volvió reproducir el audio.
̶ No estamos
solos... –dijo Gustavo, al tiempo que agregó: "Me pareció ver algo del
otro lado".
Recordé la
imagen capturada por la máquina un rato antes.
̶ ¡Sos un cagón!
– le gritó "Chuleta" -el hijo- que siguió pescando. Tras decir eso sintió un tirón en la tanza y
dio un manotazo firme, recogió y tiró con fuerza al pescado fuera, hacia atrás,
al pasto. Le brillaban los ojos de alegría. Todos soltamos al unísono una
estruendosa carcajada. Como la zona está rodeada por el monte y como en un bajo
eso pareció retumbar. Como un eco se oyó. El chiquilín bailaba de alegría
alrededor de la fogata. Era el único que hasta ahora había pescado algo. Volvió
a encarnar el anzuelo, y ató a una rama la tanza, para ir en busca de una taza
de leche chocolatada, caliente. Había leche en polvo y chocolate sólo para él,
el resto preferíamos un mate amargo. Tomó un par de tortas fritas que aún se
escurrían en la parrilla. En eso se escuchó un ruido. Nadie dijo nada.
Intentamos oír con atención. Sólo el viento movía las hojas y nada raro volvió
a oírse el resto del día.
Cuando promediaba
la media noche aún andábamos en vueltas. Corría el vino tinto, algo de wiski y
las historias de zombis. En eso escuchamos ramas que se movían, en la dirección
donde estaban estacionados los vehículos, en una de las entrada al monte desde
la pradera. Todos atinamos a mirar en esa dirección por unos interminables
segundos, hasta que por entre el ramaje se apersonó don Rubito y el peón que
nos había visitado en la mañana. Sonrieron al vernos.
̶ ¡Qué les pasa!
–dijo don Rubito. ¿Se pasaron de copas?− prosiguió con voz baja, en tono de
broma, pero simulando seriedad.
̶ Parece que
vieron al mismísimo diablo... –comentó el peón. Éste, según noté y sin embargo
no dije nada, llevaba un crucifijo sobre el pecho y una cinta roja en la
muñeca. Eran claros indicios que era
hombre de creencias semejantes a otros hombres de campo de otras regiones.
Eduardo, casi
entre risas, comentó sobre el extraño sonido que había escuchado y grabado en
la mañana. Lo reprodujo, ahí sin más, y todos lo oímos atentos.
̶ Parece de un
grato grande –acertó a decir el chuleta, mientras miraba al padre con una
sonrisa burlona.
̶ Es otra cosa
y... No sé qué es... –aclaró don Rubito, que pidió reproducir otra vez la
grabación, con un tono más serio y menos de broma como al principio.
Al terminar de
escuchar la grabación, don Rubito, declaró: "Jamás escuché un gruñido
semejante. Porque parece eso, un gruñido".
̶ ¿Y cuando
mataron al perro ese, el blanquito, no escucharon algo similar? –quise saber.
̶ No... Tampoco
–contestó secamente don Rubito. Y cuestionó, mientras penetraba con la mirada a
cada uno, como intentando saber si no era eso una broma que le estábamos
jugando: ¿Dónde grabó eso, Eduardo?
Cuando Eduardo
iba a señalar la zona... Se escuchó el mismo sonido, semejante a un gruñido.
Sonó lejos, como del otro lado de la laguna, hacia el unte ferroviario.
El silencio fue
lo que siguió en la atmósfera del campamento. Sólo el crepitar de la leña se
oía ahora. Ni una brisa soplaba. Los recién llegados aceptaron un trago de vino
que acompañaron con cordero asado. De una bolsa, el peón, sacó un par de
chorizos secos y una horma de queso que elaboran en el puesto de Ramonita, una
chacra pegada a la de doña Rica. Todo indicaba que esa noche nadie dormiría.
Más aún cuando se propuso jugar unas partidas de truco. Las que siguieron
entrada la noche. Alguno que estaba cansado desistió de seguir y se tiró a
dormir al costado del fuego.
