miércoles, 16 de septiembre de 2015

Ángela

Siempre que pienso en ella la imagen de sus manos es lo que más me impacta. Manos de una mujer que trabajó lavando ropa, planchando, almidonando.
Recuerdos de mi niñez afloran y redescubro ese ambiente: una mesa, una frazada encima y la ropa blanca; la plancha de hierro con carbón adentro y una jarra con agua, y ella allí, de pié.
Hace poco vi aquella plancha y se me ocurrió pensar: ¿cuántos kilómetros habrá recorrido en ese vaivén cotidiano? Sin embargo, el lavado y planchado conlleva más trabajo: mojar la ropa, enjabonarla y dejarla sobre el pasto al sol, luego enjuagarla y finalmente dejarla tendida en la cuerda para que se seque bajo los rayos del sol y la fuerza del viento. Y después, recién después, viene esa etapa de recoger la ropa de la cuerda, plancharla y hasta almidonar.


La ropa, en los años de juventud de Ángela, debía quedar limpia, convenientemente blancas las camisas, impecables, con los cuellos firmes y prolijamente doblados.
Lo descrito hasta el párrafo anterior sólo nos ilustra brevemente una parte importante de los años de labor de esta mujer, mi abuela. Esta mujer a quien vi trabajar cuando pasaba algunos fines de semana con ella y mi abuelo. Él era un  ex combatiente, un albañil, un hombre sediento de saber que buscaba aprender de cuánto libro llegaba a sus manos.


Ángela también se ocupaba del cuidado de sus hijos -de las cinco mujeres y los tres varones- que debían recibir alimento, vestimenta y educación, en la medida de las posibilidades del tiempo en que les tocó vivir, en el Paraguay de la Guerra con Bolivia, la Guerra del Chaco, del año 32 al 35 del siglo XX, la Guerra Civil de 1947 y los tiempos que siguieron.
Fue muy lindo ver, hace muy poco tiempo atrás, como las autoridades paraguayas recordaron y homenajearon a los hombres y mujeres que, de un modo u otro, participaron de esas instancias y que colaboraron con los veteranos de guerra. Ella, con orgullo, mostraba esos testimonios de reconocimiento encuadrados y sujetos a la pared.
Ángela fue testigo y víctima de la Guerra Civil de 1947, una guerra entre conciudadanos, entre personas cercanas, entre familiares que tenían, simplemente, una visión diferente de cómo llevar los destinos de la nación, de cómo organizar las cosas públicas.  
Esta mujer, con su carácter forjado en medio de tantas luchas, fue también una luchadora, como tantas otras mujeres de esa zona de frontera entre Paraguay y Argentina. Esa zona que habitó con parte de su familia a un lado del río Paraguay y con parte en la otra orilla. Lucha que llevó adelante con sus manos: lavando en una y otra orilla de la corriente del Río Paraguay. Ese río rojizo, "quibebé", como la cabellera de esta mujer en sus años de juventud. Río caudaloso por donde circularon y circulan bienes y personas. En ese río ella lavó la ropa, pero también en él depositó su esperanza de un futuro mejor, y por ello lo recorrió, río abajo, en busca de su destino.
Pedro Buda
2015     
*Simple y sincero homenaje a una mujer luchadora. 
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