¡Bienvenidos! En este blog encontrarán mis cuentos, relatos de viaje y otros formatos de comunicación, así también, enlaces para acceder a mis libros, blogs y sitios donde comparto archivos de audio y video. También hay materiales de otros autores. Mi nombre es Walter H. Rotela. Los invito a dejar sus huellas junto a las mías.
jueves, 21 de agosto de 2014
"El café de Gurbindo" de Walter H. Rotela (Pedro Buda)
Les dejo en esta entrada el bookmovie de El café de Gurbindo. Espero les guste y si es así y lo desean compartir, pueden hacerlo.
Aprovecho la oportunidad para agradecer a la gente de The Booksmovie la gentileza.
sábado, 2 de agosto de 2014
Cuento - El cuarto de Francisca
La antigua casona está hace tiempo habitada por un grupo de niños y
adolescentes.
Cuando la vi, después de tanto tiempo, no creí que fuera la misma.
Está pintada con un color diferente. Un color rosa viejo que en nada parece el azul que conocí de niño.
Por los medios me enteré que la casa ahora pertenece al Estado, y,
por su estructura, estaba siendo usada para albergar a niños y adolescentes
problemáticos. Adolescentes con dificultades con la ley.
Eso me parece bien, pues la vieja casa era muy grande. Antes allí
vivían los miembros de una gran familia, con sus sirvientes también viviendo
allí.
A esos habitantes no los conocí, pues la casa estaba casi en ruinas
cuando la vi por primera vez, al mudarme a eso de los siete años, a una casa a
dos cuadras de allí, pero funcionó en ese tiempo un viejo almacén que era
propiedad del padre de una chica que me gustaba. Por ella empecé a frecuentar
el lugar y compraba todo lo necesario allí. Me ofrecía voluntariamente para
hacer todos los mandados y siempre iba al lugar.
Un día, como siempre iba, el padre de la chica me invitó a buscar algo
que mi madre me envió a comprar al fondo del lugar. Allí pude ver a la chica y
empezamos a conversar. Pude, entonces, conocer la casa en su total dimensión.
Una tarde de mucho calor, mientras tomábamos un refresco con Laura, la
chica con quien pude entablar finalmente una amistad, pero nada más, me contó
que en la casa había un lugar al cual no podía entrar. Es decir, sí podía, pero
le daba escalofríos cada vez que entraba al cuarto.
Varias veces volví a entrar a la casa después de aquella primera vez.
En todo ese tiempo Laura me contó, varias veces, sobre el cuarto a donde había
muerto -según supo después, un día que su padre le contó la historia- una chica
de nuestra edad.
Ese cuarto era frío, o uno sentía frío al acercarse a él. Y pude
entrar más de una vez al lugar. Sin embargo, jamás vi nada espectacular, nada
raro. Pero mi amiga Laura no podía entrar, pues comenzaba a pensar en cosas que
la asustaban. Ella decía que veía cosas, nada especifico, pero sí ciertas
personas que correteaban dentro del cuarto.
Ahora, un medio de prensa
informaba que la casona estaba siendo usada para albergar a menores y que
ellos, los chicos, estaban asustados porque dentro del enorme lugar, un cuarto
específico, estaba habitado por un fantasma. Claramente, esos relatos no fueron
tenidos en cuenta.
Los chicos eran obligados a ingresar a la habitación y eran encerrados
por un tiempo, uno o dos días allí. Luego de eso los dejaban salir, y no
volvían a ser los mismos. Pero las autoridades, según el informe del medio, no
creían en fantasmas, sin embargo, ante el relato de los chicos, usaban el
antiguo cuarto, como celda de castigo.
Al parecer, la historia le gustó al periodista que hizo la nota y
empezó a investigar un poco más. Pues la nota estaba pronta, no había un hecho
noticioso para escribir algo más. Pero algo le decía que había encerrada una
gran historia allí. Un par de meses después dio con mi antigua amiga Laura.