Sobre las cinco
de la mañana, don Rubito que había quedado dormido en una silla se despertó
abruptamente. Fue así porque se escuchó el ladrido desesperado del perro del
chino. El cual estaba atado para que no le tentara el cordero asado que aún
estaba sobre la parrilla, pero con las brazas apartadas.
Finalmente,
todos despertaron, es decir, salieron de la somnolencia, puesto que más de uno
no quiso aflojar, pero el sueño los había vencido. Sin embargo, el perro no
paraba de ladrar y todo el mundo se puso en pie.
Un trozo enorme de
carne faltaba en la parrilla. Fue Eduardo el que se percató primero. Miró al
perro que seguía atado y ladrando. Atiné a arrimar leña a lo que quedaba de las
brazas y vi una huellas.
̶ Vieron
estas... –dije, señalando las huellas a un costado de la parrilla. Eran las
mismas que habíamos visto anteriormente; sin embargo, estaban justo ahí, en
medio del campamento. El perro seguía ladrando. El Chino lo soltó y buscó su
ballesta. Eduardo fue al coche a tantear su arma. Se la calzó en la sobaquera.
Un calibre 38, caño largo que guardaba en la guantera.
El peón y don
Rubito sacaron armas blancas que traían enfundadas al cinto. Quedó claro que
era el bicho y que el perro lo estaba oliendo o escuchando. Todos, linternas en
mano, encararon hacia el monte, por el oeste. Sin embargo, don Rubito,
conocedor del lugar, aclaró que era mejor salir del monte y buscar entrar por
los otros lugares. La vegetación se volvía espesa en sectores y no permitía
avanzar. Menos aún, en medio de la noche. En tanto se daban todos estos
movimientos, el chuleta, seguía dormido dentro de la carpa.
Al bicho del
monte, cuyas huellas estaban marcadas a un costado de la fogata, nadie pudo
seguirlo realmente. Todo rastro o signo de su presencia se perdía conforme
avanzamos. También se extravió al perro, que dejó de ladrar o que dejamos de
escuchar.
A eso de las
ocho de la mañana, quizás un poco más, se despertó el chueta. Fue revisar sus tanzas que seguían en el agua y
alzó la vista hacia la orilla del frente.
̶ Miren...
–gritó. El perro del Chino. En ese caminito de enfrente, bajo las ramas. Está
mirando para acá...
El perro estaba
sano y a salvo. El Chino lo contempló por un rato y se emocionó. Su perro, el
sabueso "Pirata" le movía la cola.
De no sé dónde algo
atacó al Pirata y lo perdimos de vista. Apenas un ladrido. No más. No se oyó
nada más. Todo pasó muy rápido.
El Chino saltó a
la laguna para ir tras su perro. Se calzó la bolsita de las flechas al hombro y
la ballesta en su mano derecha. Cruzó en tres brazadas la laguna, que no es muy
ancha, sino más bien alargada. Nosotros entre que lo mirábamos y aprontábamos
unos mates armamos algunas cosas del campamento, para que estuviera más
prolijo.
Estaba aún
húmedo el suelo, el sol subía con rapidez.
̶ No pude
verlo... No pude verlo... –repetía el Chino en la otra orilla mientras se
acercaba ante nuestra vista. Le tiré dos flechas... Pero nada. El perro fue un
campeón –gritó él. Traía en los brazos al fiel can que estaba hecho una
piltrafa. Ésta había sido su última salida.
Sepultamos al
perro en medio del monte, en una zona alejada del campamento, y a la cual, por
esas cosas de la vida se colaban la luz, en forma de finos haces. Vimos al
Chino cerrar la fosa y saludar a su compañero caído. Como despedida todos,
incluso el Chueta, bebimos un trago de wiski. Después continuamos con mate y
galletas secas como desayuno.
Era el día que
saldríamos todos a buscar algunas mulitas; pero optamos por otra presa. El
bicho del monte estaba en alguna parte, y, nosotros estaríamos tras él.
Pedro
Buda
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