jueves, 17 de junio de 2010

Más cuentos: El de la 7






Cuando entré miré en derredor, busqué con la mirada algo que me indicara dónde preguntar por el paciente, a quien iba a acompañar, esa noche.
Félix es el nombre del paciente –dije a la enfermera que me atendió tras una puerta de madera y vidrio opaco. Es el paciente de la cama 7 –dijo. Está al final del salón del lado izquierdo. Un gran salón –me dije. Conté unas 14 camas que correspondían, seguramente, a 14 pacientes; pero faltaban algunos. Sin embargo, las sábanas descorridas decían que en alguna parte, no muy lejos, debían estar.
El hombre que ocupaba la número 14 estaba reclinado, con el tronco un poco elevado, en medio y al final de las dos filas que formaban las otras camas, a un lado y otro del salón. Desde allí dominaba todo el panorama. Sabe quien entra y sale del salón o del baño, que está a su izquierda, pues la cabecera está en oposición a la puerta de entrada del gran salón.
Un gran ventanal, tras él, ilumina el tercio posterior del salón. Entra la luz de los focos de la calle, y las sombras de las ramas de los árboles, como manos, se proyectan y parecen jugar sobre la superficie interior.
Unos pasos van o vienen, cada tanto. Se escuchan ligeros, en el silencio de la noche. Entran o salen, pero apenas llegan al tercio primero, y allí se detienen... giran a la derecha e ingresan a la enfermería. Tras las cortinas desaparecen por minutos u horas, sólo algunas sonrisas se escuchan, cada tanto. Luego salen y recorren las distintas camas, observando a cada paciente, entregando las palabras justas de aliento, a todos por igual.
Cada tanto se escuchan pasos transitando el pasillo principal, pues hay uno accesorio entre las camas que delimitan la entrada al baño y otro entre las que demarcan el ingreso a la enfermería. Según uno se va acostumbrando al ruido del lugar, puede reconocerse el andar de cada paciente; puede saberse quien se mueve, incluso sin mirar. Unos hay que arrastran los pies de modo que pareciera que nunca levantasen los pies, otro, sin embargo, tiene en el ruido -y por ende en el andar- un ritmo, un compás característico. Uno dos tres... unos dos tres... se detiene, abruptamente, y luego sigue. El paciente parece tambalearse en el aire, su figura flaca, escuálida como una vara de tacuara, parece bambolearse con la brisa del aire de afuera, que si bien no penetra, se hace sentir por el ruido, que sí se escucha, ante tanta cercanía. Lo cierto es que el hombre no se cae y llega hasta su zona, hasta la señalada en la pared por un gran número escrito en negro sobre un plástico cuadrado, sujeto a la pared sobre la cabecera de la cama. Dicho número, que identifica a la cama, es para muchos, también, el modo de registrar a la persona, que parece perder sus nombres y apellidos, sus distinciones de persona para adquirir una nueva identificación, un número. Así es como Félix Gilberto De Armas, por ejemplo, pasa a ser “el de la 7”.
En algunos nosocomios privados, donde las salas albergan a tan sólo 2 pacientes, éstos son identificados por números, como el de la 706 o el de la 707, que coincide con el número de habitación. Así Miguelito, el hijo del almacenero Velázquez, pasa a ser “el de la 706”.


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