Ella le contó que había vivido allí y que muchas veces, innumerables veces,
sintió que allí, adentro del cuarto, un grupo de personas corría tras una niña,
que finalmente se detenía y gritaba de modo descomunal.
Investigando con los más ancianos habitantes del barrio supo que allí
había vivido una familia adinerada que entre sus criados tenía a una niña mulata.
La niña, al parecer, había sido producto de la violación del dueño de casa a
una de sus criadas. Pero pocos podían asegurar eso. Sin embargo, sabía, el
hombre mayor con quién se entrevistó el periodista, que la niña se llamaba
Francisca y que era rebelde, nunca la había visto con alguien más que con su
madre. Y después de cierta edad, no volvió a verla.
La historia volvió a estar en el escritorio del periodista, pero sus
editores consideraron la nota como una bobada y no la publicarían.
Quizás, la niña había muerto trágicamente y buscaba contar su
historia, pero de momento no llegaba a ver la luz, y simplemente se manifestaba
como unas imágenes, ante algunas personas. En estos días, ante los niños y
adolescentes que habitan la casona.
Walter Rotela
Imagen de Walter Rotela
Cuento - La carta del hombre de la silla
La carta del hombre de la silla -
(c) -
Walter Hugo Rotela González
Hace muy poco tiempo atrás me
contaron sobre un asunto que aún no sé si pasó realmente o no. Sin embargo, la
historia me resultó, por demás interesante. Por ello quise dejar testimonio de
lo que me contaron una soleada tarde de otoño.
Un amigo, que conozco de hace un
montón de años, me comentó, a propósito de un sistema cloacal que estábamos
conociendo, sobre otra cloaca y un sistema de túneles.
Nuestro sistema cloacal consta de
dos cámaras y un estrecho pasaje de conducto de media caña que lleva los
efluvios hacia el sistema de drenaje que pasa por el medio de la calle. Me
impresionó el tamaño de la cámara, puesto que nunca lo había visto antes.
Suponía que tenía cierta profundidad, mas nunca pensé que un hombre cabía allí
parado y que hubiese lugar para otra persona más allí, aunque de dimensiones
más pequeñas. Es decir, un recinto importante para albergar dos personas
pequeñas o una de tamaño normal y otra pequeña.
Mi amigo me comentó que en
realidad no era muy grande, que él conocía un sistema de desagüe cuyas
dimensiones permitían caminar dentro del sistema casi erguidos, en un trayecto
de varios metros, muchos en realidad.
Lo miré y le dije que no conocía
algo así, aunque sabía que en la ciudad existían lugares así.
Él me contó que realizando una
tarea de albañilería en una casa conoció un túnel de las dimensiones referidas
y que era accesible desde la casa donde realizó servicios de reparación. Pero
que ese acceso estaba en parte ocluido por una puerta que la mantenía casi
oculta. Y la historia referida por el dueño de la casa era también, de un modo,
algo que no revelaba por que sí no más. Pero que no era un misterio, sino, una
curiosidad.
Mientras avanzaba en su relato,
le fui sirviendo unos mates invitándole a que prosiguiera con la historia, que
prometía ser interesante.
Él, sabiendo mi gusto por conocer
historias de la ciudad, fue tomando una postura de quien tiene entre sus manos
una cosa importante.
̶
Mira, la cosa es que tenía que reparar una pared que estaba perdiendo el
revoque y arreglar el marco de una puerta trampa que estaba en el suelo de una
habitación.
̶ Entiendo… -le dije, buscando
que prosiguiera.
̶ Bueno, para poder reparar la
puerta, es decir, el marco de la misma, debía abrir la hoja de la puerta y
sacarla. Lo hice y mi sorpresa fue grande…
̶ ¿Por…?
̶ Bueno, había un tipo sentado allí. Es decir, no un
tipo, lo que quedaba de él. Un esqueleto sentado en una silla.
̶ ¿Cómo?
