miércoles, 1 de diciembre de 2010

Cuento: Un Mundo de Fuego



  En mi barrio se escuchan las sirenas, una y otra vez. Y siempre ocurre lo mismo. Un hombre sale a la calle corriendo… Tiene como unos sesenta años y sale disparando por un largo pasillo hacia la calle. Es un vecino, pero desconozco su nombre. Sé que vive cerca, a dos casas de la mía.
      Una vez me acerqué a preguntarle por qué lo hacía. Por qué salía corriendo cada vez que oía una sirena de bomberos. Él me miró, de arriba abajo, y luego se dio media vuelta y se fue, sin decir absolutamente nada. Si su comportamiento me importaba algo, antes, no lo sé, pero desde aquella actitud, sí. Era, desde ese instante, el ser más raro por mí conocido. No hablaba, pero de un modo incomprensible, para mí, él lograba comunicarse. No sé muy bien con quien, pues jamás vi a nadie hablar con él, pero observé ciertos gestos –diría, casi involuntarios- que representaban una suerte de conjunto de signos. No sé si es o no así, pero parece.
      Cada vez que suena una sirena él sale. Y desde aquella vez que coincidimos, hemos vuelto a vernos varias veces. Busco encontrarlo, ver qué hace y por qué lo hace. Pero mi investigación lleva casi dos años, sin que arroje ningún resultado. Estoy a punto de desistir de esta casi locura compartida de salir a la calle cada vez que una sirena de bomberos se escucha pasar.
      La curiosidad es un asunto complejo, un tema que podría dar para escribir libros, pero mi curiosidad particular no creo que signifique nada para nadie. A quien puede importarle el por qué un hombre de unos sesenta años sale cada vez que se escucha una sirena y, tras ver cruzar el camión, se vuelve - como aliviado- a su casa.
     Quizás le importa saber si el camión viene hasta su casa y al comprobar, que no es así, regresa tranquilo a sus labores. Pero eso no parece algo lógico. Sin embargo, qué es lo lógico del comportamiento de este ser que tras escuchar la sirena sale corriendo a la calle y luego se vuelve, lentamente, a su rutina.
    Obsesionado con el tema, comencé a preguntar a los vecinos. Cada uno me fue dando alguna opinión pero nunca un dato que explique o ayude a contestar mi pregunta. 
    Han pasado casi dos años, como mencioné más atrás. Pero, la vida tiene sus vueltas. Y así, hace apenas un par de horas, comentando con un compañero de trabajo sobre el asunto, me mencionó que se acordaba que hace unos treinta años atrás, una familia completa, había perecido en un voraz incendio en esta zona. Fui a investigar en los periódicos viejos y descubrí que había ocurrido un gran incendio, ciertamente, unos treinta y cinco años atrás, en esta cuadra. Había fallecido toda una familia y, al parecer, no había quedado ningún sobreviviente. Seguí buscando en fechas posteriores y no logré registros. Pero al vigésimo día del incendio, una noticia daba cuenta de la aparición de un niño, sólo y que no hablaba en cercanías de la casa quemada. El cual llevaba en sus brazos un muñeco de peluche. 
    El niño fue a dar a un centro de atención de menores, pero nunca se consiguió que hablara. Observé la dirección y coincidía, exactamente, con la casa de donde salía este hombre. Quizás, probablemente, fuese el niño aparecido en aquella oportunidad. Pero quién era, por qué estaba allí. Cómo había construido una casa donde se había quemado la otra. Por qué seguía allí, a quién esperaba o porqué seguía en ese lugar. Tal vez era ese su mundo. Un mundo que lo atrapó en su niñez y del cual no pudo escaparse nunca. Cómo saberlo. Pero algo me decía que esta investigación debía darla por terminado. De lo contrario sería, yo mismo, otro atrapado en ese mundo de fuego.
Pedro Buda 2007
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