jueves, 13 de junio de 2013

Cuento*: Malevo

Era sábado al medio día. Tenía un evento en un lugar al que nunca habría ido de no ser éstas las circunstancias. Presentaba su libro un escritor, amigo de un amigo. Y me había invitado a compartir ese tiempo de difusión de su arte.
     Las nubes formaban un grueso techo que impedía la acción de Ra, aunque no del todo, pues algunos rayos daban vida a verdes retoños de árboles de paraísos. Sin embargo, todo en las calles tenía casi un mismo tono frío, gris azulado, apagado. En tanto que dentro del bar, donde ocurría el evento, la atmósfera era cálida, templada por los fuegos de un enorme tatacuá (cueva de fuego) que más parecía un Pacuá (hueco del diablo) de donde brotaban lenguas de aire ardiente.
     El bar estaba casi totalmente colmado de gente. Hombres y mujeres, con tres cuartos de siglo encima, comían, bebían y escuchaban a cantantes de tango y milongas. Dentro del recinto se respiraba un no sé qué de arrabal. Dionisio espiaba desde detrás de un barril los movimientos de los habitué del lugar.
    Una mini orquesta acompañaba, con maestría sin igual, a cada cantante que se atrevía a entonar esas canciones, que casi todos conocían  ̶  a juzgar por el coro que hacían en esos instantes que el intérprete lo solicitaba con un ademán o acercando el micrófono a alguno de los concurrentes. Es admirable la profesionalidad con que lograban adaptarse a cada cantante, sin previo ensayo, sin más que una mirada cómplice que indicara la entrada de uno u otro instrumento o de la voz. El tecladista es un hombre alto –menos que el del bandoneón- delgado, entrado en años y de ágiles dedos. Por otra parte estaba un pintoresco personaje, el bandoneonista. De barba de varios días, casi rapada la cabeza; grueso el cuerpo, de piel curtida y ojos de mirada profunda, aunque también pícara por momentos. Ambos son –claro está- conocedores de cuanto tango y milonga existe, quizás por años de laburo, oficio de muchas noches y días como las de este sábado en cuestión. 
    El hombre del bandoneón, con su porte grueso y de elevada estatura - para la media de la zona- dominaba el lugar con una mirada. En su oreja izquierda llevaba un aro pequeño, una argolla ajustada. Lucía un traje gris impecable, pero gastado. Sin embargo, en ese lugar lucía elegante, a tono. Entre los dos y el guitarrista -que por momentos ejecutaba cual si fuera un bajista- creaban los sonidos perfectos, que permitían lograr esa ambientación particular.
      Uno a uno, los cantantes profesionales y los amateurs, fueron brindando su arte, dejando satisfecho al público que regalaba aplausos, entusiasmado.
     El escritor, en un momento que se solicitó silencio, tras la actuación de uno de los artistas, presentó su nuevo libro: “Conversando con Gardel”. Leyó unas líneas de su novela y también recitó versos de un poema suyo, impreso en otro texto: “Tres en Otoño”. Del que es coautor, junto a dos personas más. Entre tanto “Malevo” -el hombre del bandoneón- guiñaba un ojo a una de las señoras de la mesa uno, soltera o viuda, pero de impecable peinado de peluquería, que hacían lucir su gris perlado cabello. Ella, le devolvía una indisimulada sonrisa. Sus amigas, espectadoras sentadas en esa mesa, igual.
  Algo irreal se daba de las ventanas hacia adentro del Tango Bar Victoria. La gente afuera cruzaba tiritando, con impávidos rostros. Adentro, los comensales rubicundos, cantaban y hasta hubo quien bailó. ¿Y quién? ¡Pues… quién sino! La dama de la mesa uno. Y lo hizo de la mano de “Malevo”, con quien giró en tiempo y forma, al compás del dos por cuatro.
    Por casi tres horas creí estar en un bolichón, de esos del Mercado del Puerto de Montevideo o en el Mercado de Abastos - en el Buenos Aires, de los tiempos del zorzal criollo. El mismo compadrito parecía observarnos, desde ese lugar en los cuadritos de los muros. Ra mutaba, lentamente, a su estado Tem.
     Hubo un instante que creí desmayarme o adormilarme y oí, creo que oí, la voz del mismísimo Carlitos Gardel. Sin embargo, era “Malevo”, otro mago, que había retomado el micrófono y se adueñaba del salón, en esa tarde de otoño.  Pero… ¿quién sabe?
Pedro Buda
Walter Rotela 2013


*Aclaración del autor: Aunque el lugar existe en Montevideo, y es un lugar donde se puede escuchar tango y donde el escritor mencionado presentó su libro, debo reconocer que algunos detalles son parte de una ficción. Por ello prefiero llamarlo cuento al relato que se lee más arriba. 

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