̶ Como lo escuchas. Un tipo,
claramente muerto, un esqueleto vestido, con ropas polvorientas, con mucha
mugre, sin olor ninguno apreciable.
̶ Y el
tipo, el dueño ¿cómo explicó eso?
̶ Me dijo que no me asustara. Que
él lo encontró allí cuando se puso a hacer reparaciones la primera vez. La
puerta trampa, está debajo de una segunda tapa de tablones que conforman el
piso de madera de la habitación. Por eso no reparó en la existencia de la
puerta sino hasta que un día, golpeando el piso, en una suerte de zapateo, lo sintió
hueco. Jugaba con uno de sus hijos y así lo descubrió.
̶
¡Qué historia…!
̶ Sí, el dueño de casa me contó
que si bien primero atinó a mantener todo en secreto, no pudo seguir sin saber
qué o quién era la persona que allí estaba. Es decir, sus restos.
Tomó coraje y con una linterna
entró a esa habitación, como lo creyó en un principio. Notó que además del
esqueleto había otras cosas: muebles pequeños, utensilios de cocina y algunas
herramientas estaban, cuidadosamente, colocados en pequeños estantes adosados a
la pared de un túnel, que continuaba más allá de los límites de su casa. Pero
no pocos metros, sino que mucho más.
̶ Me parece increíble, totalmente
increíble lo que me cuentas -le dije. Más mi amigo asegura que el lugar existe
y que el dueño de casa le contó más sobre el asunto.
Mi amigo entendió que lo que
estaba compartiendo sonaba totalmente descabellado y me explicó que también a
él le pareció así cuando el dueño de casa le refirió la historia.
Mas tenía sentido, lo que había
debajo de la casa de este señor no era una habitación, sino un túnel que fue
habitado por personas en un tiempo en que se desarrolló una guerra civil en la
ciudad, y que algunos hombres y mujeres tuvieron que esconderse en esos
túneles. Historia que yo conocía, pero jamás por un relato verbal de alguien.
En textos de algunos sobrevivientes aparecían relatos de lugares así, pero que
en nada semejaban lo contado por mi amigo.
̶ Como te decía -prosiguió mi
amigo. El hombre quería que le reparara
la puerta y tuvo que contarme la historia, primero para que no me espantara y
segundo para que terminara el trabajo. Investigó y descubrió que, en un pasado
no muy reciente, el lugar había sido ocupado para esconderse de una ocupación,
de un sitio de la ciudad. Las ropas estaban intactas, y ciertamente no era de
los sesenta o setenta, sino mucho más antigua. Por ello consideró que nadie
buscaría a esta persona.
Por otra parte, nunca había
sentido nada al respecto y creyó que si estaba allí y no molestaba, era como un
tesoro escondido, como una historia que estaba allí en el sótano de su casa. Un
día, un vecino le comentó que también tenía acceso a un túnel, que rellenó con
escombros y dejó cerrado el acceso. Años después, otro vecino, de dos cuadras
más al norte, también había encontrado acceso a un túnel que también rellenó y
cerró su acceso. Esto le corroboró que el túnel era más largo que lo que pensó en
un principio y que tenía como fin no sólo comunicarse, sino que había sido
usado para vivir, pues los utensilios encontrados así hacía pensar.
̶
¿Y el hombre de la silla? ¿Quién pudo ser? ¿Investigó el dueño de
casa?
̶ Sí, sí… pudo saber quién era.
Al menos había encontrado una carta que estaba en una caja. Te digo que el
lugar está seco, eso es increíble. Pues en general estos lugares son húmedos.
Sin embargo, esa zona no es húmeda, pues fui varias veces y nunca sentí
humedad.
̶ La carta ¿qué decía?
̶ Sí, la carta… Era una carta
para una mujer. Le escribía diciéndole cuánto la amaba pero que debía
permanecer oculto hasta que todo eso pasara. Que apenas cesara la revuelta él
buscaría la forma de contactarla. Firmaba al final de la carta, Theo R. Sin embargo, él nunca salió de allí.
