sábado, 16 de mayo de 2015

EL RUGIR DE UN JEEP


 
EL RUGIR DE UN JEEP - 
CC by - 
Walter Hugo Rotela González 




El 1° de mayo fuimos con unos amigos a pescar a un lago artificial, cerca de un pueblo al que llaman Serrano.
El día se presentó espléndido, soleado pero fresco y sin nada de viento. Fuimos en auto hasta las cercanías. Solicitamos permiso a un encargado del campo donde está el espejo de agua. Así lo llamó uno de los amigos que fuimos, pues realmente estaba la superficie muy quieta y era tal cual un espejo. El lugar es una represa, de un lado el lago y del otro casi un hilo de agua, aunque no tanto.
 Hace unos cuarenta años atrás, más o menos, la represa abastecía de energía a un complejo industrial, una fábrica de azúcar, pero cayó en desuso al cerrarse la industria.  Gracias a la fábrica se construyó la represa, de lo contrario la zona no hubiese conocido la luz eléctrica. Pero fue sino hace poco, cuando la luz vino para quedarse. Llegó después de varios trámites burocráticos, pedidos, juntas de firmas y demás. El lago tiene en su zona más profunda unos 12 metros. 
 Decidimos que no sólo estaríamos ese día, sino que permaneceríamos hasta el siguiente atardecer. Al principio la pesca no fue muy buena, pero al llegar la nochecita, con la caída del sol, todo cambió. Unos pescados de buen peso se dejaron atrapar y terminaron en la parrilla esa misma noche. El vino estaba sin tocar, así que la noche empezó con brindis.
Cuando fueron las dos de la madrugada, un poco antes en realidad, escuchamos algo. Los árboles de la zona que rodean al lago y la gran extensión de campo que se extiende en subida hacia afuera del lago, conforman casi un anfiteatro natural. Cualquier sonido aparece amplificado, magnificado exponencialmente.
Lo que oímos parecía el sonido de un motor en marcha. Uno de mis amigos que es mecánico comentó: "Es como el motor de un Jeep".  Al ruido siguió un espeso silencio, incómodo. Como un cuarto de hora después volvimos a escuchar el mismo ruido.
Juan José, mi amigo mecánico, tomó la palabra nuevamente: "Es el rugir de un Jeep, no hay dudas..."
̶  No se ven luces por ningún lado  ̶ comenté.
̶ Debe ser de la ruta... Pero está lejos. No sé, no sé  ̶ dijo Luis, que conocía muy bien el lugar y también algunos rumores sobre la zona donde decidimos acampar. Él nos contó, recién en ese instante, que en las noches oscuras de la historia del país, allí fueron a parar algunos jóvenes. De los que nunca más se supo.
  Casi a las 3 de mañana, mientras terminábamos de comer los sabrosos pescados a la parrilla, volvimos a escuchar el ruido. Solo que un poco más fuerte, un poco más nítido. Todos, absolutamente todos, estuvimos de acuerdo en que el sonido era de un motor, un motor de Jeep. Esto lo pudimos asegurar puesto que unos de los muchachos buscó en Internet con su celular y lo reprodujo. Era exactamente el ruido que oíamos.
Aburridos, después de un intervalo de silencio, decidimos encender unos cigarros y la pipa que trajo uno de los muchachos. Una vieja pipa de un abuelo suyo. El perfume achocolatado de tabaco inundó la atmósfera. Hicimos bromas sobre el origen de aquel ruido en la tranquilidad de la noche, solo por momentos, interrumpida por el ulular de algún búho y algunos ruidos de corridas entre los pastos que intuimos eran de algún pequeño animal. Y de repente, otra vez, el motor rugiendo.
Escuchar con atención fue el modo que elegimos de pasar el tiempo por el resto de la madrugada. Todos retiramos las líneas de pesca. Nos reunimos en derredor del fuego, que ardía tranquilo provocando sombras a nuestras espaldas sobre la masa informe de los árboles. El crepitar de la leña parecía marcar el tiempo, que transcurría como en cámara lenta.
El rugido volvió a eso de las 4:25 horas. Nos sorprendió nuevamente, aunque no era la primera vez que lo escuchábamos. Lo extraño de esta vez fue que pareció surgir del interior del lago. Donde creímos, también, ver el destello de una luz. Pero nos convencimos de que no podía ser. Supusimos que, en realidad, el vino, la acústica particular del lugar y el cansancio nos jugaba una mala pasada.
                                                                                                                                    Pedro Buda 2015  
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