martes, 4 de octubre de 2011

Cuento: CONOZCO MIS DERECHOS




Este relato está basado en lo narrado por una amiga que, cada tanto, me aporta anécdotas para utilizarlas, si  lo deseo, como materia prima para cuentos u otras yerbas.
Silvia había salido, como todos los días, corriendo de uno de sus trabajos para llegar a otro, que nos tiene como compañeros de tareas en esta ciudad de Montevideo. Venía en el ómnibus, de una de las líneas de transporte urbano, que habitualmente utiliza. Suele contar que si una de las ellas se demora, intenta con la otra. Los ómnibus, que hacen uno de los recorridos, circulan a paso tortuga, pero son los que tienen la parada más cercana. El horario del fin de su primer trabajo diario casi coincide con la salida de muchos colegios de primaria. Es una hora pico, en el que conciertan también las salidas de muchos funcionarios públicos. Eso no hace sino aumentar el número de pasajeros por unidad, con la consabida problemática que ello ocasiona: empujones, roces entre las personas que están cansadas, miradas que parecen matar, insultos al guarda o al chofer y un largo etc.
En una de esas corridas, justamente la de ayer, ocurrió lo que me contó apenas llegó, casi sin aliento y en medio de risas y asombro aún. Ella misma no podía creerlo, pero había estado: detenida en la comisaría.
− ¡Vengo de la Comisaría, estuvimos detenidos!… ¡increíble!… je je je
Cuando la oí dije, me está embromando, pero como no es de hacer bromas, la escuché atentamente. Lo relató… lentamente. Muy pausadamente, me pareció,  como para poder digerir lo que había ocurrido. Pues hay cosas que al contarlas, recién adquieren real dimensión.
-El ómnibus venía lleno hasta la puerta –prosiguió. No cabía un alfiler. En la segunda parada, después que subí al transporte, trepó una mujer de vestimenta elegante, gafas oscuras y bastón blanco -característico de los invidentes. Unos que son retráctiles. Era un claro indicio de que se trataba de una mujer ciega.  Lo reconocieron así tanto el guarda como el chofer. Antes de subir preguntó: “¿Pasa por San Pancracio?”
− Sí… -le contestó el chofer.
Silvia –siguió describiendo la escena y dijo: “Cuando avanzó unos pasos dentro del coche, el chofer solicitó -con voz grave pero amable- un asiento para la señora.” De hecho, hay un asiento para lisiados y uno para mujeres en cinta, dentro de cada unidad. Y es de uso, que quien lo ocupa lo cede cuando sube alguien con dichas características. Como nadie se levantaba, el chofer alzó un poco el volumen de voz.
− ¡Por favor, la persona que está sentada en el asiento para lisiados, tenga la amabilidad de ceder el lugar a la señora…!
En tanto el guarda, con su monótono tono falsete, repitió lo acostumbrado:
− Por favor, si se molestan… Hay lugar en el fondo… Decía esto al tiempo que golpeaba uno de  los caños para agarrarse con una moneda de 10 pesos.
La invidente, vestida íntegramente  de negro, no se dio por aludida, en un primer momento. Pero el guarda, la tomó del brazo con amabilidad, para conducirla hasta el asiento que, por fin, fue desocupado. Fue entonces que, la señora, forcejeó y pidió al guarda que la soltara -con voz firme y clara. El guarda, atónito, le explicó que deseaba ayudarla, conducirla hasta el asiento. A esto la mujer espetó:
− ¡Faltaba más! Gracias, pero no necesito sentarme. Estoy bien de pie.
En ese momento, el chofer, que seguía la escena por los espejos internos del coche, intervino.
− Señora, por favor, siéntese. El coche está lleno y no puedo continuar la marcha si usted no se sienta.
− ¡No me sentaré! No lo preciso. Y no lo haré, si no lo quiero.