̶
Y la carta tampoco.
̶
Cierto. No lo había pensado.
Walter Rotela
2014
jueves, 3 de julio de 2014
Buscando...
Buscando... las llaves, las rutas en archivo .pdf ahora totalmente gratis lo pueden descargar de cualquiera de los sitios de Bubok en los cuales está.
México
Colombia
España
Argentina
México
Colombia
España
Argentina
Los invito descargar y leer. Después, si lo leyeron, me cuentan sus impresiones...
jueves, 19 de junio de 2014
Entrevista con Teresita Pizzorno
Entrevista con Teresita Pizzorno, profesora y directora del Coro Esperanza, de Montevideo, Uruguay. Fundado el 20 de Abril de 1985. Coro de adultos y adultos mayores. La docente es profesora de piano, órgano y se desempeña como docente de música en varias instituciones educativas. Tiene una trayectoria importante con reconocimientos varios. Nos cuenta en esta entrevista sobre la evolución del coro en sus primeros 10 años. Dos entrevistas más completan el ciclo.

Blog de la profesora Teresita Pizzorno: Cantaresvivir
Etiquetas:
Coro Esperanza
Cuento: QUIERE VENIR A LA MISA DE HOY
En cualquier lugar donde haya muchas personas, siempre existe la
posibilidad de que se den anécdotas de toda clase. Esas situaciones de la vida real, superan, la mayoría de las
veces, la posibilidad de la ficción. El escritor quizás no llegue a imaginar
tal absurdo, por decirlo de algún modo simple.
Una tarde de Agosto, mes en que los viejos de la
zona subtropical, al sur del río Amazonas, se cuidan doblemente, sucedió lo que
se narra más abajo. Digo doblemente, porque a los problemas de los años, le
agregan eso de que Julio los prepara y Agosto se los lleva. Cosas de
tradiciones… “al sur del sur”, como dice Don Jorge Drexler. El frío se
confabulaba con la gruesa capa de oscuras nubes y daba la sensación de más
frío.
Tomé uno de los cuadernos con que, habitualmente,
nos comunicamos las novedades, de un turno al otro, o de un día para el
siguiente. Apenas inicié la lectura de uno de ellos, encontré una nota que me
llamó la atención. Lo particular estaba escrito en la parte de observaciones.
Lo que primero me sorprendió, pero luego me hizo descostillar de la risa. Y
quise compartir, entonces, lo que estaba escrito. Porque quizás, el que mal
interpretaba era yo. Sin embargo, cuando se lo leí a mi compañera de trabajo,
la sacristana, soltó la carcajada. Aunque pronto sugirió que seguramente, fue
escrito en un momento de apuro, dictado por alguien en el teléfono, y no fue
revisado después. Pero eso, no impidió que riera con gusto. Pues sin tener mala
intención, causan gracia, los pequeños equívocos del ser humano.
La tarde estaba fría, lúgubre; pero tras reírnos,
entramos en calor, y no era para menos. En la sección donde dejamos constancia
del nombre de fallecido estaba escrito un nombre; en la parte de defunción figuraba una fecha de
un año atrás. Pero lo fantástico, estaba en el segmento que titulamos
“Observaciones”. Allí decía, textualmente: “Falleció hace un año atrás y quiere
venir a la misa de hoy”.
Pedro
Buda 2012
Quiere venir a la misa de hoy -
(c) -
Walter Hugo Rotela González
sábado, 7 de junio de 2014
Calle sin salida
Salí con la cámara esa
noche…
Caminé por las calles
buscando imágenes cotidianas, rostros de caminantes, simples estructuras
conocidas; pero encontré algo más que eso. Coches viejos como mirándome,
apostados en sus sitios como prontos para atacar.
Lo que comparto es el
producto de lo visto esa noche oscura, pero con mil luces iluminando por
doquier.
Aún me pregunto si las luces no son formas de
energías vivas, que no logramos percibir, pero la cámara sí.
Quizás una auténtica
calle sin salida.
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