lunes, 4 de abril de 2016

Un pirata caminando por la ciudad


A veces creo que como vivo en esta ciudad cosmopolita, hace un cuarto de siglo, no hallaré nada nuevo, o extraño, algo distinto de lo que haya visto antes. Pero, por suerte o no, para mí, me equivoco.
Salí a caminar ayer, bajo las grises nubes y me encontré, parado justo frente a mí, a él... Un pirata. Sí, un pirata negro, de aspecto fiero, con un pañuelo atado en la cabeza, notablemente calva. De su oreja derecha colgaba una larga caravana de esmeraldas o de piedras que parecían serlo.
El viento soplaba suave, movía las ramas de arbustos con flores y los árboles pequeños. Pero también movía el saco que llevaba el hombre negro del pañuelo. Dejó al descubierto un arma de fuego que llevaba sujeto a la cintura. Era el dato que faltaba. El signo que me permitió comprender que se trataba de un autentico pirata, sin lugar a dudas.
El caminar tenía ese jeito, típico del compadrito, pero también un no sé qué, que me llevó a cambiar el rumbo y seguirlo a una distancia, por demás, prudente.
El tipo llegó a una casa bancaria. Dudé en seguirlo al interior, pero lo hice.
Cinco minutos después de que el hombre del pañuelo ingresara, lo hice yo. El pirata refunfuñaba ante el mostrador. Algo no estaba bien. En el lugar había un suave murmullo hasta que se oyó: "¡Basta! No puede ser. Mis monedas tiene que estar aquí..." Aquellas palabras retumbaron en medio del enorme salón. El aire se quebró, se esfumó. El vacío fue evidente. Como en la serie de películas Matrix, y en las que imitaron el efecto que usaron allí, noté como el pirata dio media vuelta, apuntó y disparó una bala al guardia que estaba al lado de la puerta. Después... Miró al otro guardia, el que estaba en el otro extremo del gran salón, y volvió a disparar una bala que viajaba en cámara lenta, o al menos, así me pareció. Dio en el blanco. Un punto en medio de la frente que sangró como un hilo rojo rubí.
El primer guardia sangraba tirado en el suelo, a diez pasos de mi cuerpo erguido, de pie recostado a la pared, tan quieto como una estatua.
Inmóvil me quedé mirándolo al pirata, en su salida airada hacia el exterior nublado, que se había convertido en lluviosa tarde, típica de invierno.  
   Walter H. Rotela
                                                                                                                                                2015 
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