Todo el coche comenzó a prestar atención al diálogo entre la señora vestida de negro y los funcionarios de la empresa de transporte urbano. Quienes hablaban por su celular fueron apagándolos… o empezaron a seguir con la mirada, lo que pasaba en el sector anterior. Dos que venían, muy ensimismados, besuqueándose y atrayendo la mirada de los pasajeros, también se dieron vuelta y pasaron de mirados a observadores. Un adolescente, que venía escuchando música de su Mp4 a todo volumen, sintió la tensión en el ambiente; en la mirada de los otros. Bajó el volumen primero y luego lo apagó. Sintió, de modo impactante, el abrumador silencio que había….
El aire dentro del micro se enrareció, y no por la falta de oxígeno…  El conductor insistió en que no proseguiría la marcha de no sentarse la señora ciega. Ella replicó que: tenía derecho a viajar parada, si así le parecía. Y aclaró: Soy abogada, conozco mis derechos. Trabajo en la Intendencia –agregó.
“Con más razón señora…” -dijeron algunos pasajeros -que intervinieron casi automáticamente,  al unísono.
−Con más razón… -repitió el chofer.  Se sienta o… no continúo la marcha –aseveró.
− ¡No! ¡No! –contestó enérgica y rotundamente, la mujer del bastoncillo retráctil.
−Entonces, deberá bajarse… señora –agregó el chofer, con un tono de voz diferente, más enfadado a esa altura. Casi fuera de sí.
Las personas se impacientaban. El coche no se movía. El chofer se había levantado de su asiento y miraba a la mujer, como un gavilán mirará a su presa desde las alturas. La invidente se mantenía en pie y lucía una suerte de sonrisa en los labios, desafiante. Era de apariencia frágil y pequeña, en comparación, con el sólido metro ochenta de la  figura del chofer.
Del fondo gritaron…
−  ¡Vo! ¡Mové el coche que tengo que llegar a mi otro laburo…!
− ¡No lo muevo!... Quedate tranquilo… ¡No lo muevo si, la señora… no se sienta!
Los pasajeros comenzaron a inquietarse y a mostrar su impaciencia,  cada vez más. Unos miraban sus relojes pulsera, otros la hora en el celular; pero todos indicaban, de un modo u otro, que pasaba el tiempo. Alguien tomó el tiempo y aclaró que hacía siete minutos que estaban detenidos.
Todo el mundo, casi al unísono, pidió a la mujer que tomara asiento; así podrían continuar.
− ¡Siéntese mujer! Así podremos seguir –dijo una joven, de unos treinta años.
− ¡No me grite! –aulló la invidente.
− ¡Está bien...! –dijo el chofer. Se terminó… vamos todos a la comisaría y punto. Acto seguido, puso primera, segunda, tercera y fue expreso, sin detenerse en ninguna de las paradas siguientes, hasta llegar frente a la Jefatura de Policía. Una que está cercana al recorrido de la línea en que viajaba Silvia. Cuando llegó al lugar, abrió la puerta delantera y se bajó, dejando al guarda encerrado con toda la gente dentro. Tardó unos minutos, tras ingresar al recinto, y volvió con dos uniformados.
El ómnibus quedó inmóvil, con las puertas cerradas y la gente chillando. El guarda, intentó calmar los ánimos,  pero no fue mucho lo que pudo lograr.
Por espacio de unos 20 minutos estuvieron demorados, en dividida discusión, en la que ahora intervenía el personal policial, ante la intransigencia de la abogada invidente.
Finalmente la señora, acompañada de los oficiales de la ley, bajó del coche y éste continuó el recorrido. Todo el mundo suspiró aliviado, pero los rostros mostraban: unos, enojo; otros, fastidio; pero la mayoría esbozaron una sonrisa ante lo anecdótico de la situación.
Silvia llegó media hora más tarde de lo habitual, aunque se había tomado un taxi desde la seccional policial, para disminuir la tardanza. Todo terminó en una anécdota, un cuento; pero historias de éstas se repiten, una y otra vez, todos los días, en medio del trajín; de la carrera de un trabajo a otro, donde hay muchos más que dicen: “Conozco mis derechos”.

Pedro Buda 2011
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