martes, 1 de abril de 2014

Cuento: UN PEDAZO DE CHURRASCO

Una tarde, cerca de las siete y media, volvía del trabajo en el ómnibus que me devuelve a la paz del hogar, del barrio, cada día. El chofer venía tranqui y el guarda canturreaba la cumbia que pasaban en la FM. Casi siempre la misma selección de temas musicales a esa hora. De pronto, todo se precipitó, como una película de acción.
Yo viajaba en la última fila del colectivo urbano, por lo que, primero escuché los gritos del guarda y después seguí, por espacio de una cuadra, viendo la calle desde el ventanal trasero del coche. Eso fue hasta que me bajé en la siguiente parada; porque reconocí el auto de un amigo en el lugar, y me dije: “Tengo que bajar”.
El guarda gritó: “¡Qué animal!... ¡Qué animal!”  Los pasajeros, que éramos del barrio en su totalidad, nos inclinamos sobre las ventanillas para mirar. Un tipo, algo pasado de peso, y grandote, robusto, estaba tirado en el suelo frente, en parte,  y al costado de un auto, que reconocí como el de un amigo. Por eso fue que atiné a bajar de inmediato.
Junto conmigo bajó un Policía, que también, por casualidad viajaba en el mismo coche. Éste intervino de inmediato en la situación que estábamos siguiendo desde detrás de las ventanillas del transporte urbano. Corrimos a la esquina y desde allí hasta la mitad de la cuadra donde, el que estaba tirado, se incorporaba y, junto con otro hombre, intentaba golpear a un joven que estaba montado en una bicicleta. ¡De no creer!
El tipo que, momentos antes, estaba tirado en el suelo tenía,  a la altura de la rodilla, el pantalón roto y sangraba. Sin embargo, se arreglaba para tirarle unos golpes al de la bicicleta que estaba de pie a esa altura y tan atónito como yo. Era algo insólito.
Mi amigo estaba paralizado tras el volante de su auto, con la mirada fija y sin poder hablar. Pero al ver al grandote levantarse, acercarse al de la bicicleta y tirarle un puñetazo, salió como tromba de su asiento, tras el volante. No lo podía creer. Un segundo antes, el enorme tipo estaba tirado en el suelo gritando: “¡Hay! ¡Hay! La puta que lo parió…”
Había salido de una camioneta, era el conductor del vehículo. Salió sin mirar para atrás. Lo supe, entonces, pues me lo contó mi amigo:
“Se bajó sin mirar y no pude esquivar…” Contó, mientras volvíamos al coche suyo y se disipaba la cosa al costado.
  El vehículo, que conducía el hombre de la rodilla sangrante, se detuvo de golpe y el conductor salió sin mirar, y fue cuando mi amigo lo envistió o lo tocó, porque claramente no le dio de lleno, pues tras caerse volvió a levantarse y fue tras el chico de la bici. Eso lo pude ver al estar cerca de la escena, corriendo tras el Policía. Vi que le sangraba la pierna a la altura de la rodilla. Todo se desarrollaba a una velocidad pasmosa. El Policía intervino separando a uno de los agresores del chico -el acompañante del conductor- que también había bajado de  la camioneta, y sin reparar en el caído, fue tras el joven para lanzarle un puñetazo. Éste impactó de lleno en el rostro del sorprendido ciclista pero pudo mantenerse en pie. Una locura total…

En minutos no quedó nadie en la calle, volvía el barrio a la tranquilidad de siempre. Yo fui en busca de un mate amargo con la patrona.
Dos días después  mi amigo mandó a reparar su auto. ¡Sorpresa! Nunca creyó él, y mucho menos el mecánico, encontrar lo que vio y comentó así:
̶  Isidro… no lo vas a creer. ¿Sabés lo que encontré en tu auto?
̶  No ¿qué?
̶  Un pedazo de churrasco a medio podrir…
̶  ¡Qué! No… yo no comí nada y tiré ahí.
̶ No… un pedazo de churrasco del bepi ese, el del accidente.
Pedro Buda
Walter Rotela
2014


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